TEMPLO DE CASTOR Y POLUX EN EL FORO ROMANO: HISTORIA, SIGNIFICADO Y LEGADO
“Las tres hermanas”, así son conocidas las tres imponentes columnas corintias estriadas que aún perduran del antiguo e imponente Templo de Cástor y Pólux.
“La piu bella e meglio lacorata opera di Roma”
(la más bella y mejor decorada obra de Roma).
Con estas indelebles palabras las describió el sienés Baldassarre Peruzzi (1481-1536), arquitecto papal y estudioso de las antigüedades romanas.
Con una altura de 12’50 m. y un diámetro de 1’45 m., estas columnas se yerguen majestuosas en el corazón del antiguo Foro Romano, soportando aún parte de su majestuoso entablamento (de 3’75 m. de altura).
Destacan, no sólo por su envergadura, sino por el exclusivo mármol pario en que están talladas, procedente de las canteras del monte Parpessa, en la isla griega de Paros (archipiélago de las Cícladas). Este mármol (del griego “marmaros” = piedra brillante) destaca por su característico grano fino, semitransparente y muy compacto, pero sobre todo, por la pureza de su color blanco.
No obstante, pese a ser tan escasos los restos que de este Templo han llegado hasta nosotros, su factura fue admirada por los artistas del Renacimiento. No sólo por su colosal estructura, sino más bien por la extrema belleza de su ornamentación. Así, los capiteles están tallados en dos bloques: el inferior muestra dos filas de delicadas hojas de acanto, que se alternan en el superior con otras tantas hojas y finos tallos. Por su parte, el arquitrabe está decorado en forma de roseta, de cuyo centro emergen ocho ramas. Completa la decoración un esmerado friso vegetal con primorosas volutas de las que surgen palmeras y flores de loto.
MOTIVO DE SU EDIFICACIÓN
Su construcción se inició tras la victoriosa Batalla del lago Régilo, tal como había prometido el dictador Aulo Postumio Albo en el transcurso de la contienda. Y, siguiendo el ritual propio de los augures, se erigió como un templum. Fue su propio hijo, expresamente elegido duumviri aedi dedicandae a este efecto, quien lo consagró a los Dioscuros el 27 de enero de 484 a.C. (dies natalis del Templo).
Este fue el primer templo erigido en Roma a deidades extranjeras, procedentes de algún lugar de la Magna Grecia y llegados del Lacio. Y, excepcionalmente, se emplazó dentro del pomerium, el recinto sagrado de la ciudad, donde sólo los dioses patrios tenían cabida. Además, se erigió en pleno Foro Romano, junto al santuario más sagrado y antiguo de la ciudad, el Templo de Vesta. Éste fue un caso excepcional, pues los romanos consideraron que, al haberse aparecido entonces justo junto a la Fuente de Juturna, los divinos gemelos habían “escogido” ese lugar. Por ello, complacidos y agradecidos por su divina intervención, no tuvieron más que seguir sus instrucciones para “instalar” su templo allí, en el corazón de Roma.
Sin embargo, pese a ser un verdadero templum, pronto pasó a conocerse como aedes Castorum, o aedes Castoris, pues así aparece nombrado en el Forma Urbis Romae, el plano urbano de la Antigua Roma. Probablemente fuese por las cualidades innatas del gemelo Cástor. A él quedó, nominalmente, atribuido el Templo y el culto, siendo relegado su hermano Pólux a la sombra. No obstante, fue una denominación impropia: un aedes, siendo también un templo (santuario) dedicado a una divinidad, no ha sido inaugurado con ritual augural alguno, como era el caso del templum.
Como curiosidad, de ahí surgió que el mismo Julio César (100-44 a.C.) se mofase de su colega Bíbulo (Marcus Calpurnius Bibulus) diciendo de él que “compartía el mismo destino que Pólux”. Recordemos que César, siendo cónsul junto con Bíbulo, tomó por norma el no mencionar nunca el nombre de su colega en el consulado. Ello dio lugar a que algunos graciosos de la época, al firmar en broma algún documento para darle validez, no escribiesen “hecho durante el consulado de César y Bíbulo”, sino “hecho durante el consulado de Julio y de César”. Así lo recoge el historiador y biógrafo romano Suetonio en su obra “Vidas de los doce césares”.
