MISCELÁNEA

MADAMA LUCREZIA (ESTATUAS PARLANTES)

La estatua de Madama Lucrezia está situada a la izquierda de la entrada de la basílica de San Marco Evangelista, y es una de las seis estatuas parlantes de Roma. Es la única estatua femenina que forma parte del Congresso degli Arguti  (Congreso de los Ingeniosos), que agrupa a: Pasquino, Marforio, Facchino, Abatte Luigi y Babuino.

El torso que puede apreciarse, de unos 3 m. de alto, es un fragmento de una estatua de la diosa Isis. Este hecho lo atestigua el nudo isíaco que puede apreciarse en su pecho, característico del atuendo de esta diosa. Originariamente se encontraba en el Templo de Isis.

La estatua llegó a la propiedad de Lucrezia d’Alagno, una noble, acaudalada y hermosa napolitana. Esta mujer, a sus 18 años, se enamoró del rey Alfonso II de Nápoles (Alfonso V de Aragón “el Magnánimo”).

Pese a que el rey estaba casado (con su prima María de Castilla, con la que jamás tuvo descendencia, y a quien, en su ausencia había dejado como Regente en Aragón), el amor entre ellos era tan intenso que, de facto, Lucrezia ejercía como reina en la corte napolitana. Actuaba como mecenas, inspiradora de eruditos y poetas.

Retrato de Alfonso V de Aragón

Tanto se amaban que, pretendiendo casarse con ella, el rey la envió a Roma en 1457 a solicitar, en su nombre, la anulación matrimonial con María. Sin embargo, el Papa Calixto III no accedió a sus pretensiones.

El amor se desvaneció con el prematuro fallecimiento del rey, quien enfermó y murió el 27 de junio 1458, a los 64 años. Tras la muerte de su amante, Lucrezia se retiró a Roma, viviendo en el solar en que se erige la estatua, donde acabó sus días en 1479, pobre y casi olvidada. La estatua, que tomó su nombre de ella, le fue cedida al cardenal Pietro Barbo (futuro papa Pablo II), quien la alojó en su edificio en la Piazza San Marco.

Desde entonces, muchas sentencias y pasquines le han dado fama.

ALGUNAS SENTENCIAS Y PASQUINES DE MADAMA LUCREZIA

En 1591, el papa Gregorio XIV, sintiéndose morir, dispuso que se le transportara al cercano Palacio Venecia. Tenía la esperanza de recuperarse gracias a los altos muros que lo aíslan del ruido exterior, pero pese a ello, murió. Madame Lucrezia, fríamente, sentenció:

«La muerte entró por las puertas”.

En 1799, durante los disturbios republicanos, los romanos derribaron la estatua (se rompió en ocho trozos), cayendo boca abajo. Al día siguiente, en unas grandes letras sobre sus hombros se leía:

«No puedo ver más».

En 1806 fue restaurada y aún hoy su impasible serenidad nos contempla.

Como curiosidad, se decía que los “enfermos de amor” podían curarse tocando el “cofre” de esta estatua.

Así, desde 1886 surgió a su alrededor una fiesta muy particular, “Il Ballo diu Guitti” (El Baile de los Titiriteros), que despertó mucha admiración en las gentes de la época. En Roma, ese día, las gentes del barrio se congregaron en torno a Madama Lucrezia, a la que engalanaron con collares de ajo, guindilla, cebolla y cintas. Cada hombre elegía una “falsa novia” e, inclinándose en somera reverencia, fingían casarse ante Lucrezia como si ésta fuese el cura o el alcalde. Tras ello, comenzaban a bailar. La multitud, fascinada por el público acontecimiento, presenciaba los espléndidos bailes. Pronto se les unieron mendigos, artistas callejeros, y todo tipo de excéntricos, que se agitaban casi en un ritual dionisíaco… Y todos reían, saltaban y bailaban, haciendo grandes muecas que hasta parecían divertir a la imperturbable Madame Lucrecia.

 

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