TEATRO DE POMPEYO
ROMA ARCAICA

TEATRO DE POMPEYO

La Octava colina de Roma. Así llamaron los antiguos al monumental Teatro de Pompeyo (Theatrum Pompeium).

Ubicado en el corazón del Campo de Marte, fue el primer teatro permanente erigido en Roma, edificado entre los años 61 y 55 a.C.

Toma nombre de su promotor, el cónsul Cneo Pompeyo Magno, de ahí que también fuese llamado Theatrum Magnum.

El término Teatro procede del latín Theatrum, y éste del griego Theatron, derivado del verbo theaonai, que significa “contemplar”. Originalmente el término hacía referencia a la masa de espectadores, si bien, junto a este primer significado, también indicaba el espacio destinado a butacas de cualquier uso. No obstante, acabó designando el área o edificio destinado a espectáculos (representaciones), dejando fuera de este significado a otros edificios afines (como el circo o el odeón).

Pero antes de adentrarnos en describir el Teatro de Pompeyo, conviene conocer su devenir: el por qué, cuándo y cómo se llegó a su construcción.

 

LLEGADA DEL TEATRO A ROMA

El teatro fue introducido en Roma con motivo de la epidemia de peste que asoló la ciudad en el año 364 a.C. De ello dejó constancia el historiador latino Tito Livio (h/ 64 a.C.-17 d.C.) en su obra “Historia de Roma” (Libro VII):

 

“… para conseguir la paz de los dioses, hubo un “lectisternium” (suntuoso banquete público que, como rito expiatorio y propiciatorio, se ofrecía a los dioses para obtener su beneplácito). Y, como la virulencia de la enfermedad no se aliviaba ni con remedios humanos ni con la ayuda divina, dominadas las mentes por la superstición, entre otros recursos para aplacar la cólera divina se organizaron también unas representaciones teatrales; era una novedad para un pueblo guerrero, pues su único espectáculo había sido el circo…. Sin acción escenificadora de textos en verso, unos “ludiones”, traídos de Etruria, danzando al son de la flauta ejecutaban unos movimientos no carentes de gracia al estilo etrusco.

Comenzaron luego los jóvenes a imitarlos, a la vez que se intercambiaban chanzas en versos toscos, acompasando los gestos a las palabras. Recibió así la aceptación el espectáculo y, al ser practicado con frecuencia, cobró impulso”.

 

Así surgieron los que se conocieron en Roma como “ludi scaenici” (juegos escénicos). Y, en la misma obra, Livio añadió los motivos por lo que lo historió:

 

“para que quedase patente de qué sensato principio se llegó a esta insensatez de ahora, apenas soportable por los reinos más opulentos”.

 

Sería años más tarde cuando se dio unidad a las obras mediante un argumento. Y fue el poeta romano  Livio Andrónico (esclavo de origen griego) el primero en representar así sus propias obras en Roma (en 240 a.C.). Tras él, tragedias y comedias convivieron en estos espacios junto a mimos y danzas, entre pantomimas y atelanas (farsas romanas representadas con máscaras).

Como curiosidad, no está de más reseñar que, en 207 a.C., tras funestos prodigios acaecidos en Roma, los pontífices ordenaron a Andrónico componer un poema a Juno Regina. En su honor, el poema fue cantado por un coro de 27 vírgenes. Y fue tal el éxito logrado, incluido el feliz desenlace propiciatorio, que el Senado estableció el «colegio de escritores y actores» en el templo que la diosa Minerva tenía en el Aventino. Y desde entonces este templo se convirtió en centro religioso de los gremios de artes y oficios. Recordemos que Minerva (asimilada a la griega Atenea) era símbolo de ingenio e inteligencia. En Roma formaba parte de la Tríada Capitolina, y se la tenía por diosa de la Sabiduría y protectora de las todas las artes y oficios.

 

UN TEATRO PERMANENTE PARA ROMA

Por Valerio Máximo, escritor romano del siglo I, sabemos que hubo algún intento de construir en Roma un teatro permanente. Nos informa de ello en su obra “Factorum et dictorum memorabilium” (Hechos y dichos memorables):

 

“… En el año 155 a.C., los censores Valerio Mesala y Casio Longino acordaron construir un teatro de piedra en el Palatino; no obstante, cuando ya los trabajos se habían comenzado, un decreto del Senado, dado a propuesta del cónsul Publio Cornelio Escipión Nasica, ordenó la demolición de lo ya construido, así como que “nadie dentro de los muros de la ciudad, o a menos de mil pasos de ella, coloque asientos o contemple los juegos sentado”.

