cloaca máxima
ROMA ARCAICA

CLOACA MÁXIMA

Originariamente, la Cloaca Máxima (literalmente, “Alcantarilla Mayor”), era un canal a cielo abierto que recogía las aguas procedentes de las colinas cercanas, drenando también la planicie del Foro Romano, para desecharlas en el Tíber. A él iban a parar todas las inmundicias de la ciudad.

Según la tradición, fue realizada por Lucio Tarquinio Prisco, más conocido como Tarquinio “el Viejo”, quien reinó entre los años 616 y 579 a.C.

No obstante, el hallazgo de un muro realizado con bloques de toba volcánica para contener las aguas del Spino, un pequeño afluente del Tíber que surgía bajo la colina del Capitolio, ha sido datado anterior al 753 a.C. Ello ha dado pie a considerar que el sistema de evacuación de aguas ya existía en el siglo IX a.C., y que el rey Tarquino se limitó sólo a soterrar parte del sistema de evacuación de aguas en superficie.

 

 

Sin embargo, a mediados del siglo II alguno de sus tramos estaba abierto. Consta que el filósofo griego Crates cayó a ella, en la zona del Palatino, en el 158 a.C. Progresivamente se cubrió con grandes bloques de piedra, con evidente influencia de la ingeniería etrusca, definida por el uso del arco de medio punto, que la hacía muy estable y duradera. Se transformó así en una majestuosa red subterránea de alcantarillado de unos 600 m. de longitud, 6 de profundidad, 3 de ancho y 4 de alto. A ella iban a parar las aguas pluviales, el excedente de las fuentes y las cochambres humanas, llevándolas directamente al Tíber.

La obra fue realizada con gran cantidad de trabajadores, la mayoría esclavos, procedentes de los estratos más bajos de la sociedad. Tiene su origen en el barrio de la Suburra, atraviesa el Argileto, el Foro, el Velabro, el Foro Boario, y descarga en el Tíber.

Los once acueductos que en época imperial proporcionaron agua a Roma, tras abastecer a las termas, fuentes y retretes públicos, finalmente se canalizaron al alcantarillado. Este continuo abastecimiento de agua corriente ayudó a deshacerse de las inmundicias y a mantener las alcantarillas libres de obstrucciones.

La Cárcel Mamertina (Tullianum), una antigua cisterna etrusca excavada en la roca, tiene un desagüe (agrandado más tarde) hacia la Cloaca Máxima. Servía para evacuar la sangre de las víctimas sacrificadas, al igual que los que existían en altares y templos cercanos.

Una parte de su construcción es visible frente a la iglesia de San Jorge en Velabro. Y también perdura la bóveda, de 5 m. de diámetro, donde desagua al Tíber. Aunque hoy se halla cegada, pues la conducción se ha desviado a la moderna red de alcantarillado de Roma, aún puede verse junto al antiguo Puente Roto.

 

cloaca máxima

 

Estrabón y Plinio el Viejo refieren que la Cloaca Máxima era tan espaciosa que podían circular dentro de ella dos carretas cargadas de heno. Por ella se podía ir en barca. De éste modo la inspeccionó, siendo edil, Marco Vipsanio Agripa. Éste, en 34 a.C., se encargó de su ampliación, así como de la limpieza y reparación de todas las cloacas de Roma. Y lo hizo altruistamente, “a sus expensas”.

El considerado acceso principal a la Cloaca Máxima se halla junto a los restos que aún perduran de la Basílica Julia, frente al antiguo vicus Tuscus. Allí permanece una construcción en ladrillo, ligeramente bajo el nivel actual de la calle, con una puerta metálica de acceso. Ante ella, una losa de mármol recoge un pasaje de Dionisio de Halicarnaso (“La Antigua Roma”, Libro III) que, traducido, la describe así:

 

«(Tarquinio el Soberbio) comenzó también la excavación de canales subterráneos a través de los cuales toda el agua que drena de las calles se vierte en el Tíber y es éste un trabajo maravilloso que supera todas las descripciones».

 

placa cloaca máxima

 

Cuenta la tradición que el famoso “rapto de las sabinas” provocó la guerra entre sabinos y romanos. Sin embargo, la intercesión de las raptadas hizo que ambos pueblos decidieran unificarse. Tras deponer las armas, purificaron sus ejércitos con ramas de mirto. Y a continuación, en el lugar donde celebraron ese ritual de purificación, erigieron un altar (sacellum). Lo dedicaron a la diosa protectora de Roma (Venus), si bien aquí tomó el nombre de “Venus Cloacina”. Ello fue así porque Venus fue asimilada a la diosa etrusca Cloacina, “la que purifica”, protectora de los desagües (la etimología de la palabra está conectada a cluere, verbo que significa “purificar”).

