Puerto Tiberino
ROMA ARCAICA

PUERTO TIBERINO

Situado en el margen izquierdo del río Tíber, el Puerto Tiberino (Portus Tiberinus) fue el primer puerto fluvial de la antigua Roma, y debe su nombre al río en que se ubica.

Etimológicamente, el vocablo Tíber procede del etrusco arcaico “rumon” o “rumen” (cuya raíz deriva de ruo=río, flujo), o del itálico “ruma” (ubre=colina). Y de ahí tomó nombre la ciudad: Roma significaría, por tanto, “Ciudad del río”.

No obstante, la mayoría de historiadores (Tito Livio, Dionisio de Halicarnaso, etc.) refieren que el Tíber debe su nombre a Tiberino Silvio, un legendario rey que, entre 924-916 a.C., reinó en Alba Longa. Esta ciudad la fundó Ascanio (el hijo del troyano Eneas), de cuya estirpe surgirían Rómulo y Remo. La tradición sostiene que, en el transcurso de una batalla, las aguas del río Álbula arrastraron a Tiberino y éste se ahogó. Por él, el río fue renombrado como Tíber.

Cuenta la leyenda que aquí, al pie del monte Palatino, en la zona conocida como el Velabro, fue donde encayó la canasta en que, a su suerte, fueron abandonados Rómulo y Remo. Hallados por una loba, por ella fueron amamantados hasta que fueron recogidos por el pastor Fáustulo, quien se encargó de su crianza. Con el tiempo, ya adultos, retornarían a este lugar, entrañable por su crianza, para fundar aquí una nueva ciudad. Éste es, brevemente, el mítico relato sobre la fundación de Roma.

Sin embargo, al margen de este origen legendario que hasta nosotros ha llegado como “adorno”, el emplazamiento de Roma parece obedecer a causas más reales. Cicerón, en su obra “Sobre la República” (Libro II), lo explica así:

 

“Rómulo concibió establecer una ciudad y fundar una república. Y, como hombre de excelente prudencia, aconsejado por los buenos augurios, eligió el lugar con increíble acierto.

Pudiendo fundar una ciudad a orillas del mar, advirtió que los lugares marítimos no son los más convenientes para las ciudades que se fundan con esperanza de continuidad. En primer lugar, porque se exponen a peligros imprevisibles. La tierra firme denuncia anticipadamente la llegada de enemigos, no sólo cuando se les espera, sino también cuando vienen de repente. No hay enemigo que pueda venir corriendo por tierra de manera que no podamos saber que está allí, quién es y de dónde viene. En cambio, el enemigo marítimo, que viene en naves, puede presentarse antes de que nadie pueda sospechar que viene. Y cuando ha llegado no muestra quien es, ni de dónde viene, ni lo que quiere. Ni tampoco da señales para distinguir y ver si viene en son de paz o como enemigo.

Por lo demás, las ciudades marítimas padecen cierta corrupción e inestabilidad de costumbres. Quedan perturbadas por nuevas maneras de hablar y de pensar, e importan, no sólo mercancías exóticas, sino también costumbres exóticas, de modo que nada puede permanecer incólume de la educación tradicional. Es más, los habitantes de tales ciudades, no echan raíces en sus hogares, sino que la esperanza imaginativa les lleva a volar lejos de casa, y hasta cuando permanecen corporalmente, se escapan y vagan con su mente.

Nada corrompió más a la por largo tiempo decadente Cartago, y a Corinto, en otra época, que ese andar errante y esta disipación de sus ciudadanos, que descuidaron el trabajo del campo y el ejercicio de las armas por el ansia de comerciar y navegar. Así también le sucedió a casi toda Grecia.

El mar suministra a las ciudades muchos alicientes perniciosos del lujo, que se roban o se importan, y la misma amenidad natural del lugar tiene muchos atractivos de concupiscencia lujosa y desidiosa. Con todo, a estos vicios es inherente la gran ventaja de que cualquier cosa que se produzca pueda llegar por mar a donde vives, y, a su vez, que lo que producen sus campos pueda exportarse a las tierras que sea.

