TEMPLO DE VESTA
ROMA ARCAICA

TEMPLO DE VESTA

A emulación de la griega Hestia (encargada de vigilar el fuego sagrado en la morada de los dioses, el monte Olimpo), Vesta era la diosa del hogar de los romanos. En su templo se custodiaba el fuego sagrado, símbolo de la vida de la ciudad.

Vesta significa “llama viva”; y de la llama no nace ser alguno. Con razón es “virgen” quien no da de sí semilla alguna ni la acepta, y gusta tener compañeras vírgenes.

Según Dionisio de Halicarnaso, los romanos creían que el fuego sagrado de Vesta estaba estrechamente ligado a la suerte de la ciudad y su extinción se veía como una premonición de desastre.

 

VESTA

 

Vesta era hija de Saturno y de Ops (la Gran Madre, o Cibeles). Se la tenía como diosa de la Tierra y del Hogar, de cuya protección se encargaba. A pesar de haber sido cortejada por Apolo y Neptuno, Vesta fue célebre por su castidad. Príapo trató de violarla una noche mientras dormía, pero el oportuno rebuzno del asno de Sileno la despertó en esos momentos, y pudo así preservar su virginidad. A partir de entonces el animal permaneció asociado a la diosa. El asno aludía al trabajo en el molino, y por tanto al pan, símbolo hogareño.

Simbolizaba la Fidelidad. En las escasas ocasiones en que ha sido representada, cuesta encontrarle atributos propios, pues era un ser difuso, considerada como algo más espiritual.

Antiguamente el fuego se custodiaba en la primera habitación de la casa; por ello se la llamó vestíbulo.

Al fundar Roma, Rómulo instituyó el cuidado público del fuego sagrado. Pero, según Dionisio de Halicarnaso (Historia Antigua de Roma, Libro II) no construyó un edificio público y común para ello. Estableció un fuego en cada una de las 30 curias en que dividió la población, nombrando sacerdotes de su culto a sus respectivos jefes. Prueba de ello es que el actual Templo de Vesta se encuentra fuera de la primitiva Roma Quadrata que Rómulo amuralló. Tampoco asignó vírgenes sacerdotisas a su cuidado, quizá recordando la desgracia de su propia madre (Rea Silvia).

Fue su sucesor, Numa Pompilio (reinó del 714 al 674 a.C.), quien, al establecer las bases de la religión romana, reguló un culto público a Vesta. Construyó el Templo de Vesta (aedes Vestae), como recinto para mantener el fuego que no se extingue. Según Plutarco, lo edificó en el Foro Romano, en la zona donde después construiría la residencia real (Regia), junto con la Casa de las Vestales (Atrium Vestae).

El templo imitaba, no la forma de la Tierra, como que es Vesta, sino la de todo el Universo, en cuyo centro creen los pitagóricos que se asienta el fuego, y lo llaman “Hestia” y “unidad”.

Para Numa Pompilio el fuego era identificado con el principio vital: era el elemento más versátil de la naturaleza. Y la generación siempre es un movimiento o se acompaña de algún movimiento. Las demás partes de la materia, cuando les falta calor, yacen inertes y semejantes a cadáveres, por lo que ansían la fuerza del fuego como su espíritu. Sólo cuando de algún modo les llega esa fuerza se ponen en movimiento para hacer y experimentar algo. Por ello Numa hizo guardar el fuego sin descanso, como imagen de la fuerza invisible reguladora de todas las cosas.

Para atender su culto, Numa Pompilio designó las primeras sacerdotisas: las Vírgenes Vestales. Y las consagró al culto y veneración del fuego inmortal que habían de atender. Al parecer, quiso encomendar la esencia pura e indestructible del fuego a cuerpos sin contaminación ni mácula (o por asociar lo improductivo o estéril con la virginidad).

 

Vestales en el Templo
Imagen: Istock

 

Refiere Dionisio de Halicarnaso que es natural que el cuidado del fuego se confiara a vírgenes y no a hombres, porque el fuego es incorruptible. Una virgen es pura, y lo más casto de los mortales es grato a la más pura de las divinidades (Vesta).

El Templo de Vesta era la representación de la antigua choza, imitando las antiguas cabañas itálicas. Originalmente estaba construido en madera de acacia, con un techo cubierto de paja. Junto al templo, en la arboleda Carmenta (cuyo nombre deriva de Carmen=poema), considerada sagrada, había un cementerio para sacerdotes y vírgenes.