 

En Roma no hubo un edificio teatral permanente hasta que se construyó el Teatro de Pompeyo (55 a.C.), y no sin críticas. El historiador romano Tácito (Cayo Cornelio Tácito, h/ 55-117 d.C.), las recoge en su obra “Anales” (Libro XIV”). Y las refiere en referencia a los Juegos Quinquenales celebrados en el año 60 d.C., siendo cónsul el emperador Nerón. Además, añade cómo eran las representaciones anteriormente, en teatros provisionales con gradas de madera y escenarios temporales:

 

 “… De hecho algunos decían que también Cneo Pompeyo había sido criticado por los viejos por haber construido para el teatro una sede estable; pues anteriormente se solían hacer los juegos en tribunas improvisadas y en una escena levantada para la ocasión, y, remontándose a tiempos más antiguos, el pueblo había tenido que presenciar los espectáculos en pie, no fuera que, sentado, pasara los días en el teatro sin hacer nada”.

 

Y, acto seguido, pronosticaba:

 

“… las costumbres patrias, poco a poco erosionadas, quedarían radicalmente subvertidas por aquella licencia importada, de manera que todo lo que en lugar alguno pudiera corromperse o corromper se vería en la ciudad; la juventud degeneraría por las modas extranjeras dedicándose a los gimnasios, al ocio y a los torpes amoríos, y ello bajo la protección del príncipe y del senado, que no sólo habían dado licencia a los vicios, sino que hacían fuerza para que romanos ilustres, con el pretexto de discursos y poemas, se deshonraran en la escena”.

 

Sin embargo, en los párrafos siguientes justifica, e incluso alaba, la introducción de estas nuevas modas extranjeras:

 

“Tampoco los antepasados habían sentido aversión por el placer de los espectáculos … y que ningún romano bien nacido se había degenerado entregándose a las actividades teatrales”.

 

Y, en relación con el teatro permanente construido por Pompeyo, nos aclara a continuación:

 

“Además, se había mirado a la economía al establecer una sede permanente para el teatro, en lugar de levantarla y deshacerla cada año con enormes gastos. Y así, los magistrados ya no tendrían que arruinar su patrimonio familiar, ni el pueblo fundamento, para reclamar de los magistrados concursos a la griega, una vez que el estado se hacía cargo de tales gastos. Los triunfos de los oradores y poetas supondrían un estímulo para los ingenios …”.

 

POMPEYO «EL MAGNO»

Cneo Pompeyo Magno (Cneius Pompeius Magnus, 106–48 a.C.) nació en Roma el 29 de septiembre del año 106 a.C. Era hijo de una noble y rica familia oriunda de la ciudad de italiana de Piceno, junto a la costa adriática. Establecidos en Roma, su padre Cneo Pompeyo Estrabón llegó a ser Cónsul en 89. Por entonces, cuando contaba tan sólo con 17 años, ya militaba en los ejércitos de su padre. Y destacó por su frialdad y crueldad en el campo de batalla; tanto que se ganó el apodo de adolescente carnicero (el “adulescentulus carnifex”).

POMPEYO
Pompeyo

Vivió en una época convulsa, con una Roma en plena expansión pero con luchas intestinas. En la guerra civil entre Sila y Mario se unió al bando de Sila, aportando (en 84 a.C.), de sus propios recursos, tres legiones. Tras derrotar a los partidarios de Mario en 81 a.C., con campañas también en África  y Sicilia,  regresó a Roma. Por estas victorias Sila le concedió el título de “Magnus” (“el Grande”), que adoptó como cognomen y con el que ha pasado a la Historia.

Además, Sila le devolvió con creces los recursos aportados. Con ello aumentó considerablemente su fortuna, que además engrandeció en las sucesivas campañas que se le confiaron: anexionó los reinos de Armenia y Siria, y sometió Judea, pacificó Hispania y remató la rebelión de esclavos promovida por Espartaco. Además, en tres meses limpió de piratas toda la cuenca del Mediterráneo. Esta última campaña, que finalizó en  66 a.C., propició que, a su regreso, fuese saludado como el primer hombre de Roma: Primus inter pares (el “primero entre iguales”).

Con esto sobre sus hombros, y haciendo honor a su nombre, se convirtió en el hombre más popular e influyente de Roma.