¿Cómo pudo comprender Rómulo más inspiradamente las ventajas del mar, a la vez que evitar sus defectos, que al poner la ciudad en la orilla de un río perenne de curso constante, y que desemboca anchamente en el mar? Para que por él pudiera la ciudad recibir del mar lo que necesitaba y exportar lo que le sobraba. Y que no sólo tomara por ese río las cosas traídas por el mar que fueran necesarias para su mantenimiento, sino para que recibiera también las transportadas por tierra. Parece como si ya Rómulo hubiese adivinado que en el futuro esta ciudad iba a ser sede y domicilio de un gran imperio. Pues no hubiera podido la ciudad tener tan gran afluencia de todo si se hubiera colocado en cualquier otra parte de Italia.

…A ello se sumaban las defensas naturales del lugar. Su línea de murallas, trazada por la sabiduría no sólo de Rómulo, sino también de los otros reyes, tiene todo alrededor montes empinados y escarpados, con una sola entrada, entre el monte Esquilino y el Quirinal. Estos montes defendían el primitivo emplazamiento urbano del Palatino, como si fuese una fortaleza dotada de un círculo inaccesible. Y eligió este lugar abundante en aguas, y salubre en medio de una región pestilente, pues hay unas colinas que están batidas por todos los vientos a la vez que dan sombra al valle”.

 

El primitivo asentamiento romano surgió en torno a una pequeña llanura natural, fácilmente vadeable, creada en el recodo que hacía el Tíber junto al extremo sur de la isla Tiberina (entre el actual Puente Fabricio y el antiguo Puente Roto).

 

puerto tiberino

 

Además, era el punto donde confluían las rutas que atravesaban el valle del Tíber y que conectaban el Lacio con Etruria y Campania. Una zona que ya era frecuentada por mercaderes etruscos y griegos cuando se fundó la ciudad, a mediados del siglo VIII a.C.

Roma ocupó este estratégico enclave junto a la ribera del Tíber. Era un área esencial para el pastoreo, no lejos del mar y especialmente de las salinas costeras.

 

puerto tiberino

 

Su proximidad al mar garantizaba el control de la desembocadura del Tíber, principal vía de comunicación con el interior de la península itálica. Además, permitía controlar la explotación de las salinas costeras y el comercio de la sal.

LA SAL: EL «ORO BLANCO» DE ROMA

Roma surgió como un pujante puerto comercial en la Ruta de la Sal. Tras continuas guerras con el pueblo etrusco de Veyes, que inicialmente controlaba la desembocadura del Tíber, Roma logró hacerse, ya en el siglo VII a.C., con el control de las salinas costeras próximas a Ostia. Éstas, situadas en el margen derecho de la desembocadura del Tíber, fueron conocidas desde entonces como Campus Salinarum Romanorum. Restos de sus infraestructuras (conductos, tanques de evaporación, etc.) se hallaron bajo el actual aeropuerto de Fuimicino, y entre éste y la Isla Sacra de Ostia.

La explotación de estas salinas, trabajadas por esclavos y libertos, corrió a cargo de los saccariorum salariorum totius urbis campi salinarum Romanarum (porteadores de dotaciones de toda la llanura del valle de las salinas de Roma). Éstos eran un collegium que ostentaba el monopolio del comercio y distribución de la sal en Roma y su entorno. Controlaban los servicios de carga y descarga en los depósitos de la sal. En las provincias, este monopolio lo ejercían los conductores salinarum, más conocidos como salinatores.

La sal llegaba Roma remontando el Tíber en barcazas. También se transportaba por tierra, en carretas, a través de la conocida vía Campana (llamada así por comunicar con el mencionado campo de las salinas). Una vez en Roma, se guardaba en almacenes (hórrea) habilitados al efecto (los mayores, salinae, estaban a los pies del monte Aventino). Desde ahí era exportada a través de la via Salaria (así nombrada por ello), distribuyéndola por el centro de Italia.

