LUPERCALIA
MISCELÁNEA

LAS LUPERCALIA

Las Lupercalia, también conocidas como lupercales, eran una antigua festividad romana en honor del dios Fauno, un arcaico dios romano protector de los pastores y de los rebaños.

Fauno tenía una extraña apariencia física: sus piernas, pies y cuernos eran de macho cabrío, con unas prominentes y peludas orejas puntiagudas.

 

 

Los antiguos romanos lo identificaron con el dios Pan de la mitología griega. Pero para comprender bien esta simbiosis, así como la personalidad de Fauno y las lupercales, conviene recordar a su precedente Pan.

Pan era muy venerado en la ancestral Arcadia (en el centro del Peloponeso, Grecia). Allí existía una montaña, llamada Lícayon, en la que recibía culto Zeus Lícayo, en cuyo honor se celebraban las fiestas lícayas. En ellas, el dios Pan tenía un papel muy relevante, como divinidad fecundadora y nieto del lobo Licaón, de donde toma nombre la festividad (lýkos=lobo). Era considerado dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina. Dotado de una gran potencia y apetito sexual, a Pan le agradaban las fuentes y la sombra de los bosques, entre cuya maleza solía esconderse para espiar a las ninfas y a las muchachas, persiguiéndolas en busca de sus favores.

Como deidad, Pan representaba a toda la naturaleza salvaje, atribuyéndosele la generación del miedo enloquecedor. De él procede el término pánico, que originariamente designaba el temor masivo que sufrían las manadas y rebaños ante el tronar y la caída de rayos.

Suele ser representado portando un cayado (bastón de pastor) y tocando una siringa (una especie de zampoña conocida como “Flauta de Pan”).

Sin embargo, mientras la mayoría atribuyen su origen a los ritos arcadios traídos a Italia por Evandro, otros están convencidos de que las lupercalia son una festividad originaria de la propia Roma, y de que Rómulo y Remo fueron los primeros lupercos.

Según Tito Livio, antes de Rómulo y Remo ya existía la cueva conocida como Lupercal en el monte Palatino. Este fue  el lugar donde se asentó el arcadio Evandro, quien llamó así al monte por la ciudad arcadia de Palancia (que de Palancia-Pallancio derivó luego en Palatino). Allí, Evandro instituyó una celebración anual de su Arcadia natal, en la que jóvenes desnudos, adoradores de Pan (al que luego los romanos llamarían Fauno) corrían en medio de la diversión y el desenfreno (lícayas).

Sea como fuere, Ovidio (Fastos, Libro II) refiere el origen de las lupercalias bajo el reinado de Rómulo, tras el famoso “rapto de las sabinas”. Entonces las romanas fueron afectadas de esterilidad y parían muy de tarde en tarde. Consultado el Oráculo de Juno Lucina, diosa de los alumbramientos (poseedora del principio de la luz), cuyo templo se encontraba en el monte Esquilino, aquél, desde el cercano bosque, respondió:

 

«Madres del Lacio, que os fecunde un macho cabrío velludo».

 

Un augur, al parecer de origen etrusco y cuyo nombre se ha perdido a lo largo del tiempo, interpretó el significado del oráculo: sacrificó un macho cabrío, y las muchachas, como se les había mandado, ofrecían su espalda para que se la flagelasen con las tiras hechas con su piel. De esta manera las mujeres romanas consiguieron concebir de nuevo y parir con normalidad.

 

lupercalia

 

Así fue instaurada la festividad de las lupercales, que se celebraba cada el 15 de febrero en honor de Fauno. Ese día sacrificaban un chivo junto a la cueva Lupercal, bajo la higuera Ruminal (Rúmina). Aquí fue donde la loba amamantó a Rómulo y Remo. Ella dio nombre al lugar (lupa=loba), y el lugar, a su vez, a los lupercos.

Durante los actos, presididos por el flamen dial, las Vestales ofrecían a los asistentes panes hechos con el primer trigo de la cosecha anterior. Luego, conducidos ante ellos dos jóvenes de familia noble, unos les tocan la frente con un cuchillo manchado de la sangre del chivo inmolado, y otros se la limpian enseguida, aplicándoles un copo de lana untado con leche.

Tras esta operación, los jóvenes tienen que echarse a reír (representando así, metafóricamente, la plenitud de la vida). Con la piel de la víctima sacrificada el flamen hacía dos látigos (februa). Con ellos, los jóvenes, conocidos como lupercos (representando al dios Fauno), con la cara manchada de sangre de la víctima, echaban a correr desnudos (luego ceñidos tan sólo con la piel del animal sacrificado) alrededor del Palatino y por la vía Sacra, golpeando con los látigos a cuantas mujeres encontraban.

Convertidos así en hombres-chivos, y vestidos con la piel del animal (así habían incorporado sus virtudes), los jóvenes azotaban a las mujeres procurándoles fecundidad conforme al veredicto del Oráculo. Las mujeres que estaban “en sazón” no evitaban los golpes, que consideraban contribuían a la fecundidad y al embarazo.

