ESTADIO DE DOMICIANO
ROMA ARCAICA

ESTADIO DE DOMICIANO

El Estadio de Domiciano (Stadium Domitiani) se erigió en el centro del Campo de Marte, justo donde hoy se halla la actual Plaza Navona. Bajo ella, que conserva su forma y dimensiones, la antigua estructura del estadio permanece soterrada a unos 4’5 m. de profundidad.

Fue el primer y único estadio de mampostería con que contó la antigua Roma. Toma nombre de su promotor, Domiciano (Titus Flavius Domitianus, 51-96), emperador romano del 81 al 96, quien lo inauguró en el año 86 d.C.

 

LA LLEGADA AL PODER DE DOMICIANO

Su llegada al poder “arrastraba” dos significativos precedentes familiares:

 

  • Su padre, Vespasiano (Titus Flavius ​​​​Vespasianus, emperador del 69 al 79), puso fin a las guerras civiles tras el fatídico “año de los cuatro emperadores”. Así, tras Galba, Otón y Vitelio, se hizo con el Imperio e instauró la dinastía Flavia. Además, recuperó para el pueblo los terrenos en que Nerón había edificado su ostentosa Domus Áurea, y en ellos inició la construcción del fastuoso Anfiteatro Flavio (el Coliseo).

 

  • Su hermano y predecesor Tito (Titus Flavius ​​​​Vespasianus, emperador del 69 al 81), quien inauguró el Anfiteatro (en 80) e inició la construcción de un templo póstumo a su padre divinizado (Templo de Vespasiano). Y, pese a su repentina muerte tras gloriosas victorias militares en Oriente, proporcionó a los romanos un gran complejo termal (Termas de Tito).

 

Para afianzarse en el poder como nuevo emperador, Domiciano precisaba equipararse a ellos. Contaba ya con un precedente, acaecido el 19 de diciembre del año 69 d.C., cuando los vitelianos atacaron y registraron el Capitolio. Se refugió en el Templo de Júpiter Óptimo Máximo gracias a la ayuda del aedituus (encargado de su custodia), quien lo ocultó en él toda la noche. Y, a la mañana siguiente, le consiguió una túnica de lino con la que, disfrazado como sacerdote de Isis, pudo cruzar las líneas vitelianas y ponerse a salvo en lugar seguro. Esto hizo que Domiciano se sintiera protegido por Júpiter, como si fuese el elegido por el mismo dios para gobernar sobre los asuntos terrenales.

 

DOMICIANO

 

Con este antecedente, otra ocasión le vino heredada tras el gran incendio que, en 80 d.C. y durante tres días consecutivos, devastó el Campo de Marte, y que también arrasó el Templo de Júpiter Capitolino. Así, no sólo hizo reconstruirlo, sino que decidió reinstaurar los Juegos Capitolinos, que habían caído en desuso. Pretendía con ello, no sólo mantener entretenido al pueblo con actividades lúdicas, sino crear un vínculo personal con el mismo Júpiter (el Zeus griego) para realzar y dignificar su figura.

 

PRECEDENTES DE LOS JUEGOS CAPITOLINOS

Los Juegos Capitolinos (Ludi Capitolini) habían sido instituidos en Roma tras la invasión gala del 390 a.C. Entonces, después de saquear Roma, los galos, comandados por Breno, levantaron el asedio al Capitolio previo el pago de 1.000 libras de oro (unos 327 Kg.). Un rescate que se consideró vergonzoso y que los romanos intentaron borrar en la convicción de que “sólo a los dioses debían su salvación”. Por ello, el dictador Marco Furio Camilo (446-365 a.C.) instituyó estos juegos en honor de Júpiter, el soberano de los dioses romanos. Al principio se celebraron anualmente, si bien con el tiempo fueron cayendo en desuso.

Domiciano los reinstauró, disponiendo su celebración cada cuatro años, si bien se desconoce cuándo tenían lugar. Probablemente se celebrasen en los idus de septiembre (dies natalis del templo), y quizá durasen 6 días (como los Juegos Olímpicos griegos). Lo cierto es que con Domiciano alcanzaron su máxima expresión, convirtiéndose en los juegos más prestigiosos del Occidente romano. Tanta fama alcanzaron, que a partir de entonces el calendario romano contabilizó los años, en lugar de por lustros, por Juegos Capitolinos (como en la antigua Grecia lo hacían por Olimpiadas).

