PIGNORA IMPERII
ROMA ARCAICA

PIGNORA IMPERII

Del término latino pignus (prenda) tomaron nombre las Pignora Imperii, las “Prendas del Imperio romano”.

Eran sus objetos más valiosos, considerados por los antiguos romanos símbolos de su historia y de su pervivencia. Representaban, como si de objetos sagrados se tratase (hoy los llamaríamos “reliquias”), la esencia del pueblo romano y su eterno dominio y poder. De ahí que su celosa custodia, como garantes de esos “bienes propiciados por los dioses”, asegurasen la continuidad y supremacía de los romanos: Roma, caput mundi (Roma, cabeza del mundo).

De ellos dio cuenta Servio (Maurus Servius Honoratus), de quien tan sólo se sabe que era el gramático latino más eminente de la época (vivió entre los siglos IV y V d.C.). Constan en una anotación (VII, 188) de su obra “In Vergilii Aeneidem commentarii” (Comentarios a La Eneida de Virgilio). Es el único texto en que aparecen conjuntamente nombrados, donde el autor, quizá imbuido del mágico número 7 y de su significado, escribió:

“Septem fuerunt pignora, quae imperium Romanum tenent: acus Matris Deum,

 quadriga fictilis Veientanorum, cineres Orestis, sceptrum Priami, velum Ilionae, palladium, ancilia”.

 

Esto es, “Había siete prendas que aseguraban el dominio del Imperio Romano:

  • La aguja de Cibeles (acus Matris Deum).
  • La cuadriga de barro de los veyentes (quadriga fictilis veientanorum).
  • Las cenizas de Orestes (cineres Orestis).
  • El cetro de Príamo (sceptrum Priami).
  • El velo de Iliona (velum Ilionae).
  • El Paladio (Palladium).
  • Los Escudos Sagrados (Ancilia)”.

 

De su estimado valor dejó constancia el historiador latino Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) en su obra “Historia de Roma desde su fundación” (Libro V). Recoge la alocución que el dictador Marco Furio Camilo dirigió a los romanos cuando éstos se negaban a reedificar Roma tras la destrucción que causaron los galos (en 390 a.C.). Tras retirarse éstos, los Tribunos de la Plebe instaban al pueblo a no reedificar la ciudad, pretendiendo trasladarse e instalarse en la recién conquistada Veyes. En su famoso discurso, Camilo les increpó, entre otras, con palabras como éstas:

 

“Los objetos sagrados, cuando lo nuestro se venía abajo, unos los ocultamos bajo tierra, otros los trasladamos a la ciudades vecinas, apartándolos de la vista del enemigo; abandonados por los dioses y los hombres, no interrumpimos, sin embargo, el culto a los dioses.

¿Se puede preparar un lectisternio en otro sitio que no sea el Capitolio ¿Para qué hablar del fuego eterno de Vesta y de la estatua que se mantiene custodiada en su templo como prenda del imperio? ¿Y de vuestros escudos sagrados, Marte Gradivo, y tú, Quirino, padre nuestro? Todos estos objetos sagrados, tan antiguos como Roma, anteriores algunos a los orígenes de Roma, ¿os parece bien abandonarlos en lugar profano?

¿Pudieron los galos destruir Roma, y van a parecer los romanos incapaces de reconstruirla? … El Capitolio está aquí, donde en otro tiempo fue encontrada una cabeza humana y se predijo que allí estaría la cabeza del mundo y el centro del imperio.

Aquí está el fuego de Vesta, aquí los escudos enviados desde el cielo, aquí los dioses todos, propicios si os quedáis.”

 

Sobra decir que la retórica de Camilo logró convencerlos, y los romanos reedificaron Roma. Es más, detalla Livio que “la teja fue proporcionada por el Estado; se dio permiso para sacar piedra y cortar madera donde cada uno quisiese, a condición de comprometerse bajo fianza a terminar los edificios durante aquel año. Las prisas eximieron de la preocupación por alinear los barrios, a la vez que se edificaba donde había sitio libre sin distinción entre terreno propio y ajeno. Éste es el motivo de que el antiguo alcantarillado, que en un principio pasaba bajo la vía pública, en la actualidad pase generalmente bajo casas particulares y que la ciudad presente un aspecto más de apelmazamiento que de distribución regular.”

No obstante, con la efectiva Caída de Roma” (476 d.C.), el rastro de las pignora imperii se perdió. Quizá fuesen destruidas por manos impías. O quizás las robaron durante los sucesivos saqueos que Roma padeció a lo largo de su historia. Otras pudieron ser escondidas por los antiguos sacerdotes paganos, o destruidas posteriormente por los cristianos.

Incluso hay autores que refieren que algunas se las llevó el emperador Constantino a su nueva capital. Posiblemente en la idea de transferir el poder y prestigio de Roma, pagana y depravada, a una Constantinopla cristiana y moralmente superior.

Sea como fuere, con su desaparición, como curiosa coincidencia, el poder de Roma también se desvaneció en las tinieblas de la Historia. Pese a todo, perdura el testimonio de su existencia y de su ínclito valor.

Como curiosidad, del latín pignus (prenda”) surgió el término pignorāre, con el significado de “empeñar o dejar algo en prenda”. De él procede el vocablo español pignorar, que aún pervive en nuestro idioma con ese mismo significado. Y con él perduran en nuestro vocabulario sus afines: prendar, pignoración, pignoraticio, etc..

También se ha conservado íntegra, procedente del antiguo Derecho Romano, la locución latina “pignoris capio”: esto es, la facultad de ciertos acreedores para embargar bienes a su deudor y retenerlos “en prenda” (sin apropiárselos ni poder venderlos) como garantía del cumplimiento de una obligación.

 

 

 

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