EL PALATINO
El monte Palatino es, junto con el Aventino, Capitolino, Celio, Esquilino, Quirinal y Viminal, una de las siete colinas de la antigua Roma. Su emplazamiento actual se eleva unos 51 m. sobre el nivel del mar (unos 32 m., sobre la Roma moderna).
Las ruinas que hoy vemos dispersas por él se corresponden con las últimas construcciones de época Imperial. De ese lamentable estado dejó constancia escrita el ilustre poeta español Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). En su obra “El Parnaso español” (1648) incluyó este magnífico y descriptivo soneto, titulado “A Roma, sepultada en ruinas”:
Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son la que ostentó medallas,
y, tumba de sí propio, el Aventino.Yace, donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo las medallas,
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya, sepultura
la llora con funesto son doliente.¡Oh, Roma! en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.
Sin embargo, para conocer y valorar adecuadamente lo que estos suelos atesoran, conviene conocer, aunque sea escuetamente, su singular evolución.

PRIMEROS ASENTAMIENTOS
Este fue el lugar de asentamiento originario de los primeros pobladores, quienes, en plena Edad de Hierro (siglos XIII al V a.C.), fundaron en él la primitiva Roma. Según los antiguos historiadores, sobre el 1243 a.C., unos 60 años antes de la famosa guerra de Troya, una expedición procedente de la ciudad griega de Palancio (Pallantion, en la Arcadia) llegó a esta parte de Italia. Comandaba la colonia un tal Evandro, al parecer hijo del dios Hermes y de la ninfa Carmenta.
Al llegar a esta zona, Fauno, el rey de los aborígenes, los acogió amistosamente, permitiéndoles asentarse donde quisieran y ofreciéndoles también cuanta tierra desearan. Los griegos, aconsejados por la madre de Evandro, Carmenta, que poseía dones proféticos, escogieron esta colina, próxima al Tíber. En ella edificaron una pequeña aldea a la que, en recuerdo de su ciudad de origen, pusieron el nombre de Palateo, luego llamada Palatium (Palacio) por los romanos.
Otros, sin embargo, refieren que el nombre de Palatino proviene de Palante, un joven que murió allí, hijo de Hércules y de Lavinia, la hija del mencionado Evandro. Y que su abuelo materno, a la muerte del joven, le erigió un túmulo en esta colina, llamando al lugar, por su nieto, Palanteo.
No obstante, la leyenda tradicional fija la fundación de Roma el 21 de abril del 753 a.C., atribuyéndola a su primer rey, Rómulo, quien la gobernó entre del 753 al 716 a.C. Él mismo labró el surco sagrado (pomerium) con que marcó el perímetro de la nueva urbe, originariamente llamada Roma Romuli. Sin embargo, al estar trazado su recinto en torno a esta colina, siendo ésta cuadrada, la ciudad se renombró como Roma Quadrata.
Sea como fuere, de esa dualidad fundacional tomaron nombre las dos lomas que conforman la colina Palatina: el Germalus, o “cerro de los gemelos” (al Norte) y el Palatio, o “cerro de Pales” (al Sur).

Lo que sí queda claro es que sus primeros pobladores se establecieron en rústicas cabañas. De ellas, construidas con paredes de piedra y vigas de madera, cubiertas con techumbre de ramas entrelazadas, aún perdura algún vestigio. Para hacernos una idea de cómo fueron estos primitivos asentamientos, nada mejor que visitar las diferentes maquetas que los recrean en el Museo Palatino, ubicado allí mismo. En él encontraremos, además, multitud de hallazgos procedentes de las excavaciones realizadas en esta colina.
EL SURGIMIENTO DE LA URBE
Pronto aumentó su población, sin duda por su posición estratégica, dominando la cercana Isla Tiberina, donde existía el único vado que permitía cruzar el río. A ello contribuyó la posterior construcción del Puerto Tiberino, que favoreció notablemente el intercambio y el comercio. E, ineludiblemente, ese progresivo incremento poblacional conllevó la expansión territorial de la urbe, que se extendió a las colinas adyacentes.