Plutarco (Vidas Paralelas, Libro I) explica aún más la fiesta:

 

“Cuando Rómulo y sus partidarios vencieron a Amulio, corrieron llenos de alegría hacia el lugar donde, cuando eran pequeños, la loba les ofreció su ubre, y, a imitación de aquella carrera, se celebraba la fiesta y corrían los de noble familia (identificados con Rómulo y Remo), dando golpes a quienes les salen al paso, como entonces con sus espadas.

Lo de aplicar a la frente la espada ensangrentada simboliza la matanza y peligro de entonces, y la limpieza a base de leche recuerda la crianza de aquéllos”.

 

El motivo de que los hombres corrieran desnudos tiene dos posibles explicaciones:

Por una parte, la leyenda refiere que, antes de la fundación de Roma, el ganado de Rómulo y Remo desapareció. Éstos, tras suplicar a Fauno, corrieron en su busca de sus reses desnudos, para no ser molestados por el sudor; de ahí la costumbre de que los lupercos corran desnudos. Posteriormente, por decencia, Augusto los hizo vestir, ciñéndose con paños hechos también con piel de cabra.

No obstante, Ovidio (Fastos, Libro II) aporta otra explicación al hecho de que los lupercos corran desnudos. Refiere que, en cierta ocasión, el dios Fauno divisó desde un otero el paso cercano de Hércules acompañado de Onfalia, y quedó prendado de ésta. Al verlos cobijarse en una cueva para pasar la noche, esperó a que se durmieran para así poder acercarse silenciosamente hasta ella y culminar sus libidinosos deseos. Pero Hércules había entregado sus ropas de piel de león a Onfalia para que ésta durmiese más abrigada, y ella le había dejado su transparente túnica para que se cubriese.

Así, entrada ya la noche, sumidos ambos en profundo sueño y en el vino, Fauno se acercó hasta sus lechos. Oscuro como estaba todo, palpó uno de ellos: el temor que sintió al advertir las ásperas cerdas de la piel de león le hicieron desistir de inmediato. Se fue hacia el otro lecho y, al sentir las suaves prendas que cubrían al cuerpo que allí dormitaba, se encamó tras él, presa de la más intensa excitación ante el inminente clímax que se le avecinaba.

Comenzó a subir la túnica y al instante descubrió unas piernas ásperas cubiertas de erizados pelos; al ir a probar el resto, Hércules se despertó sobresaltado y lo empujó para atrás, tirando a Fauno desde el alto camastro. Se originó un griterío y, al venir los sirvientes con luz, se descubrió el pastel. Al ver a Fauno caído en el suelo, intentando atoradamente ponerse en pie, todos se echaron a reír. Por eso a Fauno no le gustan las ropas, que engañan la vista, y llama a los suyos desnudos a la ceremonia.

 

Hércules y Onfalia – Pintura de François Boucher

 

También ese día sacrificaban un perro, sirviéndose de él, al parecer, como animal expiatorio, al ser enemigo natural de los lobos. Posiblemente fuese en agradecimiento a la loba por la crianza y salvación de Rómulo y Remo, si bien no es descartable que fuera así castigado tan sólo porque estorbase a los lupercos cuando corren.

El ceremonial de las Lupercalia tiene el objeto de expulsar las malas influencias y, por tanto, de purificar el entorno. En este sentido, es la tira de piel de macho cabrío (pellem capri ueteres februm uocabant) la que se considera un instrumento mágico-religioso, pues, según atestigua Varrón, esta especie de látigo se denomina en sabino, precisamente, februm, es decir, “purificación” (purgamentum).

Así, las Lupercalia hay que entenderlas como una fiesta de purificación colectiva. La flagelación es el símbolo con el que transmitir la energía fecundadora y la virilidad del macho cabrío, personalizado en los jóvenes lupercos, como protagonistas y portadores de la vitalidad relacionada con la naturaleza salvaje.

 

lupercalia

 

Al celebrarse las lupercales en este mes, cuando también se celebraban las Parentalias (festividad de los difuntos, del 13 al 21), Febrero fue considerado un mes “purificador” (del latín februus, y del umbro furfu=purificar). De ahí tomó su nombre, según lo explica Plutarco en su obra “Vidas Paralelas” (Numa).

Como curiosidad, en la fiesta de las Lupercalia celebrada en los idus de febrero del año 44 a.C., Julio César rechazó ostentosamente la diadema real que le ofrecía Marco Antonio. Pese a rechazarla, y aunque sólo le faltaba el nombre para ser rey, no pudo evitar su fatal desenlace, siendo asesinado tan un mes más tarde (en los idus de marzo).

 

LUPERCALIA

 

Las Lupercalia se siguieron celebrando tras instaurarse el cristianismo (año 380), e incluso más allá del fin del Imperio Romano de Occidente (año 476). Pero fue en el 498 cuando el Papa Gelasio I decidió terminar con esta fiesta pagana, prohibiendo a los fieles participar en esta ceremonia. Aunque hay quien sostiene que fue reemplazada por la festividad de San Valentín, realmente no hay semejanza alguna entre ellas que sostenga esta tesis.