Tras su construcción, y en honor a la divina intervención de los Dioscuros en la Batalla del lago Régilo, se instituyó entonces la Transvectio Equitum: un desfile ritual de los caballeros (equites). Era un desfile anual que, conmemorando esa victoria, se celebraba cada 15 de julio, en los llamados idus del mes quintilis, según el antiguo calendario romano.
LA CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO
De la primitiva edificación apenas quedan vestigios, pues a lo largo del tiempo se han sucedido múltiples reconstrucciones, ampliaciones y restauraciones. Pese a ser ligeramente más pequeño, con todo, el templo siempre ha mantenido su orientación original. Los escasos restos que hoy podemos ver datan de las últimas restauraciones del Templo.
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Su podium, estilóbato o basamento que sustenta el Templo, mide unos 49’50 m. de largo y 32 de ancho (162 x 105 pies). Está conformado con un núcleo de cemento y toba volcánica, elevándose unos 7 m. (23 pies) sobre el nivel del suelo. Tan prominente altura se entiende por estar emplazado en un terreno pantanoso, apenas perceptible al estar drenado por la Cloaca Máxima, que discurre justo ante él.
Era una construcción de orden corintio, octóstila y períptera sine postico: esto es, su cella (naos) estaba rodeada de columnas (8 en su frente y 11 en los laterales, pero no en su parte trasera).
Se accedía a él a través de una monumental escalinata central, tal como figura en el plano de la antigua Roma (Forma Urbis Romae). Luego, al reestructurar su frente para acondicionarlo como tribuna de oradores (rostra), fue eliminada y sustituida por sendas escaleras laterales. Ésta fue una de las tres rostra con que contó la antigua Roma: junto con la Vieja Rostra (Rostra Vetera, ante el Comitium, luego transformada en la Rostra Imperialia) y la del Templo del Divino Julio.
Un pronaos (de unos 15’80 m. de frente x 9’90 m. de fondo) precedía a la cella (16 x 19’70 m.), la parte más sagrada del Templo, cuyas columnas debieron ser originariamente de travertino, recubiertas de estuco. Su interior debió albergar alguna imagen de los Dioscuros. Lo que se sabe con certeza es que sus estatuas presidían, una a cada lado, junto a sus respectivos caballos, el frente exterior (pronaos).
Al interior del Templo (cella) se accedía a través de una majestuosa puerta de bronce fundido, de doble hoja. Se fabricó con una singular aleación de cobre, estaño y plomo coloreada con tierra cadmia. Expoliada a principios del siglo IV, desde entonces da acceso al único templo circular existente en la cercana via Sacra: el Templo de Rómulo (Templum Romuli). Así lo confirma el insigne arquitecto italiano Palladio en su magna obra “Los cuatro libros de la Arquitectura” (1570).
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Este Templum Romuli es considerado, junto con el Panteón de Agripa, el templo pagano mejor conservado de Roma. Fue erigido en el año 309 d.C. por el emperador Majencio en honor a su difunto hijo Valerio Romolo, divinizado tras su prematura muerte (a los 14 años). Allí, aún podemos apreciar esa impresionante puerta, de 4’92 m. de alto y 3’16 m. de ancho, cuyos paneles centrales son placas macizas de bronce de 5 mm. de espesor. Lamentablemente, las tachuelas que originalmente la decoraban, también de bronce, se han perdido con el paso del tiempo.
Tal era su robustez y magnificencia de esta puerta que, pese a haber transcurrido más de 2.000 años, aún se conserva en perfecto estado de funcionamiento, cerradura incluida: toda una reliquia viva de la Antigua Roma, digna de admirar.
LA RESTAURACIÓN DE METELO
Parte del alto podio actual corresponde a la restauración acometida en 117 a.C. por el cónsul Lucio Cecilio Metelo Dalmático. Lo reconstruyó con el botín obtenido en la Segunda Guerra Dálmata (119-118 a.C.), decorando su interior con suntuosas estatuas y pinturas.