Todo ello propició que el Palatino, en sí, se transformase en un área privilegiada: allí había vivido el primer rey de Roma, y los más ilustres personajes de la antigüedad quisieron también tener allí su morada. La misma religión romana contribuyó a magnificar aún más la zona, al emplazarse en él altares, santuarios e insignes templos. De entre todos ellos destacan, por su sacra presencia, el Templo de la Victoria (dedicado en 294 a.C.) y el Templo de Magna Mater (o de Cibeles, dedicado en 191 a.C.).
Por ello, no es de extrañar que éste fuese el lugar elegido por las familias más nobles para edificar su vivienda. Máxime, además, por su cercanía al mismo Foro Romano, donde se encontraban la Curia (donde se reunía el Senado para sus deliberaciones), el Comitium (donde se celebraban las asambleas populares) y los Rostra (tribunas de oradores). Entre los más ilustres romanos, aquí residieron personajes tan insignes como: los hermanos Graco, Craso, Sergio Catilina, los Cicerón (Quinto y Marco), Clodio, Emilio Escauro, Marco Antonio, Agripa, Valerio Mesala, Hortensio, Livia, Druso y su hermano Tiberio, Germánico, etc.

Sin embargo, a partir del siglo I a.C., al establecer allí su residencia el primer emperador de Roma, Augusto, el Palatino se convertiría en una zona aún más exclusiva. Las residencias particulares pasaron progresivamente a conformar o engrosar las de los sucesivos emperadores, quienes, siguiendo el ejemplo de Augusto, llegaron a ocupar toda la colina. Prueba de ello es que sus propias residencias (domus) acabarían denominándose Palatium (Palacio), tomando el nombre de la misma colina en que se asentaban.
Así, todo el área Palatina se pobló gradualmente con sus imponentes edificaciones palaciegas. Hoy, tras los incendios, terremotos, saqueos y expolios sucedidos a lo largo del tiempo, apenas quedan vestigios de ellas. No obstante, sus elocuentes ruinas dan testimonio de la magnificencia allí obrada durante siglos.
ESTABLECIMIENTO DE LOS PALACIOS IMPERIALES
Efectivamente, con la instauración del Imperio, el Palatino fue la zona elegida por Augusto (emperador del 27 a.C. al 14 d.C.), para establecer su residencia. Augusto había nacido aquí, en la domus paterna ubicada en el mismo Palatino, en un lugar nombrado “ad Capita bubula” (las Cabezas de bueyes), hoy de localización incierta. Y aquí, tras ser nombrado “Segundo Fundador de Roma, edificó su residencia. Por supuesto, en pretendida vecindad con la primitiva “cabaña de Rómulo”, nombrada también Tugurium Faustuli por el pastor (Faustulus) que lo crió.
Ocupaba un extenso solar comunicado con la Casa de Livia, su esposa, cuyos restos, visitables, aún permiten apreciar parte de sus estructuras y refinadas decoraciones. La domus privada de Augusto incorporaba también una imponente zona oficial palaciega, la llamada Domus Augusti. Ésta incluía, además, un Templo dedicado a Apolo (consagrado en 28 a.C.), un grandioso pórtico (Pórtico de las Danaides) y dos magníficas Bibliotecas (griega y latina).
Su sucesor, Tiberio (emperador del 14 al 37 d.C.), también nacido en el Palatino, amplió la casa paterna en que nació para establecer en ella su propia residencia. Por él fue llamada Domus Tiberiana, una lujosa residencia con espectaculares fuentes y jardines decorados con estatuas y altares. Contaba, además, con una fastuosa Biblioteca donde se custodiaban los registros estatales, perdidos tras el incendio de Cómodo (en 191). Y disponía de innumerables pasadizos de servicio que conectaban discretamente las diferentes áreas palaciegas.