Considerada por los romanos como un don del dios Océano, la sal marina (sal maritimus) era «el oro blanco» de la Antigüedad. En la antigua Roma se usó para enriquecer la dieta básica, que, a base de frutas y vegetales, era pobre en minerales. Pero, sobre todo, era un producto básico para la conservación de alimentos perecederos, en particular carnes y pescados. Además, era un esencial aderezo alimentario (principalmente del pan, aceitunas y quesos).

Los antiguos romanos la utilizaron para aplacar el sabor ácido de algunas variedades de verduras (surgiendo así lo que hoy conocemos como “ensalada”). También la emplearon para elaborar multitud de salsas (salsamentum). Entre ellas, su imprescindible garum, una salmuera concentrada obtenida de la fermantación de vísceras de pescados azules con hierbas aromáticas. E incluso mezclándola con vino, y reduciendo éste (a un tercio, mitad o dos tercios de su volumen), obtuvieron exquisitas salsas (sapa, defrutum y carenum) con que aderezaban los platos de carne.

Primordial fue su uso en la arcaica religión romana: con ella, las Vírgenes Vestales elaboraban la molla salsam, una torta salada, no comestible, considerada sagrada. Su uso era estrictamente ritual, esparciéndola sobre las víctimas a sacrificar (en las inmolatio), purificándolas así antes de ser “enviadas” a los dioses.

 

vírgenes vestales

 

Su uso en la medicina fue vital. Junto con el vinagre y el aceite, la sal fue la panacea de los soldados romanos. Era un excelente desinfectante y cicatrizante, y prevenía la disentería (diarrea e infecciones intestinales).

Tan apreciada y valorada fue que, ya en tiempos del rey Anco Marcio (del 642 al 617 a.C.), una porción de la paga de los soldados fue dada en sal (salarium). De ahí proviene el término “salario”, que pronto pasó a designar el montante necesario para comprarla. Y su etimología ha trascendido hasta nuestros días, donde “salario” es la remuneración que actualmente recibimos por nuestro trabajo.

Además, era un elemento imprescindible para el curtido de pieles. Éstas, tras limpiarlas y ablandarlas en orina, eran sumergidas en baños de sal, función bactericida ésta que eliminaba las impurezas y facilitaba su conservación. Así obtenían los cueros (del latín corium) curtidos. Con ellos elaboraron multitud de productos (odres, bolsos, arneses, armaduras, carcaj, calzados, etc.), con los que abastecieron, sobre todo, a sus legiones. Esta industria prosperó notablemente en la antigua Roma, y su monopolio fue uno de los desencadenantes de la guerra con Cartago, el principal suministrador de pieles de todo el Mediterráneo.

También tuvo un uso primordial en la metalurgia, donde se empleó para lavar las gangas y limpiar las menas de oro y plata. También se utilizó para endurecer los metales con la técnica del temple (agua con sal). Todo ello propició la explotación de yacimientos terrestres, surgiendo así una potente industria minera para la obtención de la sal fossilis. Ésta, aunque de menor calidad que la marina, resultó más idónea para abastecer las zonas geográficas interiores.

De su vital importancia, Plinio el Viejo (23-79 d.C.) dejó evidente testimonio: “no es posible concebir una vida civilizada sin la producción y el uso de la sal” (Historia Natural, XXXI).

 

EL PUERTO TIBERINO: EL AUGE DE ROMA

El Puerto Tiberino fue la base del crecimiento y prosperidad de Roma. Al ubicarse fuera del recinto sagrado de la ciudad (pomerium), la zona portuaria permaneció abierta a los extranjeros. Ello propició el comercio, sobre todo por la facilidad que el canal natural del Tíber ofrecía para el transporte. Además, junto a él se hallaba el Ara Máxima de Hércules, un arcaico altar sagrado erigido a este semidiós, garante de las transacciones comerciales (parte de su estructura aún perdura en la cripta de la iglesia de Santa María in Cosmedin). Ante él solían reunirse los comerciantes y negociar libremente, bajo la tutela y garantía del mismo Hércules.

