PASQUINO
FUENTES Y PLAZAS,  MISCELÁNEA

PASQUINO (ESTATUAS PARLANTES)

La estatua de Il Pasquino fue un hallazgo casual del cardenal Oliviero Carafa. En 1501, tras haber adquirido a los Orsini el edificio donde iba a residir (hoy Palacio Braschi), la encontró enterrada entre el barro bajo el pavimento de la plaza.

 

Palacio Braschi

 

Tras el descubrimiento, y pese a estar muy deteriorada, decidió colocarla sobre un pedestal y ornamentar con ella la plaza, apoyándola en la esquina de su nueva residencia. En ella hizo aplicar un cartucho de celebración y el escudo familiar de los Carafa.

ORIGEN DE «IL PASQUINO»

Aunque la imagen está muy desgastada, hay quien sostiene, los menos, que pudiera tratarse de un gladiador, una deidad o algún héroe legendario.

Posiblemente se trate de un fragmento de una escena de la guerra de Troya, conocido como “Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo”.

 

“Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo”

 

Dicha escena representa a Menelao (rey de Esparta y esposo de Helena), sosteniendo, tras recuperarlo, el cadáver desnudo de Patroclo (muerto por Héctor y despojado por éste de sus armas) para llevarlo al campamento aqueo y entregárselo a Aquiles, su inseparable compañero.

Los eruditos apuntan que, probablemente, se trate una de escultura que en su día decoró las estancias del cercano Estadio de Domiciano (hoy bajo Piazza Navona), copia de un original helenístico de bronce atribuido a Antígono de Caristo, un escultor de Pérgamo del siglo III a.C.

Aunque el origen de su nombre se pierde en los albores del tiempo, la opinión más generalizada lo relaciona con un sastre (otros dicen que barbero, maestro, o zapatero) que vivía en las proximidades. Éste se llamaba Pasquino, y era un personaje muy bien relacionado con las altas esferas, sobre todo con las de la curia. Era muy aficionado a los chascarrillos, se acostumbró a exponer allí, anónimamente, sus lacónicas críticas (pasquinadas).

Sea como fuere, lo cierto es que al poco de “nacer” Pasquino, surgió la idea de dejar allí constancia escrita del malestar popular. Esto fue fruto, posiblemente, de la falta de libertad y la férrea censura a la que se veían sometidos los habitantes de la Roma de finales del siglo XV.

Aparecían pequeños anónimos, escuetos libelos o notas críticas pegadas en el zócalo o colgadas del propio cuello de la estatua. Por ello fueron llamadas “pasquines”, práctica que se generalizó a partir de 1504, si bien no empezaron a publicarse hasta 1509, dando nombre a esa breve divulgación crítica que ha perdurado hasta nuestros días.

«Pasquino» nace creativo, académico, pedagógico, adulador y humanista.

Suele expresarse en latín y en verso, con sonetos, dísticos o epigramas. Tanta aceptación tuvo que cada 25 de abril, festividad de San Marcos Evangelista, la estatua era ataviada como una divinidad clásica. A su alrededor se celebraban certámenes y concursos literarios. En la estatua se fijaban los mejores epigramas, que luego eran publicados en opúsculos. Se convirtió en una jornada festiva, (promovida e impulsada por el propio cardenal Carafa), en la que participaban incluso las mejores “plumas” de la época, y donde tampoco faltaba el baile.

Pero, al no tener pelos en la lengua, siendo de suyo insolente, difamador y atravesado, en el siglo XVII su lenguaje se vulgarizó. Ello hizo que perdiera la escasa protección de algunos sectores de la curia. No le quedó más defensa que el anonimato. Murió así el Pasquino conformista, y su fiesta fue prohibida por Adriano VI, feroz enemigo del mármol.

De las pasquinadas contra la curia hizo una recopilación el escritor y poeta Pietro Aretino. Fue uno de los intelectuales más representativos de la época. En 1522 publicó una de sus primeras obras, las “Pasquinadas”, y, en forma de sátiras anónimas, las pegó en la estatua de Il Pasquino. De él llegó a decir “que había nacido de los amores clandestinos de las musas con los poetas vagabundos”.

Con el tiempo se “especializó” en feroces sátiras políticas y sociales, dirigidas principalmente al Papa o a personajes relevantes de la época. Y, como estaba muy al tanto de lo que ocurría en las altas esferas de la época, ese conocimiento le permitió hablar libremente y con conocimiento de causa. Su fama se extendió tanto que, cuando alguna maledicencia corría por Roma, como confirmación se decía: “lo ha dicho Pasquino”. Y eso iba a misa.

Tanto incordió, que pretendieron deshacerse de él. Algunos lo intentaron (como los Papas Adriano VI, Sixto V y Clemente VIII), e incluso planearon arrojarlo al Tíber. Pero el miedo a las imprevisibles reacciones del pueblo los hizo desistir. Pese a ello, intentaron acallar su sagaz y sibilina voz disponiendo una custodia con vigilancia nocturna.

Sin embargo, esta decisión, si bien acalló temporalmente a Pasquino, provocó otro efecto totalmente inesperado: despertó a otras estatuas de la ciudad.

Y no sólo se pronunciaban al “estilo pasquino”, si no que entablaban conversaciones con él, surgiendo el que más tarde fuera conocido como Congresso degli Arguti (Congreso de los Ingeniosos), integrado por Pasquino, Marforio, Abbate Luigi, Facchino, Babuino y la única figura fémina, Madama Lucrezia.

 

 

Ese lenguaje social adquirió tanto arraigo, que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX. Y aún perdura, si bien, al haberse perdido el sentido crítico inicial que lo motivó, las escasas sátiras que hoy lucen en él lo son, en mayor medida, para sostener esa tradición y mostrar vivamente a quienes visitan la Ciudad Eterna que “hubo un tiempo en que las estatuas de Roma, con sus bocas de mármol, hablaban”.

Si quieres conocer mas sentencias de Pasquino, en este post encontrarás una selección de las mejores «pasquinadas».

 

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