LA MADRE DE LOS DIOSES
MISCELÁNEA

LA AGUJA DE CIBELES

La llegada a Roma de la Aguja de Cibeles, tal y como recoge el historiador latino Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) en “Historia de Roma desde su fundación” (Libro XXIX, 10), se debió a una consulta de los Libros Sibilinos. Corría el año 205 a.C. y, asediados por Aníbal, los romanos buscaban cómo salir victoriosos de la Segunda Guerra Púnica. Los oráculos les vaticinaron:

“siempre que un enemigo extranjero llevase la guerra a suelo itálico se le podía vencer y expulsar de Italia si se trasladaba de Pesinunte a Roma a la Madre del Ida”.

Allí, en la localidad de Pesinunte, junto al monte Ida (en la península frigia de Anatolia, actual Turquía), tenía su principal templo, cuya fundación se remonta a tiempos del mítico rey Midas (siglo VIII a.C.). Se adoraba en él una gran roca negra caída del Cielo. Los antiguos la tenían por la propia diosa Cibeles, considerada la Gran Madre de los Dioses, que así había descendido a la Tierra.

Los romanos enviaron una delegación, encabezada por el senador Marco Valerio Levino, a este fin. Y, gracias a su alianza con Atalo I “Sóter” (“Salvador”), rey entonces de Pérgamo (y de frigia), los romanos consiguieron traer a Roma, en 204 a.C., a la diosa Cibeles. Éste fue el primer culto mistérico introducido oficialmente en la antigua religión romana.

Una vez en Roma su nombre se latinizó, recibiendo el de Magna Mater, y fue depositada temporalmente en el Templo de la Victoria, en el monte Palatino. Posteriormente se le erigió un templo propio en el mismo monte: el Templo de Magna Máter, dedicado en 191 a.C. Una singular excepción el ubicarlo en el interior del recinto sagrado de la ciudad (pomerium). Al proceder de Frigia (donde se ubicaba la antigua Troya, “mítica patria originaria del pueblo romano”), no se la consideró una deidad extranjera.

En el interior de este templo se depositó entonces la acus Matris Deum, también conocida como la Aguja de Cibeles. En realidad no se trataba de una ninguna imagen de la diosa, sino de su símbolo sagrado. Era una piedra negra (lapis nigellus), cónica y con forma de ‘aguja’, que representaba a la divinidad.

El prestigioso escritor Arnobio de Sicca (Numidia, siglo III-IV d.C.) la describió en su obra “Adversus nationes”, siete libros de apología contra los paganos. En ellos, en “Adversus gentes” (VII, 49), afirma haberla visto con sus propios ojos. La reseñó colocada todavía en la estatua de la diosa en su templo romano:

una piedra, no grande, que podía ser transportada en una mano de hombre sin apretar -de un color oscuro y negro- no lisa, pero con unos rincones que sobresalen, y que hoy todos vemos puesta en esa imagen en lugar de un rostro, áspero y sin labrar, dando a la figura un semblante apenas realista”.

Posiblemente se tratase de un betilo, un fragmento de meteorito “sacralizado”. Posteriormente se colocó en una teca (caja-relicario) en el interior de la boca de la estatua de la diosa.

Para los romanos fue uno de sus objetos más sagrados: uno de los siete Pignora Imperii (ver el mágico número 7) que describiera el gramático latino Servio (Maurus Servius Honoratus).

 

 

 

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