Ocupó posteriormente la Domus Tiberiana su sucesor y sobrino Calígula (emperador del 37 al 41 d.C.).Y, tras ampliarla y reformarla, pasó a conocerse como Domus Gai. Es más, para dotarla de una monumental entrada, la prolongó hasta el mismo Foro, transformando el Templo de Cástor y Pólux en su particular vestíbulo (Atrium Gai). Precisamente en uno de esos pasadizos que construyera Tiberio halló la muerte: el Criptopórtico Neroniano.
Tras la muerte de Calígula, su tío y sucesor, Claudio (emperador del 41 al 54 d.C.), se instaló en ella. Luego Nerón (emperador del 54 al 68 d.C.) la reestructruró íntegramente, pasando a llamarse Domus Transitoria. Sin embargo, el fatídico incendio del año 64 d.C. la destruyó casi completamente. Ello propició la edificación de su célebre Domus Áurea, que el emperador hizo construir fuera de esta área palatina, en el Esquilino. Y, para abastecer el lago y las numerosas fuentes con que la ornamentó, hizo llevar hasta el Celio un ramal del acueducto Acqua Claudia.
Muerto Nerón, la Domus Aurea fue ocupada eventualmente por quienes le sucedieron. Con todo, gran parte de ella fue destruida por los flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano). Domiciano (emperador del 81 al 96 d.C.), retornó a instalarse en el Palatino, edificando su residencia sobre los restos de la Domus Transitoria y de otras viviendas republicanas colindantes. Fue el complejo palaciego más opulento de cuantos hubo en el Palatino, conformado por dos imponentes edificaciones: la Domus Flavia y la Domus Augustana.
La Domus Augustana era la residencia familiar y privada del emperador, dispuesta en dos niveles:
- El nivel superior lo ocupaban numerosas estancias, articuladas en torno a una amplio peristilo ajardinado. De ellas, la llamada Sala Elíptica destaca por el mármol africano con que estaba pavimentada, aún apreciable.

- El nivel inferior, no visitable, disponía de multitud de habitáculos de servicio y caballerizas. Alejandro Severo lo prolongó hasta el Circo Máximo, donde construyó un magnífico pulvinar para presidir los espectáculos que en él se celebraban. A él también se debe la ampliación del lateral Sur palaciego, donde, junto a la antigua Via Apia, hizo construir el famoso Septizodium.
Contaba, además, con un exclusivo complejo Termal palaciego. Domiciano lo hizo abastecer desviando, desde el cercano Celio, un ramal del empleado por Nerón para abastecer su Domus Áurea. Parte de sus imponentes arcadas, del hoy llamado Acueducto de Nerón, aún pueden verse entrando al Palatino por Via di San Gregorio. El complejo termal fue reconstruido posteriormente por Alejandro Severo, y por él son nombradas Termas Severianas.

Sin suda, la edificación más peculiar de la Domus Augustana es el llamado Estadio Palatino (Stadium Palatinum). Éste, ubicado en el nivel inferior, es un espacio ajardinado de uso exclusivo recreativo de la familia imperial. En realidad es un hipódromo (hippodromus), de unos 160 m. de largo y 48 de ancho, cuyo extremo Sur es semicircular. Todo él estaba porticado y decorado con semicolumnas de lujosos mármoles. Una gran exedra, construida a modo de palco imperial en el centro del lado oriental, dominaba todo el ambiente inferior, ornamentado con una hermosa fuente-ninfeo emplazada en el extremo Norte.
La Domus Flavia (Domus Flaviorum) fue la zona palaciega de representación oficial. Sus diferentes estancias confluían en un lujoso peristilo (patio interior porticado), presidido por una gran fuente octogonal. Entre sus dependencias, muchas pavimentadas con hermosos mosaicos de temas mitológicos, se encontraban:
- Una enorme Basílica de tres naves, delimitadas por dos filas de columnas, que se presupone era donde el emperador se reunía con sus consejeros.
