MISCELÁNEA

PASQUINADAS

De entre la ingente cantidad de pasquinadas con las que Pasquino nos ha debido deleitar desde su “nacimiento”, hace ya más de 500 años, las más no constan y se han perdido, muchas se han olvidado, otras fueron censuradas y algunas, por herejes, enviadas directamente a la hoguera.

Tan sólo sobrevive una ínfima parte de dichas pasquinadas. De las que he podido hallar, considerándolas las más significativas, oportunas y mordaces, para su eterna constancia y gloria, y para que disfruten de la pública libertad con que fueron engendradas, basten las siguientes:


LAS PASQUINADAS

 

Una de las primeras pasquinadas conocidas, sin fechar, es la que dirigió al Papa español Calixto III (Alfonso Borgia, 1455-1458), a quien, por favorecer demasiado a sus sobrinos, criticó con estos versos:


“A los pobres, sus apóstoles la iglesia había dejado Cristo;

presa de los ricos, sus sobrinos, es regida hoy por el buen Calixto”.


Los españoles fueron frecuentes protagonistas de sus pasquinadas, en especial la familia de los Borgia, a quien dedicó algunas muy violentas y mordaces. Así, a Alejandro VI (Rodrigo Borgia,1492-1502) le dedicó este breve “elogio”:


“Alejandro vende esclavos

y vende a Jesús crucificado.

Tiene derecho: él los había comprado”.


Y por si no hubiese quedado pública constancia de su malestar, al poco precisó:


“Alejandro vende las llaves, los altares, Cristo;

con buen derecho puede vender lo que había comprado antes.

De vicio en vicio, de la llama al incendio,

Roma perece bajo el dominio español.

Sexto Tarquinio, Sexto Nerón, Sexto también éste;

siempre bajo los Sextos Roma fue arruinada”.

En 1501, afinando ante la presencia de un buey en el escudo de los Borgia, se permitió la sutil licencia de publicitar así:

“Predixit tibi papa bos quod esses”.


Pasquino, sagaz y sibilino, no había puesto coma alguna en el pasquín, lo que, indirectamente, invitaba a lectores y transeúntes a colocarla ellos mismos. Según donde lo hiciesen, la frase adquiría significados muy dispares:


  • Sin comas: “Tú predijiste que serías un Papa buey.”
  • Con “papa” entre comas: “Tú predijiste, oh Papa, que serías un buey.”
  • Con «bos» entre comas: “Tú predijiste, oh buey, que serías Papa.”

A la muerte de Alejandro VI, en 1502, le dedicó este singular epitafio:


“Aquí yace Alejandro VI.

Está enterrado con lo que yo venero:

lujo, discordia, engaño, violencia, crimen”.


De su crítica mordaz tampoco de salvó César Borgia, hijo de Alejandro VI y capitán general de los ejércitos papales entre 1497 y 1503, de quien llegó a decir:


“César o nada, Borja quien diga la gente:

¿es que no se puede ser al mismo tiempo César y Nada?”


E incluso toda la familia Borgia fue diana de sus pasquinadas. En una de ellas les espetó:


“Son estos Borgia

impudor en el buen camino,

obrando gestas gloriosas

y dignas de la serpiente,

de Judas y de Caín”.


Y con estas punzantes palabras obsequió a Julio II, el “Papa guerrero” (Giuliano della Rovere, 1503 a 1513):


“Cometiste un error, Giulio, al darte las llaves.

Hubiera hecho mejor en darte garrotes”.


Sin embargo, al Papa León X (Giovanni di Lorenzo de Medici, 1513-1521) no le disgustaban las “pasquinadas”, e incluso le hacían gracia, y llegó a fomentar la cosa del mármol. Por ello, “a su favor”, le dedicó estos versos:


“León, regidor y árbitro del orbe inmenso,

me ha dado otro aspecto divino:

él me cubrió de ricos ornamentos, a mi,

que hace poco tenía desnudo el cuerpo.

¡Qué bienes no dará a los vivos, si adorna las piedras

y desea que aún los mármoles gocen de sus beneficios!”


No obstante, a su muerte no calló, y León X recibió de Pasquino este explícito panegírico:


“Ha muerto el décimo León,

que siempre dio su afecto al canalla y al bufón.

Tirano sucio, deshonesto, infecto».