Con el tiempo, el templo se reedificó, manteniendo la planta circular (monóptero). Se elevó sobre un podio de 15 m. de diámetro, revestido de mármol. La cella era también circular y cerrada, de unos 12 m. de diámetro. 20 columnas corintias, trabadas, decoraban los muros exteriores. Alcanzaba una altura de 6 m. (la mitad del diámetro del edificio).

 

 

Estaba rematado por un techo cónico, con un orificio central para permitir la permanente salida del humo. No obstante, por las representaciones halladas en monedas, se cree que ese orificio central estaba coronado por una especie de chimenea de bronce, posiblemente en forma de gran flor para proteger los elementos interiores.

Ovidio explica que su forma redonda, con un hogar en medio, era la representación simbólica de la Tierra, con su fuego central e inmóvil.

Al templo se accedía mediante una escalinata, por una puerta orientada hacia el Este. Todos los templos dedicados a Vesta eran de planta circular, y sus entradas se orientaban siempre al Este, simbolizando así la conexión entre el fuego de Vesta y el Sol, fuentes de vida.

 

TEMPLO DE VESTA

 

En el interior de la cella no se encontraba la estatua de culto, sólo el hogar donde se custodiaba y ardía el fuego sagrado. Una cavidad trapezoidal abierta en el podio (de unos 2,40 m de alto), sólo accesible desde la cella, parece ser la ubicación del penus Vestae (penus=en lo más recóndito). En él se conservaban objetos míticos e históricos que los romanos tenían por sagrados, secretos e invisibles para los demás. Aunque los autores difieren, se supone que allí se guardaban:

 

  • El Velo de Ilión, la hija mayor de Príamo. Tejido en acanto, era el velo (o vestido) que Helena obtuvo de su madre Leda y que llevó consigo a Troya. Presumiblemente llegó a Roma llevado por prófugos troyanos.
  • Un alfiler de Ops (la Madre de los dioses, o Cibeles).
  • Un fascimus (falo). Según Plinio, se consideraba un amuleto que alejaba el mal. Puesto que la esterilidad representaba un peligro para la comunidad, el fascimus, como símbolo de fecundidad, garantizaba la prosperidad del Estado.
  • Testamentos de personajes relevantes (como los de Julio César, Marco Antonio y Augusto) y posiblemente los de las propias Vírgenes Vestales.
  • Los Penates, arcaicas imágenes de dioses relacionados con las despensas del hogar. Supuestamente fueron traídos por Eneas de Lavinio (Lavinium).
  • el Paladio (Palladium), la legendaria efigie en madera de Minerva (Palas Atenea). La leyenda cuenta que, reinando Ilo, antepasado de Príamo, cayó del cielo. Consultado el oráculo de Apolo, profetizó que esa ciudad se conservaría mientras aquel prodigioso simulacro permaneciera dentro de sus murallas. Tras la caída de Troya, al parecer, fue rescatado de la destrucción y traído por Eneas a Roma. Más tarde Numa Pompilio lo hizo custodiar en el templo de Vesta. Dicen que, para evitar su robo, se hicieron varias copias de él y se colocaron juntas. Sólo la Vestal Máxima podía mirarlo, y era la única que sabía reconocer la original.

 

 

Representación romana de Vestal Máxima

 

Ovidio (Fastos, Libro VI) refiere que el Paladio fue allí guardado “porque allí Vesta lo protege, porque lo ve todo con su luz que nunca falta”.

Cada 1 de marzo, el primer día del Año Nuevo en el calendario romano, el fuego de Vesta se renovaba. Según Festo, se hacía frotando dos ramas de arbor felix (árbol que da fruto), y los tizones eran llevados por las Vestales hasta el templo. Esta renovación simbolizaba el cierre de un ciclo vital, comenzando otro nuevo.

El celador de las Vírgenes Vestales era el Pontifex Máximus. El resto de los hombres tenían prohibida la entrada al templo, y nadie podía acceder a él durante la noche.

De la purificación del templo se encargaban las propias Vestales. Lo rociaban con agua que recogían de la fuente de la ninfa Egeria, la Fons Camenorum (junto a la iglesia de Santa Maria in Témpulo, hoy desconsagrada). Allí, justo fuera de Puerta Capena, al pie del monte Celio, brotaba ese manantial, considerado sagrado y tenido por morada de las Musas (las cuatro ninfas Camenae). Según la tradición, a él acudían diariamente las Vírgenes Vestales a recoger agua para sus ritos sagrados. El agua la transportaban en una vasija especial, llamada futile, de boca ancha y base puntiaguda que impedía apoyarlo en el suelo (para evitar contaminarse).