- El Aula Regia, previsiblemente dispuesta para recepciones oficiales. Era una gran sala rectangular (de unos 1.280 m2. y 30 m. de altura) rematada con un ábside semicircular en el que, supuestamente, sobre un elevado podio, se hallaba el trono del emperador. Toda ella estaba decorada con lujosos mármoles y exquisitos frisos de motivos militares. Además, colosales estatuas (Júpiter, Hércules, Baco, …) engalanaban sus paredes, dispuestas en ocho nichos en torno a la estancia.
- Un gran salón de banquetes, conocido como Coenatio Iovis, ornamentado con columnas de exóticos mármoles y ambientado en dos de sus extremos con el fluir del agua en lujosas fuentes ovaladas. Aún pueden contemplarse los exquisitos mármoles con que se decoró su pavimento, doble, pues estaba calefactado.
- La Casa de los Grifos es una lujosa vivienda aristocrática del siglo II d.C., en dos niveles, que ha permanecido oculta bajo la domus imperial. Toma ese nombre de dos grifos que la decoran: seres mitológicos, mitad águila y mitad león. Toda ella está engalanada con vivos frescos multicolores y lujosos mosaicos. Por motivos de seguridad, acceso y conservación, no es visitable. No obstante, es posible visualizar su interior en tiempo real, por streaming (los martes en visita guiada, y a partir de marzo de 2026).
- El Aula Isiaca, una lujosa estancia subterránea hallada en 1912 bajo la Basílica, llamada así por su exclusiva decoración nilótica. Formaba parte de una domus tardorrepublicana que se presume perteneció a Marco Antonio, y que, a su muerte, pasó a ser propiedad de Agripa y luego de Augusto. Mantenida en época flavia, probablemente se usó para solventar asuntos judiciales, presididos por el emperador. No es visitable, si bien, parte de sus magníficas decoraciones han sido reproducidas en una sala exterior, hoy conocida como Loggia Mattei.

Para conectar el Foro con la zona Palaciega, el emperador hizo construir la que aún se conoce como Rampa de Domiciano. Es un monumental pasaje abovedado, en algunos tramos de hasta 12 m. de altura, que conduce desde el Foro hasta lo alto del Palatino, 35 m. más arriba.
Con la llegada del cristianismo, la gran sala que servía de vestíbulo en la citada rampa fue transformada en iglesia. Luego, en el siglo VIII, se convirtió en el Oratorio de los Cuarenta Mártires, nombrado así por las pinturas que lo decoraban. Ensalzaban éstas la devoción de los jóvenes soldados romanos que, en el año 320, por mantenerse en su fe cristiana, fueron martirizados a morir en las heladas aguas de un lago en Sebaste (Armenia, Turquía). Formaban parte de la Legión XII, conocida como “Fulminata” (Relámpago), y perecieron el 9 de marzo del año 320, durante las persecuciones cristianas decretadas por Licinio (emperador del 308 al 324 d.C.).
Junto a ella, a principios del siglo XX salió a la luz la iglesia de Santa María Antiqua, asentada sobre la ampliación hecha por Calígula de la antigua Domus Tiberiana. La iglesia, del siglo VI, fue abandonada tras un gran terremoto acaecido en el año 847. Luego, el solar en que se asentaba se utilizó esporádicamente como cementerio, y durante siglos permaneció en el olvido. Hoy, tras ser restaurada, aún son apreciables sus decoraciones bizantinas, dispuestas en palimpsesto (superpuestas). Son verdaderas reliquias, pues muestran un único y exclusivo ciclo pictórico del primer milenio cristiano.

Todos estos restos descritos de época domicianea son las estructuras mejor conservadas del Palatino. No obstante, gran parte de ellas corresponden a reformas y ampliaciones posteriores, mayormente a las realizadas por Alejandro Severo (emperador del 222 al 235), que por él pasaron a llamarse Domus Severiana.