En 61 a.C. retornó a Italia, licenciando su ejército. Pero, pese a entrar triunfalmente en Roma por tercera vez, el Senado le negó las tierras que reclamaba para sus veteranos. Ello hizo que buscara nuevas opciones para conseguir sus propósitos, aliándose con Julio César (con cuya hija Julia se casó) y con Marco Licinio Craso. Juntos formaron (en 60 a.C.) el “Primer Triunvirato”, indebidamente así llamado por carecer de forma jurídica, pues no fue reconocido por el Senado. Con todo, se repartieron el poder y las áreas de influencia de Roma: Julio César se hizo cargo de la Galia, Craso de las provincias orientales, y Pompeyo quedó en Roma, desde la que también administraba Hispania.

Por estos años inicio Pompeyo, antes de su fatal desenlace (en 48 a.C.), la construcción de su suntuoso teatro: el Teatro de Pompeyo.

Eligió para ello, lejos de otras edificaciones que pudieran hacerle sombra, el mejor solar disponible en Roma: el centro del Campo de Marte; entonces una vasta planicie destinada casi exclusivamente a ejercicios militares. Y lo edificó a semejanza del gran Teatro de Mitilene, del que quedó impresionado cuando visitó la isla griega de Lesbos (en 62). Pretendía con ello realzar su figura (como un nuevo “Alejandro Magno”) y dejar en Roma imperecedero testimonio de su impronta. Así lo refiere en su obra “Vida de Pompeyo” el historiador romano, de origen griego, Plutarco (Lucio Mestrio Plutarco, h/46-120).

TEATRO DE POMPEYO

Lo proyectado por Pompeyo no era tan sólo un simple teatro hecho de piedra. Su construcción, al contrario de los teatros griegos, era exenta. Es decir, fue el primer teatro de Roma que se erigió desde el suelo sin contar con las facilidades que ofrecía una ladera.

Era un enorme complejo que, además del propio teatro, incluía:

  • Un templo dedicado a la deidad personal de Pompeyo: el Templo de Venus Victoriosa (Venus Víctrix).
  • Un gran pórtico, conocido por Pórtico de Pompeyo (Porticus Pompeii).
  • Y un espacioso salón, conocido como la Curia de Pompeyo (Curia Pompeii), reservado a reuniones privadas. Estaba ubicado al fondo del pórtico (e insertado en él), en la parte opuesta al teatro.

Las obras, que comenzaron en 61 a.C., permitieron concluirlo en el año 55 a.C. El día de su inauguración, el pueblo quedó impresionado por el imponente despliegue escénico.

 

EL TEATRO

Pompeyo edificó un fabuloso teatro, de dimensiones colosales para la época:

  • La cávea, de unos 165 m. de diámetro, se asentaba sobre bóvedas de crucería sustentadas por muros dobles. Era un amplio graderío semicircular conformado con 27 filas superpuestas de asientos. Un ambulacrum de unos 3’85 m. de ancho permitía el acceso. Desde él, 6 vomitorios intercalados radialmente entre las gradas facilitaban la distribución del público, cuyo aforo se estima en unos 12.000 espectadores
  • la orquesta (orchestra), el espacio reservado a senadores, se disponía bajo la cávea, delimitado por un balteus (repisa). Ocupaba un espacio plano, semicircular e independiente, de unos 41’5 m. de diámetro.
Recreación Teatro de Pompeyo
Recreación del Teatro de Pompeyo
  • El frente escénico, de unos 90 m. de ancho y 37 m. de altura, era imponente. Estaba estructurado en tres órdenes superpuestos de columnas acanaladas (de granito gris en el primer orden y de mármol blanco las demás).

 

Todo él estaba profusamente decorado con magníficas estatuas, posiblemente con un ciclo escultórico de Apolo y las Musas. Algunas de ellas, en mármol pantélico y de 5 m. de altura, decoran actualmente el patio del actual Palazzo Borghese (Piazza Borghese, 9).

Estaba rematado con un “tornavoz”, un gran dosel superior cuya función era recoger la acústica y proyectarla hacia el público.

 

  • La fachada exterior del teatro, de orden jónico, contaba con 44 arcos (22 a cada lado del eje central). Éstos se abrían en los muros exteriores, de unos 2’60 m. de grosor, y con idéntica luz.