Se sabe que Julio César (en 46 a.C.), celebró competiciones atléticas en Roma. También el emperador Augusto, en conmemoración de su victoria en Actium (31 a.C.) celebró juegos al modo griego (agones) en 28 a.C. Sin embargo, éstos tuvieron lugar en instalaciones provisionales (presumiblemente de madera) levantadas para la ocasión en la Saepta Julia: el lugar donde tenían lugar las votaciones (también en el Campo de Marte). Así lo refiere el historiador y biógrafo romano Suetonio (Cayo Suetonio Tranquilo, aprox. 69-140) en su obra “Vida de los Doce Césares”.

 

PLANO DEL CAMPO DE MARTE

 

Nerón (Lucius Domitius Ahenobarbus, emperador del 54 al 68) los imitó con los ludi Iuvenales: un certamen también conocido como “las Neroneas”, que incluía carreras de carros y concursos gimnásticos y musicales (canto, música, poesía y elocuencia). Al parecer los celebró en 60 d.C. en un recinto que hizo construir junto a sus fastuosas termas (Termas de Nerón). Y este recinto, destruido por un rayo en el año 62 a.C. y que no volvió a ser reconstruido, fue el lugar elegido por el nuevo emperador para erigir el actual Estadio de Domiciano.

 

LOS AGONE CAPITOLINI

Domiciano, inspirado en los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia, de los que era un apasionado, los restableció en 86 d.C. como Agone Capitolini (Juegos Capitolinos). El término agone (del latín agon, y éste del griego agn) definía los concursos en que se participaba para la conquista de premios. Habían sido instituidos por los antiguos griegos como competiciones ecuestres (equestris), musicales (musicus) y gimnásticas (gymnicus). Una característica del espíritu competitivo de los antiguos griegos que pretendía un mejor desarrollo personal (físico y moral), como afirmación del individuo frente a la comunidad.

Estos juegos, aunque eran en honor de los dioses y a ellos se dedicaban las victorias, también lo eran por el honor y la gloria de quienes en ellos participaban. E igualmente suponían una victoria para las ciudades a quienes éstos representaban. Y, pese a que originalmente el premio era tan sólo una rama sagrada de olivo (árbol consagrado a Zeus), la Victoria era una puerta a la inmortalidad.

De ese prestigio se hicieron eco los poetas, sirviendo de fuente de inspiración para la misma Poesía. Así lo testimonió Píndaro (Pindarus, 518-438 a.C.), el mayor de los poetas líricos griegos, en sus “Odas Triunfales”:

 

El mundo no sería bello si la poesía no pregonara su belleza”.

 

Para las competiciones ecuestres (agone equestris) Roma ya contaba con el Circo Máximo, que Domiciano no solo reconstruyó, sino que amplió. Sin embargo, carecía de edificaciones adecuadas para las otras dos disciplinas. De ahí que construyera, ex profeso, el Odeón de Domiciano para las agone musicus y este Estadio de Domiciano para las agone gymnicus.

 

ESTADIO Y ODEÓN DE DOMICIANO
Maqueta del Estadio y Odeón de Domiciano

 

 

Fue llamado Estadio por el término griego στδιον (stadium en latín), en referencia a los 600 pies (192’27 m.) a recorrer en la principal carrera pedestre. Ésta era la más importante de todas sus competiciones, surgidas en Olimpia, ubicada en la península griega del Peloponeso. Tenían lugar en un espacio acotado y acondicionado a tal fin que, por esas dimensiones, tomó el nombre de Estadio, y, por su emplazamiento, el de Olímpico. Allí surgieron los primeros Juegos Olímpicos, unas competiciones atléticas dedicadas a Zeus, el dios supremo griego y señor del Olimpo. Se celebraban cada cuatro años, y su primera edición se celebró en el año 776 a.C.

Quienes en ellas participaban recibieron el nombre de atletas (del latín athletes). Un término procedente del griego athletés, derivado del verbo athlein (luchar, combatir, esforzarse), que también dio nombre a la propia competición, athlos, y a los premios que se otorgaban, athlon.

El programa de competiciones consistía, básicamente, en carreras (de velocidad y de fondo), lucha (pugilatus y pancratium) y las clásicas del pentathlon: carrera, salto de longitud, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha libre.

Eran competiciones gimnásticas en las que los atletas competían desnudos (el término latino gymnicus deriva del griego γυμνικός=”desnudo”), tal y como muestran todas sus representaciones. Probablemente para evitar molestias o incidentes que las vestimentas pudieran ocasionarles en el transcurso de las pruebas.