EL OCASO DEL PALATINO
Como hemos visto, el monte Palatino ha sido continuamente transformado con ingentes edificaciones y usos. Tanto es así que, desde su primigenia ocupación, sus estructuras abarcan hasta seis niveles de ocupación superpuestos. Con todo, su destino quedó marcado cuando Constantino (emperador del 306 al 337) trasladó la capitalidad del Imperio a Bizancio (Constantinopla). La colina Palatina, hasta entonces sede del poder de Roma, perdió su razón de ser, lo que propició su progresiva decadencia. A ello contribuyeron los continuos asedios que los godos ejercieron sobre la urbe. En particular, los de las tropas comandadas por Totila (o Baduila, “el inmortal”, rey de los ostrogodos del 541 al 552), que, entre los años 544 y 546, destruyeron los acueductos que la abastecían.
Pese a lo anterior, el Palatino se recuperó levemente en el siglo VIII, cuando Juan VII (Papa del 705 al 707) hizo de la antigua Domus Tiberiana su residencia Papal. Sus más inmediatos sucesores también se establecieron allí, hasta que finalmente pudieron retornar al Palacio Laterano, que había sido devastado.
Desde entonces, el abandono del Palatino fue ya inevitable, sobre todo tras el gran terremoto del año 847, que provocó la ruina de la mayor parte de las edificaciones. De ahí que las construcciones paganas, sin interés para el mundo cristiano de entonces, quedasen abandonadas a su suerte. Algunos templos, reutilizados como templos cristianos, sobrevivieron; pero la mayor parte cayeron en el olvido. Y las estatuas de los templos paganos, retiradas de sus altares, fueron reubicadas como meras decoraciones: aún hoy las podemos ver ornamentando las principales vías, plazas y jardines de la ciudad.
Llegado el siglo X, todo el solar Palatino estaba ya prácticamente abandonado y en ruinas. Los materiales que pudieron aprovecharse, como ya sucediera al principio de su decadencia, fueron expoliados y reutilizados en nuevas construcciones. Lo poco que quedó incólume fue arrasado en el fatídico saqueo de 1.084, comandado por el normando Roberto Guiscardo (c. 1015-1085). Sus tropas, más de 36.000 normandos y sarracenos, tras saquear Roma durante tres días, la incendiaron, sin que el fuego respetase edificación alguna..
El Palatino se convirtió, desde entonces, en un simple solar, a merced de las familias aristocráticas más poderosas de Roma. Aquí se asentaron, construyendo sobre las arcaicas edificaciones, pugnando por hacerse con el control social y político de Roma, en permanente lucha contra el poder eclesiástico. Así, en el siglo XI, los Frangipane se adueñaron de la colina Palatina, amurallándola y convirtiéndola en una auténtica fortaleza.
Otro fatídico terremoto la devastó nuevamente en 1231. Y durante los siglos siguientes quedó nuevamente abandonada, utilizada como inagotable cantera de materiales de construcción. En la Edad Moderna otras nobles estirpes romanas se hicieron con estos espacios, convirtiéndolos en huertas y villas de recreo para esparcimiento propio. Surgieron así nuevas parcelas como Vigna (Viña) Nusiner, Villa Mills, Vigna Butirroni, Vigna del Colegio Inglés, Vigna Benfratelli, Villa Spada, etc., de las que apenas queda rastro. Dos de ellas, que han llegado hasta nuestros días, merecen especial atención: la Vigna Barberini (Viña Barberini) y los llamados Horti Farnesiani (Jardines de Farnesio).
LA VIÑA BARBERINI (Vigna Barberini)
Como vimos, la zona Noroeste del Palatino estuvo ocupada por lujosas domus aristocráticas. Tras el incendio del 64 d.C., Nerón las incluyó en su lujosa propiedad imperial, la Domus Aurea, transformando el terreno en un magnífico jardín con suntuosos pabellones. Uno de ellos, hoy ruinas de un torreón de unos 60 m. de diámetro, se presume fuese el emplazamiento del famoso Coenatio rotunda: el fastuoso comedor panorámico giratorio de Nerón. Con todo, pese a indicarse así en algunas guías turísticas, no deja de ser más que mera hipótesis, pendiente aún de confirmación.