 

Además, según se desprende por los orificios de los bloques pétreos hallados de lo alto de la cávea, disponía de velarium. A modo de techado, era un toldo formado por segmentos triangulares de fino lino, generalmente de color púrpura. Se sujetaba a una línea de postes dispuestos en lo alto de la cávea, en su perímetro externo. Una vasta red de sogas se deslizaban por las anillas dispuestas en él, tensándolo o recogiéndolo. Su función, además de proteger del sol y mitigar la lluvia ligera, era también la de favorecer la acústica, evitando el eco y reforzando las ondas sonoras.

velarium TEATRO DE POMPEYO

Al teatro se accedía por sendas puertas dispuestas, flanqueando la Curia de Pompeyo. Así el visitante era obligado, hasta llegar a la cávea, a transitar contemplando la inmensa construcción.

 

EL TEMPLO DE VENUS VICTRIX

Por las exitosas campañas de las que salió triunfador, Pompeyo dedicó un templo en el mismo teatro a la diosa Venus Victrix. Era su diosa particular, la “portadora de la Victoria” (una versión armada de la griega Afrodita). Su principal festividad, la Veneralia, se celebraba el 1 de Abril, mes a ella consagrado y al que dio nombre en el antiguo calendario romano.

El templo estaba emplazado en el interior del teatro, en lo alto de la cávea y por la que tenía su acceso. Esta disposición sirvió como pretexto para eludir la prohibición de construir teatros de piedra. Pompeyo hizo ver, inicialmente, que las gradas eran tan sólo las escaleras para acceder al templo. Así pudo avanzar la construcción hasta su conclusión, sin oposición alguna. Máxime porque cuando se finalizó la obra no hubo quien se enfrentase al encumbrado Pompeyo.

TEATRO POMPEYO TEMPLO DE VENUS VICTRIX

Además, la diosa Venus era muy considerada por los romanos, quienes la identificaban con la misma Roma. No es de extrañar, pues la mítica fundación de la ciudad (a través de Eneas, hijo de Venus, y de Marte, padre de Rómulo), reafirmaban los orígenes divinos del pueblo romano.

En su interior, el espacio central estaba reservado a Venus Victrix. En sus flancos había sendos habitáculos dedicados a las divinidades Honus et Virtus, y Felicitas. Y posiblemente algún espacio donde se depositarían los exvotos que se ofrendaban a estas divinidades.

 

EL PÓRTICO POMPEYANO

El Pórtico Pompeyano (Porticus Pompeii) estaba ubicado tras la escena del teatro. Su construcción no se completó hasta el 62 a.C., y servía de recogimiento a los espectadores ante las inclemencias del tiempo. Era un enorme cuadripórtico, repleto de columnas de granito y con un patio interior ajardinado de unos 185×135 m. De ahí que fuese llamado Hecatostylon: el “Pórtico de las Cien Columnas”.

PLANO TEATRO DE POMPEYO
Plano del Teatro de Pompeyo

Las gentes de la época decían de él que era un verdadero vergel. Al parecer estaba ornamentado con jardines y fuentes, entre maravillosas estatuas de artistas griegos traídas por Pompeyo de sus campañas. Se dice de éstas que habían sido personalmente seleccionadas por Ático (Tito Pomponio Ático, 109-32 a.C.), el ilustre escritor y erudito romano, íntimo de Cicerón y amigo de Pompeyo.

Entre éstas, con mero afán propagandístico, 14 estatuas más representaban otras tantas “naciones” conquistadas por Pompeyo. Dos de ellas aún se conservan, una en el Museo de Nápoles y otra en el de París (Louvre). Además, de los muros interiores colgaban espléndidas pinturas, también procedentes de las campañas de Pompeyo.

También allí se colocó (14 d.C.) una estatua del que fuera Prefecto del Pretorio, Sejano (Lucio Elio Sejano, 20 a.C.-31 d.C.). La hizo erigir el emperador Tiberio, en atención al celo demostrado ante un incendio, que por su esfuerzo y vigilancia afectó tan sólo a este edificio.

 

HASTA NUESTROS DÍAS

A lo largo de los años padeció varias reformas y reconstrucciones, la mayoría a causa de incendios.

Un incendio fortuito, acaecido alrededor del año 17 o 18 d.C., lo arrasó completamente. Augusto lo renovó enteramente, pues nadie de la familia pompeyana estaba en capacidad de hacerlo. El emperador lo recubrió enteramente de mármol (las gradas se cubrieron con mármol de Luni). Entonces se renombró Teatrum Augustum Pompeianum, y también, popularmente, Theatrum Marmoreum (Teatro Marmóreo).