Sin embargo, la desnudez de los atletas durante las competiciones fue considerada inmoral por los antiguos romanos. Así, al historiador y senador romano Tácito (Publio Cornelio Tácito, aprox. 55-120 d.C.) le preocupaban estos “refinamientos”. Para él, “la juventud degeneraría por las modas extranjeras dedicándose a los gimnasios, al ocio …en lugar de a la milicia y a las armas” (“Anales”, Libro XIV). Más explícito e indignado se quejó en sus “Discursos” el elocuente orador Cicerón (Marcus Tullius Cicero, 106-43 a.C.). Para éste, “… el mayor escándalo para los atletas era exactamente desnudarse frente a los ciudadanos!”.

Por ello es más que probable que las mujeres no asistiesen a estos agones atléticos. Su presencia, según Suetonio, ya había sido prohibida anteriormente, por motivos de decencia, por el emperador Augusto. No obstante, Domiciano consiguió dotar a Roma de un ciclo duradero de juegos que le sobrevivieron y perduraron. Prueba de ello es la gran popularidad y prestigio de que gozaron los Agone Capitolini, ya referidos al hablar del Odeón de Domiciano.

 

EL ATLETISMO EN EL ARTE

La importancia que los atletas tuvieron para la sociedad griega y romana es patente en el arte. Hasta nosotros ha llegado una ingente cantidad de representaciones, glorificándolos y perpetuándolos en el tiempo. Una pequeña muestra puede verse en el Museo Nacional Romano, de la que destacan dos imponentes esculturas:

 

  • El Boxeador Sentado. La estatua, realizada en bronce, representa a un atleta de pugilatus (boxeador), descansando tras la competición. Cargada de un crudo realismo, pueden apreciarse en ella las lesiones sufridas, así como las gotas de sangre y sudor tras el duro combate.

boxeador sentado

 

 

  • El Discóbolo Lancellotti. La talla evidencia el dinamismo de la prueba, captando con minuciosidad el equilibrio fugaz del atleta en pleno lanzamiento. Realizada en mármol (siglo II), es una fiel copia del maravilloso Discóbolo de Mirón, cuyo original, en bronce, data de mediados del siglo V a.C.

discóbolo

 

 

ESTRUCTURA DEL ESTADIO DE DOMICIANO

Era una edificación muy alargada, casi rectangular, con el extremo Norte delineado en forma semicircular y el Sur ligeramente en oblicuo. Sus dimensiones se estiman en unos 277 m. de largo y 115 de ancho. Así lo confirma un fragmento hallado del Forma Urbis Romae (el plano marmóreo de la Antigua Roma) identificado como correspondiente al sector curvo del estadio. En él tan sólo aparece identificado como Stadium (sin “… Domitiani”), muy posiblemente por la damnatio memoriae que posteriormente se aplicó a este emperador.

La estructura interior se construyó en hormigón y ladrillo, materiales robustos y resistentes al fuego. Toda ella estaba revestida de estuco con molduras coloreadas, a excepción de los pilares internos del deambulatorio (ambulacrum), que eran de travertino.

 

RESTOS DEL ESTADIO DE DOMICIANO

 

La fachada exterior imitaba la clásica estructura romana, patente ya en el Teatro de Marcelo, en el Teatro de Pompeyo o en el Anfiteatro Flavio. Realizada en travertino, estaba conformada por sucesivos arcos de medio punto, dispuestos en dos hileras de arcadas superpuestas que alcanzaban los 18’5 m. de altura. Cada arco se sustentaba en sendos pilares decorados con semicolumnas: jónicas las de la planta inferior y corintias las superiores. Contaba con tres accesos principales, monumentalizados y con vestíbulos de acceso lateral (protyron), centrados en cada fachada lateral y en el lado curvo. Y previsiblemente hubiera otras tres entradas secundarias en el lado rectilíneo.

Todo él estaba decorado, tanto interior como exteriormente, con multitud de esculturas, en su gran mayoría hoy desaparecidas. No obstante, su interior acoge numerosos fragmentos de éstas, entre las que destaca un torso de mármol pentélico, copia romana del “Apolo Licio”, de Praxíteles (siglo IV a.C.). Y en las proximidades aún perdura el grupo escultórico conocido popularmente como “Il Pasquino”, la estatua parlante más mordaz de Roma, que preside la plaza homónima.