CARNAVALES: HERENCIA DE LAS LUPERCALIA

Transcurridos más de 2.500 años, las lupercales aún perduran en nuestras costumbres. Evidentes reminiscencias de esta festividad romana podemos encontrarlas en algunos de los carnavales que se celebran en España. Prueba de ello son localidades gallegas como Verín, Xinzo de Limia o Laza. En ellas, los “cigarrones” van corriendo con una máscara mientras golpean con un látigo a quienes no van disfrazados.

 

lupernalia
Cigarrones del Carnaval de Verín (Ourense)

 

Aunque su ritual se ha fusionado con la tradición cristiana, los distintos nombres que se dan al Carnaval tienen un origen latino. Y todos ellos tienen en común el ser una festividad que precede a la Cuaresma, en la que no se puede comer carne:

 

  • Carnestolendas. El nombre está tomado de la abreviación de la frase latina “dominica ante carnes tollendas” (domingo antes de quitar la carne).
  • Antruejo/Antruido (en gallego, Entroido). Esta denominación del carnaval procede del latín “introitus” (entrada); en este caso, entrada a la Cuaresma.
  • Carnaval. El vocablo procede del italiano carnevale, y éste del antiguo carnelevare, término compuesto de carne y levare, por ser el comienzo del ayuno de la Cuaresma. No obstante, algunos refieren que el nombre deriva, pseudoetimológicamente, de la locución latina “carne vale” (literalmente: “adiós carne”).

 

El término carnaval aún no existía en la Edad Media. Entonces se nombraba carnestolendas, introido, entroido, antroido, entruido, entrudio, entrudo… o antruejos.

Y los disfraces y máscaras en ellos utilizados recibían distintos y extraños nombres, según el lugar: cigarrones, birrios, irrios, botargas, zamarrones… Aunque se desconoce el origen de muchos de ellos, la mayoría son expresiones prelatinas. Proceden de antiguos términos vulgares, si bien todos hacen referencia a figuras de un “tiempo de máscaras”, que abarca desde Adviento hasta Pascua, en época invernal, cuando la tierra duerme y está habitada por estos seres.

La acepción más antigua que nos consta es carnestolendas. Figura en el latín del Oracional de Tarragona (siglo XII), y también en diferentes misales mozárabes de la época. Originariamente era un término fiel a su significado etimológico, en referencia concreta al “momento en que hay que abandonar la carne”.

No obstante, en un documento latino de 1274 hallado en el monasterio de San Pedro de Ramirás (en Celanova, Ourense), se habla de un plazo de pago que va “hasta el día del origen del entroido” (de nathale domini usque die de introito). El hecho de establecer fechas fijas para regular actividades como la caza o el abastecimiento de carne para las villas y ciudades, indica que ya carnestollendas no significaba “cuaresma”, sino entroido o antruejo. Algo similar sucede con el término introido en Galicia.

Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611), dice en la entrada Antruejo:

 

“Este vocablo se usa en Salamanca, y vale lo mesmo que carnestolendas, y en las aldeas le llaman antruido […] Pues siendo estas fiestas (las Saturnales) de la entrada del año, no sería fuera de propósito si dijésemos que antruejo y antruido traen origen de introito”.

 

Es una clara referencia de Covarrubias a la entrada del antiguo año romano, que se corresponde en nuestro actual calendario con el comienzo del mes de marzo, no a la entrada de la Cuaresma.

Sin embargo, en el Diccionario de Autoridades, el primer diccionario de la Real Academia (1726-1739), ya aparece totalmente desplazado el sentido de “entrada del año” a “entrada de la Cuaresma”. Previsiblemente por vía eclesial. En Antruejo, se lee:

 

“Así llaman en Castilla la Vieja y otras partes a los tres días que preceden a la Cuaresma. Es voz baja y vulgar. Antiguamente se llamó Entroido, y viene del latín Introitus, con el cual término se denotaba el Miércoles de Ceniza y principio de la Cuaresma, según explica Ambrosio de Morales, li. 17, cap.15. Dícese también entruejo”.

 

Según las autoridades lingüísticas de la época, los términos y sus definiciones no son muy distintos unos de otros. No sólo el término se consideraba bajo y vulgar, propio de aldeanos o rústicos, sino que también se circunscribe sólo a antruejo, y reducido a los tres días: domingo, lunes y martes de antruejo (o entroido).

El actual Diccionario de la RAE, y con él todos, valida la etimología de antruejo y antruido (del latín “introĭtus”), con el significado de “entrada”; naturalmente, de entrada a la Cuaresma (conjunto de los tres días de carnestolendas).

Aunque las diferentes etimologías y los ritos ancestrales se pierden en el tiempo, lo que es evidente es que todo ello confluye en el moderno carnaval. Considerado hoy una tradición etnográfica (para muchos una mera atracción turística), lo que sí está claro es que la actual denominación Carnaval aparece a finales del siglo XV. El término, de origen italiano y de etimología más o menos incierta, se extendió rápidamente por todas las lenguas europeas: Carnevale, en Italia; Carnaval, en Francia; Karneval, en Alemania; Carnival, en Inglaterra, etc. Y su éxito fue tal,  que todas las acepciones que designaban estas fiestas de máscaras quedaron incluidas en ella.

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