Inicialmente el Puerto Tiberino no fue más que un simple embarcadero. Se asentaba junto a la desembocadura del Velabro, un pequeño arroyo cenagoso, cuyo nombre procede del látín “velum aureum” (pantano dorado), que, tras cruzar el Foro, desembocaba en el Tíber. Junto a él se levantó, en madera, el primer puente de Roma, el Puente Sublicio (anterior al 616 a.C.), que permitía cruzar el Tíber y acceder a la zona del actual Trastévere (al otro lado del Tíber).

 

PUERTO TIBERINO

 

Para controlar las salinas y facilitar el comercio fluvial, el rey Anco Marcio (642-617 a.C.) estableció una colonia, la primera fundada por Roma, en la desembocadura del Tíber (a unos 23 Km. de Roma). Allí construyó un rudimentario puerto, y en torno a él surgió la ciudad de Ostia (del latín ostium=puerta). Con ella, Roma se garantizó un acceso directo al mar. Su posición costera, esencial para el comercio, llevó al rey Lucio Tarquinio Prisco (616-579 a.C.) a continuar las obras iniciadas por su antecesor, ampliando la ciudad y las instalaciones portuarias. Además, al revelarse como un estratégico enclave militar, Ostia (Ostia Antica) se configuró como una ciudadela fortificada (castrum). Así, la inicial aldea de pescadores de Ostia se convirtió en el Puerto Marítimo de Roma.

La zona del Velabro fue recuperada, también en tiempos del rey Lucio Tarquinio Prisco (616-579 a.C.), con la construcción de la Cloaca Máxima y su red de alcantarillado. Al drenarse ese espacio cenagoso, se creó un fácil acceso al Foro Romano, que entonces era el Gran Mercado de Roma. Y el Velabro pasó a ser el centro neurálgico de la urbe, el “vientre de Roma” según lo calificó Horacio.

Con ello se incrementó el comercio, lo que se tradujo en un notable crecimiento de la urbe. Surgió así la necesidad de consolidar el Puerto Tiberino, que se tiene por construido por el rey Servio Tulio (578-535 a.C.). Junto a él edificó también un templo que, aunque inicialmente dedicado a la Fortuna Viril, poco tiempo después, por su ubicación, se consagró al dios Portuno (Portumnus), la deidad tutelar del puerto. Es el conocido templo de Portuno, que aún hoy perdura en su ubicación original.

 

puerto tiberino

 

Del Puerto Tiberino partían las mercaderías de las industrias florecientes de la ciudad: vestidos (túnicas y togas), mantas, calzado, salsas, aperos de labranza (arados y yugos), cestas, etc… Y hasta él llegaban multitud de barcazas cargadas, no sólo de sal, sino de cuantos productos precisaba la urbe, principalmente trigo, aceite, vino, materiales de construcción, etc…

Las naves que podían, remontaban contracorriente, a fuerza de remos, el canal natural del Tíber. Las embarcaciones mayores, o bien trasvasaban sus mercancías en Ostia a otras menores, o eran remolcadas desde la orilla con sogas o maromas (sirgas) arrastradas por centenares de animales y/o esclavos. Pudieron hacerlo así gracias a que el derecho romano instituyó, en los ríos navegables, un espacio ribereño libre: una servidumbre exclusiva conocida como  pedestre iter (camino pedestre), que posteriormente se traduciría en el conocido “camino de sirga”. Su finalidad era preservar ese espacio para facilitar la navegación y el comercio.

Aunque no está claro cómo se regía el Puerto Tiberino, se supone que su control y administración era coordinada entre los curatores operum publicorum (encargados de las obras públicas) y el praefectus annonae (encargado de la distribución del grano). Y su mantenimiento posiblemente estuviera a cargo de los curatores alvei tiberis et cloacarum (encargados de los canales del Tíber y de las alcantarillas).

Las continuas guerras y la anexión de nuevos territorios conquistados se tradujo en un aumento poblacional de Roma. Ello, unido al establecimiento de nuevas colonias, incrementó exponencialmente el comercio.