La festividad principal en honor a Vesta eran las Vestalias, que se celebraban del 7 al 15 de junio. Esos días coronaban un asno con flores y se le eximía del duro trabajo al que habitualmente era sometido (molienda). Las matronas acudían al templo y, descalzas, hacían ofrendas en honor de Vesta. Luego, seguían a las Vestales en procesión,  dando gracias a Vesta y solicitándole protección para sus hogares. Recorrían los templos de la ciudad repartiendo la mola salsa (mollam salsam).

La mola salsa era una harina especial cuya preparación corría a cargo de las Vestales. Tostada y mezclada con sal, se consideraba sagrada, y era la que se extendía sobre la cabeza de las víctimas a sacrificar en los innumerables rituales de la religión romana. Las Vestales sólo la distribuían tres veces al año: 15 de febrero, 9 de junio y 13 de septiembre.

De la limpieza del templo se encargaban diariamente las Vestales. Los restos orgánicos eran reutilizados como abono para fertilizar sus propios jardines. El resto del estiércol acumulado (cenizas, basura, etc.), tras una limpieza a fondo del templo, se arrojaba al Tíber sólo una vez al año: el último día de las Vestalia (15 de junio). Ese día era “Q(uando) S(tercum) D(elatum) F(as)” (CUANDO EL ESTIÉRCOL PUEDE SER ELIMINADO LEGALMENTE). Entonces, siguiendo un estrecho callejón (angiportus), accedían al Tíber por la Porta Stercoraria, que tan sólo se abría ese día. Se desconoce la localización exacta de la Porta Stercoraria, aunque se la supone centrada en el antiguo clivus Capitolinus.

El templo resultó incendiado en 390 a.C., durante el saqueo de Roma por los galos, comandados por Breno.

Otro violento incendio casi lo arrasó en 241 a.C. En esta ocasión, el Pontífice Máximo Lucio Cecilio Metelo se lanzó al templo en llamas y pudo salvar los objetos sagrados allí guardados, perdiendo la vista. Cicerón afirmó que lo que le cegó fue el ver los objetos sagrados, no el incendio.

En 210 a.C., gracias a 13 esclavos devotos de Vesta, se salvó de otro incendio ajeno. Por su intervención, el Estado los liberó.

En el año 14, con ocasión de otro incendio que surgió en los alrededores, el templo hubo de ser evacuado y los objetos sagrados rescatados por las Vestales.

También resultó afectado en el gran incendio de Roma (año 64), sufriendo graves daños en su sector oriental. El mismo Nerón, tenido por el causante del incendio, ordenó su reconstrucción

Poco tiempo después fue parcialmente destruido por otro fuego, reconstruyéndose nuevamente en el año 69.

Parece que en época de Trajano (entre 100-117) fue reconstruido. Otro incendio, que también afectó a la casa de las Vestales, obligó a una nueva intervención en 191. Entonces también las Vestales tuvieron que salvar los objetos sagrados en él custodiados. Al parecer se reconstruyó a instancias de Julia Domna, esposa de Septimio Severo (emperador entre 193 y 211).

Entre los años 218-222, el Templo de Vesta se vio privado de todos sus tesoros, incluido el fuego sagrado. Heliogábalo, en un ataque de excentricidad, los hizo trasladar, junto con los de otros templos, al templo que él construyera a su particular deidad, Sol Invictus. No obstante, tras su asesinato, todos los objetos fueron reubicados en sus templos de origen.

La perpetua llama sagrada del Templo de Vesta se apagó en el año 394 por el emperador Teodosio I, al abolir los ritos paganos. Y las Vírgenes Vestales, portadoras de los antiguos misterios, pasaron también entonces al mundo del olvido.

 

Estatua de virgen vestal en el Foro

 

No obstante, un ladrillo hallado con el sello de Teodorico el Grande (rey del 511 al 526), indica una reparación o reconstrucción posterior, cuando ya la construcción tuvo otro uso.

Durante la Edad Media el templo se mantuvo en pie. En 1549, según el cronista Onofrio Panvinio, el edificio fue completamente expoliado: sus preciosos mármoles se utilizaron en la construcción de nuevas iglesias y palacios papales. Lo poco que quedó en pie acabó derribado en el lugar y, finalmente, sepultado.

Los restos que aún perduran posiblemente se deban a la reconstrucción de época severiana (193-211). Comprenden: parte de los cimientos y del podio, tres columnas y el entablamento que soportan, así como la parte de la cella correspondiente a la misma sección.

 

 

La apariencia actual corresponde a una reconstrucción efectuada en 1930. En ella se utilizaron numerosos fragmentos originales, completados con restauraciones en mármol travertino. Gracias a esta reconstrucción podemos intuir cómo era uno de los templos más significativos de la antigua Roma.

 

 

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