 

 

Este sacellum era un pequeño altar circular, descubierto y recubierto de mármol, de unos 2,40, de m. de diámetro. Estaba rodeado de una balaustrada metálica y, al parecer, disponía de un acceso directo a la Cloaca Máxima.

Durante siglos permaneció enterrado bajo metros de sedimentos. No obstante, en las excavaciones arqueológicas efectuadas en 1899 para recuperar el antiguo Foro romano, se localizó su emplazamiento en 1925. Restos de su basamento salieron a la luz gracias a las fuentes literarias. Se hallan frente a la Basílica Emilia, en el punto en el que la conducción entraba en el Foro, junto a las antiguas Tiendas Nuevas (las viejas ardieron en el 210 a.C.).

 

cloaca máxima

 

Aunque los restos hallados son escasos  (un pequeño zoco circular de mármol y algunos pasos de travertino), su estructura quedó acuñada en las antiguas monedas. Así se aprecia en un denario emitido tras el asesinato de Julio César, en el año 39 a.C. En él aparece representado el sacellum (un podio circular, cercado y sin cubierta), con las dos estatuas de culto, Venus y Cloacina. Una de las estatuas tiene en la mano una flor y al lado de cada una de ellas hay una pequeña columna, con un pájaro sobre una de ellas. La flor y el pájaro son dos de los símbolos con los que se representa a Venus.

 

 

Por cierto, este purificador lugar fue el expresamente elegido por Lucio Virginio para limpiar el deshonor que pretendía cometerse contra su hija (sobre el 453 a.C.). Recordemos que entonces habían sido elegidos diez patricios, conocidos como Decenviros, para que, con plenos poderes, gobernasen transitoriamente Roma mientras confeccionaban las nuevas leyes (las famosas XII Tablas) que regirían la República.

Mientras tanto, Senado y Tribunos de la Plebe habían abdicado de sus magistraturas. La libertad ciudadana estaba en manos del poder absoluto concedido a los Decenviros. Éstos, si bien inicialmente lo hicieron con equidad, al poco su gobierno devino en despótico, cruel y avaro. Uno de los decenviros, encaprichado de la joven Virginia, y con el fin de ultrajarla, pretendía esclavizarla. Al no respetarse su libertad provisional, e incapaz de apelar a institución alguna, su padre, en virtud de la patria potestad, que le otorgaba el “derecho a la vida y la muerte” (ius uitae necisque), acabó con la vida de su propia hija Virginia. Lo hizo con sus propias manos, atravesándole el pecho con el cuchillo de un carnicero, al tiempo que le decía:

 

“HIJA, TE DOY LA LIBERTAD DE LA ÚNICA FORMA QUE PUEDO”.

 

Fue un gesto memorable e histórico que provocó una gran revuelta social, y que concluyó en el derrocamiento del tiránico régimen de los decenviros.

No podemos dejar de recordar que la famosa Boca de la Verdad es considerada por algunos como una tapa de registro de la Cloaca Máxima. Y el rostro que en ella aparece, por su proximidad al río, lo tienen por una representación de Tiberino, dios del Tíber. Y lo justifican así:

 

“Si la Cloaca Máxima tenía su propia divinidad (Venus Cloacina), pudiendo Venus presidir una cloaca, un dios del río bien podría presidir una alcantarilla”.

BOCA DE LA VERDAD

 

Según Dión Casio, la guardia pretoriana se deshizo de los restos del excéntrico emperador Heliogábalo (Sexto Vario Avito Basiano), tras asesinarlo y decapitarlo (en el año 222), arrojándolos a la Cloaca Máxima para que fueran a parar al Tíber.

También aquí fue a parar en el año 288 (durante las persecuciones cristianas de Diocleciano) el cuerpo del mártir San Sebastián. Los soldados imperiales, tras apalearlo hasta morir, arrojaron su cuerpo a la Cloaca Máxima. De esta manera evitaban que sus seguidores pudieran recuperarlo y convertirlo en objeto de culto.

En su obra “Historia Antigua de Roma” el historiador Dionisio de Halicarnaso escribió:

 

“Al menos yo, entre las tres construcciones más magníficas de Roma, por las que principalmente se muestra la grandeza de su poder, coloco los acueductos, los pavimentos en los caminos y las obras de las cloacas”.

 

Y añade que esta opinión no se refiere sólo a la utilidad de la construcción, sino también a la magnitud de los gastos, pues “cuando una vez las cloacas fueron descuidadas y el agua ya no fluía a través de ellas, los censores pagaron mil talentos para su limpieza y reparación”.

Pese a sus más de 2.500 años en uso, la Cloaca Máxima sigue considerándose una magistral obra de la ingeniería de todos los tiempos. Y probablemente sea la alcantarilla más antigua del mundo en funcionamiento.

 

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