Las competiciones tenían lugar en la arena, un espacio totalmente despejado, (de unos 210 x 50 m.), pues, al contrario que los circos, carecía de spina central. En torno a ella se distribuía la cávea, conformada por dos graderíos (maeniana) dispuestos escalonadamente a ambos lados de un pasillo central (praecinctum). Ésta se sustentaba en sendos corredores abovedados (ambulacrum) que facilitaban la distribución de los asistentes, cuyo aforo se estima en unos 30.000 espectadores (15.000 asientos).

 

LA INEVITABLE DECADENCIA

Se sabe que el Estadio de Domiciano fue reformado en el año 217, en tiempos de Macrino (Marco Opelio Macrino, emperador del 217 al 218). Entonces, tras el incendio que devastó el Anfiteatro Flavio (el actual Coliseo), tuvo que ser adaptado para celebrar en él sus espectáculos. También consta una restauración posterior, en 228, en época del emperador Alejandro Severo (Marcus Aurelius Severus Alexander, emperador del 222 al 235).

Aquí, en el lupanar existente bajo el graderío del Estadio de Domiciano, fue martirizada, en 304 d.C., la joven romana que hoy conocemos como Santa Inés. En el lugar, que se preservó, se erigió años más tarde un pequeño oratorio en su honor. Todo ello perdura hoy en los sótanos de la monumental basílica en que luego se transformó: Sant’Agnese in Agone.

Poco a poco estas competiciones fueron paulatinamente decayendo, sustituidas por los juegos circenses, más del gusto del público. El atletismo, aunque pervivió algunos años más, quedó reducido tan sólo a algunos círculos de “intelectuales”. Y finalmente fueron abolidos tras el Edicto de Tesalónica, decretado en 380 por Teodosio I «el Grande» (Flavio Teodosio). Con él, al erigirse el cristianismo como única religión del Imperio, se puso fin a todas las tradiciones “paganas”. No obstante, los Juegos Olímpicos perduraron hasta el año 393.

A mediados del siglo IV el Estadio de Domiciano aún permanecía intacto, y en él seguían realizándose algunas competiciones atléticas. Unas competiciones que los romanos continuaron llamando agone, de ahí que se le conociese como circus agonalis (campo de juegos). De este término, agonalis, deriva el topónimo actual de la plaza, que, por corrupción, de “in agone”, pasó a “innagone”, luego a “navone” y de ahí al actual “Navona”.

A partir de entonces cayó en el abandono, siendo paulatinamente desmantelado. Sus materiales fueron reciclados para nuevas construcciones, y las arcadas y deambulatorios se usaron como almacenes y cuadras.

En el siglo XV se reubicó aquí el antiguo Mercado del Campidoglio (trasladado en 1869 al Campo d’Fiori). Entonces se reurbanizó el entorno con nuevas construcciones erigidas sobre su estructura. Bajo estas edificaciones permanece sepultado lo que quedó del Estadio de Domiciano. Y el lugar que ocupaba la arena, incólume tras más de mil cuatrocientos años, se pavimentó en 1488 con los característicos «sampietrini«. Hoy se ha convertido en una de las plazas más bellas del mundo: el “Salón de Roma”, transformada en una monumental plaza, toda una auténtica joya del barroco.

 

PLAZA NAVONA

 

 

LOS VESTIGIOS VISITABLES DEL ESTADIO DE DOMICIANO

Los restos del Estadio de Domiciano que hoy podemos contemplar se descubrieron en 1936, al construirse el edificio bajo el que se hallan. Se corresponden con la parte oriental del hemiciclo, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Tras su acondicionamiento y restauración, hoy conforman un Área Arqueológica de incalculable valor, donde cohabitan la Roma Imperial con la actual Roma.

El interior muestra, entre los antiguos vestigios, gran variedad de carteles explicativos. Un didáctico servicio de audioguía, disponible tanto para adultos como para niños, hace de la visita un paseo ameno e instructivo. Además, divertidos detalles para los “peques” les permiten incluso ser protagonistas de la Historia, e iniciarse así en el fascinante mundo romano. Todo un lujo a nuestro alcance que nos brinda, una vez más, nuestra Infinita Roma.

 

 

Para más información visita la página oficial del Área Arqueológica del Estadio de Domiciano.

 

UBICACIÓN ESTADIO DE DOMICIANO

 

 

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