FUENTES Y PLAZAS,  MISCELÁNEA

MARFORIO (ESTATUAS PARLANTES)

La colosal estatua de Marforio (más de 6 metros) se encontró en el Foro de Augusto, entre las ruinas del Templo de Marte Ultor. Posiblemente se esculpió en el siglo I d.C.

A diferencia de muchos otros restos, nunca se enterró, permaneciendo visible a lo largo de la Edad Media. Entonces la zona era denominada erróneamente con el nombre del templo, “Foro de Marte”, y probablemente su nombre derive, por deformación, de dicho término latino (Mars Forum). Aunque algunos autores sostienen que su nombre provendría de “Marfoli” o “Marfuoli”, una familia que tuvo propiedades en la zona, próxima a la cárcel Mamertina (antiguamente denominada Campo Vacuno), donde estuvo la estatua hasta 1588.

Algunos la identifican con Júpiter o Neptuno. Otros, sin embargo, consideran que es una representación alegórica del Tíber (o quizás del Nera, su afluente).

 

 

No obstante, lo más seguro es que esta escultura yacente represente al dios Océano, debido a algunos símbolos de la deidad marina, como su poblada barba, la larga cabellera o el gran paño que rodea su cuerpo. En el momento de su hallazgo presentaba algunos desperfectos (en parte de la cara, pie derecho y mano izquierda, y le faltaba el brazo derecho). Éstos fueron restaurados en 1594 por el escultor Ruggero Bescape, siguiendo instrucciones del arquitecto Giacomo della Porta. Esto explicaría que entonces, al ponerle el brazo derecho, se colocase una caracola marina en su mano. Además, en la cuenca en que estaba asentada figuraba la inscripción “MARE FORAMINIS” (mar en el hoyo), y Marforio quizá se deba a una deformación de esa referencia.

La gran cuenca redonda que acompañaba a la estatua, que estaba fracturada en el momento de su hallazgo, se dejó en el Foro. Tras su restauración, se dispuso como abrevadero para el ganado. En 1816, el Papa Pío VII la trasladó frente a la entrada del Palacio del Quirinal, donde aún ornamenta la Fontana di Monte Cavallo, junto al monumento a los Dióscuros y el obelisco Quirinal.

 

 

La estatua de Marforio permaneció en el Foro hasta 1588, cuando el Papa Gregorio XIII hizo que Giacomo della Porta la colocase en la nueva fuente que había diseñado para la Piazza Colonna, junto a la Columna de Marco Aurelio.

Más tarde, al diseñarse otra estructura para esa fuente, fue trasladada a la Plaza de San Marcos, donde ornamentó una de las fuentes. A los pocos días de su colocación (en 1589) fue nuevamente trasladada a instancias de Sixto V. La nueva ubicación era la cima de la colina capitolina, donde della Porta pretendió reubicarla en la fuente que estaba construyendo en la pared de contención del Aracoeli, en el Campidoglio. Pero el proyecto tampoco fructificó.

No fue hasta 1594, bajo el pontificado del papa Clemente VIII, cuando Giacomo Della Porta pudo realizar “su” fuente de Marforio (su última obra). La fachada que le construyo la precedía un estanque igual a los utilizados en la base del Palazzo Senatorio. Sin embargo, la estructura fue desmontada unos cincuenta años más tarde, cuando el papa Inocencio X inició la construcción del Palazzo Nuovo.

No fue hasta 1734 cuando la fuente de Marforio se reconstruyó en el interior del palacio (sin la fachada original de della Porta), enmarcándola en una exedra construida expresamente para ella, entre columnas corintias, por el arquitecto Filippo Barigiioni.

 

 

Desde  que se sometió a una completa restauración y consolidación, realizada a expensas privadas (Swaroski), preside la fuente del patio interior del Palazzo Nuovo, en la que, de los retorcidos tentáculos de un gran pulpo, se vierte el agua a una gran cuenca inferior de travertino.

 

 

MARFORIO: ESTATUA PARLANTE

Hay constancia de que Marforio ya se pronunciaba contra las altas jerarquías de Roma, poco después de “nacer” Pasquino, aunque sus monólogos fueron más bien escasos.

Fue con Pasquino, quien ya en 1511 lo consideró su “hermano”, con quien mayormente conversó, surgiendo entre ambos unos irónicos y atractivos diálogos. Además, en su continuo deambular no cesó de pronunciarse, con lengua mordaz, en irreverentes y descarados panfletos. Por ello, al igual que a Pasquino, se le llegó a poner vigilancia nocturna para intentar acallarlo. No lo consiguieron.

Y demostrada así su integridad para con el pueblo, los romanos lo admitieron en el Congresso degli Arguti (Congreso de los Ingeniosos), formando parte, junto a Pasquino, Abbate Luigi, Facchino, Babuino y la única figura femenina, Madama Lucrezia, de las estatuas parlantes de Roma.

Es más, se dice que la decisión última del Papa Inocencio X de colocarlo en el patio interior del Palazzo Nuovo fue como castigo a su soez locuacidad. Por ello desde entonces cumple allí pena de destierro (donde, aún de vez en cuando, despierta).

Ponemos un ejemplo de entre los muchos y sagaces libelos que le dieron fama universal.

Estos son algunos de los ingeniosos diálogos que mantuvo con su “hermano” Pasquino:

Cuando Sisto V (1585-1590), de humildes orígenes campesinos, fue elegido Papa, su hermana, Camila, comenzó a comportarse como si de toda la vida hubiera sido una gran dama. Y Marforio dialogó así con Pasquino:

 

Marforio: “Oye, Pasquino, ¿por qué estás tan sucio? Tienes la camisa negra como el carbón”.

Pasquino: ¿Qué puedes hacer al respecto? ¡Mi lavandera se hizo princesa!.

 

Y, al elevar el mismo Sixto V los impuestos para sufragar la gran cantidad de obras a que acometió en Roma, Marforio y Pasquino mantuvieron este diálogo:

 

Marforio: ¿Qué pones a secar a estas horas, Pasquino?

Pasquino: ¿No ves? Mi camisa.

Marforio: Espera a mañana por la mañana.

Pasquino: No, porque me tocaría quizá pagar el rayo del sol.

 

También durante la dominación napoleónica volvieron a conversar:

 

Marforio: “¿Es verdad que los franceses son todos ladrones?”

Pasquino: No todos, pero Bona-parte.

 

La conversación entre las dos estatuas continuó incluso hasta el siglo XIX, el siglo de las grandes pasiones y sufrimientos de Roma. Así, tras los cientos de muertes que causó la represión de los levantamientos de Carbonari contra el Papa Gregorio XVI, dialogaron así:

 

Marforio: “¡Qué silencio, qué paz! Pasquino, ¿ no es así? En Roma todo está en silencio”.

Pasquino: ¡Como en un cementerio!”.

 

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