Allí erigió luego Domiciano un templo que dedicó a Júpiter, rodeándolo con espléndidos jardines escalonados de estilo oriental: los llamados Horti Adonaea (Jardines de Adonis). Posteriormente, en uno de los extremos de esta zona, Heliogábalo (emperador del 218 al 222) edificó un complejo termal, por él llamadas Termas de Heliogábalo. Y renovó el mencionado Templo de Júpiter, rededicándolo a sí mismo y a Sol Invictus. Fue el famoso Templo de Heliogábalo, posteriormente remodelado por Alejandro Severo, quien lo reconsagró nuevamente a Iupiter Ultor (Júpiter Vengador).
Con el tiempo, toda esta zona resultó también devastada y, tras reutilizarse como cementerio y jardín, pasó a dedicarse a labores rústicas. En el siglo IX se erigió allí la iglesia de Santa María in Pallara, con un convento anexo. Llegado el siglo XVII, la familia Barberini, a la que pertenecía Urbano VIII (el florentino Maffeo Barberini, Papa entre 1623 y 1644), adquirió los terrenos, aprovechándolos para plantar viñedos. Éstos, además, reconstruyeron la iglesia en 1631, reconsagrándola entonces a San Sebastián, martirizado precisamente en la escalinata del Templo de Heliogábalo referido.
Este extremo del Palatino, situado hoy entre las iglesias de San Buenaventura y San Sebastián, sigue conociendose como Viña Barberini. De las antiguas construcciones que allí hubo apenas se vislumbran sus cimientos. Y lo que su subsuelo atesora está aún pendiente de excavación y estudio.

LOS JARDINES FARNESIO (Horti Farnesiani)
El solar que en su día ocupó la domus Tiberiana fue adquirido, entre 1537-1628, por el cardenal Alejandro Farnesio (Alessandro Farnese, 1520-1589), humanista y gran mecenas de las artes. Éste, nieto de Pablo III (el italiano Alessandro Farnese, Papa de 1534 a 1549), adquirió los terrenos para el solaz familiar. Y encomendó su construcción al arquitecto familiar, el modenés conocido como “Il Vignola” (Jacopo Barozzi, 1507-1573).
Las obras se iniciaron en 1565, si bien no concluirían hasta finales del siglo XVII. El resultado fue un esplendoroso jardín renacentista, estratificado en cuatro niveles y abastecido, desde 1587, por el acueducto Aqua Felice. En conjunto, era un exuberante y exclusivo jardín botánico, al que se accedía desde el antiguo Foro Romano, a través de rampas y escaleras.
Diseñado para disfrutar tanto de la naturaleza y el arte como de la belleza y el ocio, contaba con numerosas plantas exóticas, algunas de ellas traídas de la recién descubierta América. Numerosas veredas recorrían su interior, en el que se intercalaban, ambientando sus espacios, multitud de fuentes y esculturas, amén de otras espectaculares estructuras. Entre ellas, por su singular belleza, destacan las siguientes:
- El espectacular Ninfeo de los Espejos (Ninfeo Degli Specchi), incrustado, simulando una gruta, en uno de los muros exteriores (próximo al Criptopórtico Neroniano). Era una deslumbrante fuente semicircular decorada con estatuas de sátiros y espejos, de donde tomó el nombre.
- El singular Ninfeo de la Lluvia (Ninfeo de la Pioggia), dispuesto en la rampa de acceso y ornamentado con preciosos frescos y estatuas.

- El monumental Teatro del Fontanone, emplazado sobre el anterior, en un espacio aterrazado y engalanado con una majestuosa fuente, nichos y estatuas.

- Dos Pajareras (Uccelliere), dispuestas en el último nivel en sendos pabellones unidos por una terraza panorámica. En ellas, protegiendo su vuelo por alambradas, se exhibían insólitas aves multicolores, algunas procedentes también del continente americano.