Otro incendio le afectó hacia el año 22 d.C. Fue restaurado por Tiberio y Calígula y nuevamente reinaugurado por Claudio.

La escena resultó completamente destruida en el desastroso incendio (duró 3 días y 3 noches) que asoló Roma en el año 80 d.C. Posteriormente se reconstruyó en tiempos de Domiciano.

De la última reconstrucción que se tiene noticia está referida a los años 507 y 511. Al parecer el Teatro de Pompeyo resultó seriamente dañado tras la invasión ostrogoda de Roma. Luego, tras las destructivas guerras góticas que asolaron Roma (del 535 al 554), poco a poco fue cayendo en desuso. La población decayó drásticamente (a unos 30.000 habitantes), y no hubo necesidad de reconstruirlo más.

Por si esto fuese poco, la Iglesia no estaba entonces por la labor. Se sabe que los autores cristianos lo consideraban como un centro de perdición. Tanto es así, que Tertuliano (Quinto Septimio Florente Tertuliano, h/ 160-220), Padre de la Iglesia, lo definió como “el palacio de todos los escándalos

Sus mármoles y piedras, que resistieron hasta bien entrado el siglo IX d.C., fueron poco a poco expoliados. A partir de entonces el Teatro de Pompeyo sirvió de cantera para nuevas construcciones.

Los escasos restos que de él perduran se hallan bajo los suelos de los edificios de la zona, levantados sobre sus cimientos. En su continuidad urbana aún pueden apreciarse las dimensiones que tuvo el teatro de Pompeyo. Siguen exactamente su diseño, constatable al recorrer el área: entre Largo di Torre Argentina y Campo di Fiori (eje Este-Oeste) y entre vía del Sudario y via di Santa Anna (eje Norte-Sur).

Recorriendo la zona, merecen reseñarse los siguientes puntos:

  • Palazzo della Cancelleria (Piazza della Cancelleria, 1). El mármol travertino que recubre su fachada procede de las ruinas de este teatro.
  • El Palazzo Pío (Via del Biscione, 1) y la Iglesia de Santa Barbara dei Librai (Largo dei Librari, s/n.) se construyeron sobre las ruinas de la cávea. Su curvatura aún es reconocible en la Via di Grottapinta (interior), y entre las Vias del Biscione y dei Giubbonari (exterior).
  • Una parte de la cávea es aún visible en los pasillos del actual Hotel Lunetta (Piazza del Paradiso, 68). También pueden encontrarse en algunas tiendas de la Via dei Giubbonari.
  • La actual Via dei Chiavari se corresponde exactamente con el límite entre la escena del teatro y el Pórtico de Pompeyo.
  • Algunas de las columnas que lo ornamentaron pueden verse en las Basílicas: Sant’Andrea della Valle (Corso Vittorio Emanuele II) y San Lorenzo in Damaso (Piazza della Cancelleria, 1).
  • El Passeto del Biscione (Passetto del Biscione, 91-99) es un pasadizo que conectaba el Teatro de Pompeyo con el exterior.
  • Los sótanos del restaurante Da Pancrazio (Piazza del Biscione, 92) aún albergan las cuñas que sustentaron el graderío.

Algunos restos más, mayormente de muros y arcos del Pórtico, se hallan diseminados por los sótanos de los edificios aledaños. Entre otros, en: Restaurante Grotte del Teatro di Pompeo (Via del Biscione, 73-74). Hostaria Costanza (Piazza del Paradiso, 65). Hotel Teatro di Pompeo (Largo del Pallaro, 8). Y en el garaje interior del Hotel Sole (Via del Biscione, 76).

TEATRO DE POMPEYO

El enorme complejo teatral construido por Pompeyo marcó un hito en la cultura romana. Su diseño fue copiado durante siglos por todo el Imperio. En Roma le secundaron el Teatro Balbo (hoy Cripta Balbi, Via delle Bothege Oscure, 31), construido en 13 a.C., y el Teatro Marcelo (Via del Teatro di Marcello), en 17 a.C. Y, pese que todos se inspiraron en su diseño, ninguno ni nadie llegó a superarlo.

Pese a que hoy no podemos contemplarlo en todo su esplendor, el Teatro de Pompeyo merece todo un homenaje. Desde aquí un emotivo recuerdo y estas letras para que el tiempo no destruya la esencia de tan insigne obra. Otra más que aún perdura, inevitablemente diseminada y soterrada, en nuestra Infinita Roma.

 

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