Y, además, como León X se hiciera famoso por la venta de indulgencias, se lo recordó así:


“En los últimos instantes que León había vivido,

no pudo tener sus sacramentos, pues los había vendido”.


Lo mucho que Pasquino fue odiado lo muestra el hecho de que el gruñón Adriano VI (Adriano de Utrecht, 1522-1523) pretendió hacer pedazos la estatua, por maledicente, y arrojarla al Tíber. Pero fue disuadido por sus allegados, quienes le aconsejaron que no lo hiciera “porque de sus restos de la orilla del río nacerían infinitas ranas que croarían noche y día.” Eso le salvó, además de la prematura muerte del Pontífice. Casualmente fue enterrado en la cercana iglesia de Santa Maria dell’Anima, a escasos 200 metros de Pasquino. Y una mañana le dedicó estos versos:


“El Papa Adriano está encerrado aquí.

Fue una tristeza: tenía que ver con todos excepto con Cristo”.


También comentó la lucha entre el emperador Carlos V y el pontífice Clemente VII, diciendo:


“El Séptimo es inferior al Quinto. ¿Quién lo cree?

El Quinto tiene la corona, el Séptimo el exilio ”.


En 1534, tras la muerte del papa Clemente VII (Julio de Médici,1523-1534), apareció un pasquín con el retrato de su médico personal, el Dr. Curti. Junto al dibujo estaba escrito:


“Aquí está el que quita los pecados del mundo”.


Y aunque se dirigió a quienes, por sus depravadas costumbres, merecieron escarnio público (casi todos los pontífices y algunos de los personajes más influyentes de la época), y que por ello fue vigilado y acosado, hay evidente constancia que Pasquino no calló ni huyó nunca. Aunque alguna vez, desanimado o escandalizado, llegó a exclamar:


¡Roma, adiós! Te he visto y me basta. Cuando sea rufián, meretriz, bufón y mentiroso, volveré”.


Pronto regresó. A la muerte del papa Pablo III (Alejandro Farnesio, 1534-1549), Pasquino le dedicó estos versos:


“Aquí fue enterrado un tal Pablo

fraudulento, ‘vulpon’ (zorro), ladrón, asesino,

aquí famoso en boca de Pasquino.

Allá doliente en la boca del diablo.”


En plena Inquisición, siendo pontífice Pablo IV (Gian Pietro Carafa, 1555-1559), que había sido Prefecto de la Congregación del Santo Oficio y había reformado los tribunales de la Inquisición, se atrevió a proclamar:


“Hijos, menos juicio y más fe manda el Santo Oficio.

Y de razones nada, desde luego,

que contra la razón existe el fuego.

Y guarden la lengua bien guardada,

porque al papa Paulo le gusta asada”.


A Pío V (Michele Ghislieri, 1566-1572), que antes de ser elegido Papa había sido Gran Inquisidor, pese a mandar a la hoguera a más de un sospecho de escribir pasquines, se atrevió a desafiar de esta manera:


“La horca, el fuego lento y todos tus tormentos

no me asustan, buen Pío. Puedes mandarme quemar.

De piedra soy. Me río y te desafío”.


Y cuando Pio V, al poco de ser elegido Papa, se hizo construir una suntuosa letrina en el Vaticano, Pasquino le dedicó este epígrafe:


“El papa Pío V, compadecido ante todo lo relacionado con el estómago, levantó como noble monumento este cagadero”.


A consecuencia del precitado pasquín fue arrestado el poeta Niccoló Franco, acusado, entre otros delitos, de su redacción. Acabó siendo ahorcado en 1570.

Tanto rigor no intimidó a Pasquino, que se desahogó de esta manera:


“Como si fuese invierno,

para avivar el calor del Infierno

los cristianos son quemados en lugar de leña.”


A Sixto V (Felice Peretti, 1585-1590), por gravar al pueblo para costear sus obras en Roma, le dedicó este pareado:


“Era cruel, malvado y triste Nerón,

pero mucho más lo fue el Papa Sixto”.


E incluso cuando el mismo papa Sixto V emitió un riguroso edicto contra las pasquinadas, Pasquino, siempre con entusiasta deportividad, apareció un buen día con el vientre hinchado y un letrero que decía:


“Reviento por no poder hablar”.