- El Viridarium Palatinum (Verdor Palatino), un moderno y exclusivo jardín botánico diseñado en 1917 por el arqueólogo y arquitecto veneciano Giacomo Boni (1859-1925). Con él pretendió recuperar parte de los desaparecidos Horti Farnesiani. Inicialmente lo recreó con la llamada “Flora Virgiliana”, las plantas más apreciadas por los antiguos. Sin embargo, a mediados del pasado siglo fueron reemplazadas con peculiares variedades de rosales (replantados en 2018), en armoniosa competencia con el Rosseto Comunale. Como curiosidad, su creador, entonces Director de los Monumentos de Roma, se encuentra sepultado en el centro de este vergel.
LA RECUPERACIÓN DEL PALATINO
Con el ineludible paso del tiempo, todo el Palatino acabó cubierto bajo un impenetrable manto de vegetación y ruinas. Comenzaría a resurgir en 1861, cuando lo adquirió Napoleón III (1808-1873), un verdadero apasionado por el mundo clásico. Así, encomendó al arqueólogo y topógrafo romano Pietro Rosa (1810-1891) iniciar las excavaciones arqueológicas para sacar a la luz el glorioso pasado allí sepultado. Pocos años más tarde, en 1870, el Gobierno italiano consiguió hacerse con la propiedad. Y, desde entonces, otros renombrados arqueólogos (Rodolfo Lanciani, Giacomo Boni, etc.) han proseguido encomiablemente su tarea.
Hoy, gracias a esta continua labor de recuperación y restauración, podemos apreciar y disfrutar de tan excepcional paraje. Y debemos tener siempre presente que aquí, en el monte Palatino, surgió el fastuoso Imperio que gobernó nuestra Infinita Roma.
BIBLIOGRAFÍA
Para documentar esta página se han consultado, entre otras, las siguientes fuentes:
- “Diccionario de la Lengua Española”
- “ROMA, la ciudad del Tíber” (2015), de Pilar González Serrano, doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid.
- “Nuovo Museo del Foro Romano”, del Parque Arqueológico del Coliseo.
- “TRECANI”, Enciclopedia italiana.
- “El Templo de Cástor y Pólux y la Fuente de Juturna” (2024), Cuaderno didáctico del Parque Arqueológico del Coliseo.
- “Guía arqueológica de Roma” (Electa, 2022), de PARCO (Parque Arqueológico del Coliseo).
- “Historia de Roma desde su fundación” (Libros II, VIII y IX), del historiador latino Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.).
- “Las ruinas y excavaciones de la Antigua Roma” (1897), del arqueólogo romano Rodolfo Lanciani (1845-1929).
- “Nueva Enciclopedia Larousse” (1981), Editorial Planeta.
- “La Coenatio Rotunda neroniana y otros vestigios en el sitio del viñedo Barberini en el Palatino” (2011), de la arqueóloga francesa Françoise Villedieu.
- “Palatino, Vigna Barberini. I resti di costruzioni e le attestazioni materiali più antiche” (2009), de Claudia Giontella y Françoise Villedieu.
- “Accurata e succinta descrizione topografica delle antichità di Roma” (Parte I, 1824), del abad italiano Ridolfino Venuti Cortone (1705-1763), Comisario de Antigüedades de Roma y custodio de las Galerías Pontificias.
- “El Parnaso español, o las Nueve Musas” (1648), del insigne escritor y poeta español Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645).
- “Historia antigua de Roma” (Libro I), del historiador griego Dionisio de Halicarnaso (c. 60-7 a.C.).
- “ROMA ANTIGUA: Un manual sobre las ruinas de la ciudad y la Campania” (2008), del arqueólogo inglés Robert Burn (1829-1904).
- “EL PALATINO. La formación de los palacios imperiales en Roma” (2005), del arqueólogo español Ricardo Mar Medina.
- “Vidas de los doce césares” (Libros I, III, IV y VI), del historiador y biógrafo romano Suetonio (Cayo Suetonio Tranquilo, c. 69-140).
- “Parque Arqueológico del Coliseo” (Ministerio de Cultura italiano).