Por todo ello, el Foro Romano (Foro Magnum), como centro social y hegemónico de la urbe, fue adquiriendo un papel más relevante. Al monumentalizarse con la construcción de templos y basílicas, el comercio que acogían las distintas tiendas (tabernae) fue paulatinamente desplazado a mercados (macellum) que, especializados, se reubicaron en su entorno. No obstante, aunque el Foro se liberó de este uso, conservó el comercio de librerías (tabernae librariae) de lujo, así como el de la banca (tabernae argentariae).

 

puerto tiberino mapa

 

La consolidación del Puerto Tiberino hizo que junto a él se aglutinasen los grandes mercados de la antigua Roma:

 

  • Al Sur, el Foro Boario (Forum Boarium), el mercado dedicado al ganado, principalmente bovino.
  • El Foro Olitorio, al Este, (Forum Holitorium), de aceites, frutas, verduras y hortalizas.
  • El Foro Piscario (Forum Piscatorium o Piscarium), el dedicado al pescado, al Norte.

 

Sin embargo, el gran crecimiento económico y demográfico que experimentó la urbe a comienzos del siglo II a.C. precisó la construcción de un nuevo puerto. El Puerto Tiberino resultaba insuficiente para atender las crecientes necesidades y las nuevas demandas comerciales de Roma. Surgió así, un poco más al Sur, el nuevo puerto fluvial del Emporio (construido en 193 a.C.) que pasaría a ser el gran puerto fluvial de Roma.

Desde entonces, el Puerto Tiberino cayó en desuso, y paulatinamente se fue degradando, especialmente tras las desastrosas inundaciones acaecidas en 98 y 105 d.C. No obstante, sobre el 101 d.C., en tiempos de Trajano (emperador de 98 al 117 d.C.), fue convenientemente reformado:

 

  • Se elevaron las orillas del Tíber y se dispusieron en varios niveles los muelles y las zonas de atraque. Esto permitió adaptar las instalaciones portuarias a las continuas crecidas del Tíber.
  • Se construyó un vasto edificio de almacenes (hórrea), cerrado perimetralmente excepto en el lado del río, para guardar las mercancías. Estaba construido en ladrillo y travertino, y ocupaba aproximadamente unos 8.000 m2. Restos de sus infraestructuras se localizan bajo el actual Servizi Anagrafici ed Elettorali; se hallaron en 1936, al construirse el edificio (entonces Registro Civil).

 

Pese a todo, el reducido espacio que ocupaba resultó insuficiente para atender el gran crecimiento que experimentó la urbe en época imperial.

El tráfico portuario del Puerto Tiberino fue acaparado prontamente por el recién construido Puerto del Emporio. Y, con el tiempo, su rastro se perdió con los nuevos puertos que surgieron a lo largo del Tíber: Puerto di Ripetta, de Ripa Grande, Scalo de Pinedo, Puerto Leonino,…).

 

puerto tiberino

 

Tras la unificación del estado italiano, el curso del río a su paso por la ciudad se canalizó. Para evitar las inundaciones, su lecho se uniformó con grandes muros de contención (muraglioni) y se ensanchó hasta unos 100 m. Fue una ingente obra hidráulica, diseñada y construida por el ingeniero Raffaele Canevari entre 1876 y 1926, que transformó totalmente el lecho tiberino. Se crearon entonces, tras demoler las edificaciones preexistentes, los lungotevere  (literalmente «a lo largo del Tíber»), los bulevares que hoy recorren sus orillas. Y, pese a ser un gran beneficio de la ciudad, lo cierto es que esta obra borró siglos de Historia. Y, lamentablemente, también del Puerto Tiberino, testigo y partícipe del auge y del engrandecimiento de Roma.

Hoy apenas queda resto alguno del antiguo Puerto Tiberino. No obstante, el Museo della Civiltà Romana (Piazza G. Agnelli, 10), alberga dos estupendas maquetas:

 

  • Roma Arcaica”.
  • La gran maqueta de la “Roma Imperial”.

 

Ambas permiten recrearnos en cómo pudo ser y apreciar el privilegiado escenario que ocupó en la antigua Roma.

 

 

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