En 1633, cuando el Papa Urbano VIII (Maffeo Barberini, 1623-1644) ordenó a Bernini retirar la cubierta de bronce del Panteón para la construcción del dosel de la Basílica de San Pedro, la pasquinada fue la siguiente:


“Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini”.


En 1643, el mismo papa realizó costosas obras hidráulicas para abastecer las fuentes de la ciudad. Considerando que esas mejoras eran un regalo para Roma, las costeó gravando sobremanera el precio del vino. Ello generó enorme descontento, y Pasquino se vio muy obligado a pronunciarse:


“Después de mil impuestos al vino, Urbano ahora refresca a los romanos con agua pura”.


A su vecina Donna Olimpia Maidalchini Pamphilj, cuñada del Papa Inocencio X (Giovanni Battista Pamphili, 1644-1655), que por sus manejos e influencias fue apodada «Pimpaccia» (la papisa), le dirigió esta pasquinada:


”Quien dice mujer dice daño,

quien dice mujer dice enfermo,

quien dice Olimpia Maldachina

dice mujer, daño y ruina”.


Fue el propio Pasquino quien le dio el sobrenombre de «Pimpaccia», deformando el título de una famosa comedia del año 1600, cuya protagonista, “Pimpa”, era una mujer despótica e inteligente, presuntuosa y sin prejuicios. Esto es, como Donna Olimpia. Desde entonces el apodo la acompañó eternamente. Y aún más; trastocando su nombre (“Olim pía” se traduce en latín como “antes virtuosa”), se burló de ella, descarada y públicamente, con el siguiente pasquín:


 “Olim pia, nunc impia” (una vez piadosa, ahora impía).


Y al poco tiempo, siendo costumbre en Roma el señalar con el índice de una mano la marca hecha en las paredes para indicar la altura alcanzada por el nivel de las aguas tras las inundaciones del Tíber, y conociendo que Donna Olimpia tenía un maestro de cámara llamado Fiume, con el que se rumoreaba que también “flirteaba”, un día apareció un pasquín con el dibujo de una mujer desnuda (que sin duda se parecía a ella), y una mano con el dedo índice apuntando a la altura del sexo, con la inscripción:


”Hasta aquí llegó Fiume”.


Al propio Papa Inocencio X le dedicó el siguiente “elogio”:


”Al décimo inocente, excelente mecenas del recaudador de impuestos y del mejor comerciante,

que aniquiló el nepotismo para establecer el cognatismo”.


Tras la muerte de Inocencio XI (Benedetto Giulio Odescalchi, 1676-1689), a su sucesor, Alejandro VIII (el veneciano Pietro Vito Ottoboni, 1689-1691), pese a su breve papado, pero corrupto y espurio, le dedicó esta simpleza:


“¡Alegría! Para un mal papa tenemos a Otto-Boni”.


Benedicto XIII (Pietro Francesco Orsini, 1724-1730), harto de las infames “pasquinadas”, llegó a emitir un edicto en 1728 en el que condenaba con pena de muerte, cárcel, confiscación e infamia a quienes fueren sorprendidos in fraganti “pegando papelitos”. No sirvió de nada. Pasquino prosiguió con sus pasquinadas. E, incluso durante el Fascismo, mientras Roma se engalanaba para la visita de Hitler, sentenció:


“¡Pobre Roma mía de Travertino!

Te han vestido toda de cartón

para hacerte mirar por un pintor,

tu próximo patrón”.


En 1912 apareció publicado el conocido  “Éxtasis de Pasquín”, cuyo contenido es el siguiente:


“He aquí de qué se componen las cuatro murallas que circundan la ciudad de los Papas:

De capuchones, de rosarios, de tonsuras, de barbas de capuchinos, de cinturones de monjas.

De sandalias, de pescados, de huevos, de mitras, de pieles de cabra, de cuernos de cabrón.

De cirios, de bulas y de una multitud de escritos, ¡todo esto cimentado con aceite y seda!

Esta ciudad de los Papas tiene cuatro puertas llamadas:

La primera, puerta De la Superstición;

la segunda, Puerta de la Ignorancia;

la tercera, Puerta de la Hipocresía;

la cuarta, Puerta del Orgullo.

Pero las han minado y atacado tan profundamente, de tantas maneras,

que no pienso que puedan durar mucho tiempo”.

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