Es más, entre ellas hizo colocar un famoso cuadro con el retrato de Flora, la “cortesana” más bella de su tiempo, de quien se decía que llegó a ser amante del general Pompeyo (Cneius Pompeius Magnus, 106-48 a.C.), el hombre más importante del momento. Por su extrema belleza y habilidad con sus “clientes” logró amasar una gran fortuna. Tanta que, a su muerte, la legó al pueblo romano, disponiendo: una mitad para los propios romanos, y la otra mitad para que la emplearan cada año en fiestas y juegos para perpetuar su fama.
Al parecer se llamaban “Juegos florales”, y fueron tildados de deshonrosos por llenar las calles de Roma de mujeres desnudas. Así lo constata el insigne humanista y escritor florentino Giovanni Boccaccio (1313-1375) en su obra “De Milieribus claris”, donde los describe con estas palabras:
“… en los cuales, en presencia del pueblo, para demostrar de qué manera había ella ganado su hacienda, venían entre las otras suciedades rameras desnudas, las cuales hacían el oficio de truhanes con gestos bellacos, deshonestos y sucios, con gran deleite de los miradores”.
LA FICTICIA REMODELACION DE VERRES
Digna de mención es la ficticia restauración acometida en este templo por el corrupto Cayo Licinio Verres (120 a.C.-43 a.C.). Se cuenta que los censores de la época habían contratado el mantenimiento del Templo, por una cantidad fija de dinero anual, a un tal Publio Junio. Al fallecer éste dejando tan sólo un hijo menor, en su nombre, y hasta que alcanzase la mayoría de edad, el contrato iba a ser transferido a Lucio Rabonio.
Sucedió en 74 d.C., cuando el avaro Verres era Pretor urbano (Praetor urbanus): esto es, el máximo magistrado para administrar los asuntos de la ciudad. Ostentanto tan algo cargo, Verres vio ahí ocasión de obtener alguna ganancia. Por ello citó a Rabonio para inspeccionar el templo y comprobar su estado antes de transferirle el contrato. Éste, tras inspeccionarlo minuciosamente, no halló anomalía alguna en él, verificando que el templo se hallaba en óptimas condiciones para hacerse cargo de él. Ante ello, Verres se persona también en el edificio con sus asesores, sin que ninguno apreciara defecto alguno de donde se pudiera “sacar tajada”. Pero, viendo que a Verres le irrita no poder obtener ganancia alguna de tan pingüe transferencia, uno de los “perros” que le acompañaban le espeta:
“Tú, Verres, no tienes nada que tramar aquí, a no ser que pretendas tal vez exigir que las columnas sean perpendiculares”.
Ante ello, el astuto y avaro Verres aprovecha la ocasión para exigir tal comprobación, que la cuantifica en nada menos que en 560.000 sextercios, a detraer de la herencia del menor. Y, pese a que le aseguraron que con 40.000 sextercios era más que suficiente para ello, finalmente logró imponer ejecutar esa “obra” en su inicial presupuesto.
Aquí es obligado hacer un pequeño inciso para concebir el montante referido: el salario medio de un artesano urbano podía rondar entonces entre los 1.200 y los 2.000 sextercios al año.
No se sabe exactamente con cuánto dinero se quedó Verres de esta “intervención”, ni cuánto repartió, si acaso, con sus colaboradores. Lo que sí ha quedado escrito en los anales de la Historia es la pública denuncia de tan nefando acto de cohecho. La testimonió su coetáneo Cicerón, quien en su obra “Verrinas”, tras relatar pormenorizadamente lo referido, evidencia al lector lo realmente allí acontecido:
“Todas aquellas columnas que veis blanqueadas han sido despiezadas con una máquina que se les aplicó, sin gasto alguno, y vueltas a colocar con las mismas piedras. Este trabajo lo adjudicaste tú por quinientos sesenta mil sestercios. Y digo que entre aquellas columnas hay alguna que tu arrendatario no ha movido; digo que hay una de la que sólo se ha quitado el viejo estuco y se ha colocado uno nuevo”.
LA RECONSTRUCCIÓN DE TIBERIO
En 14 a.C., gobernando aún el emperador Augusto (27 a.C.-14 d.C.), un devastador incendio destruyó el templo. Augusto encomendó su reconstrucción a Tiberio, que se encargó de ello tras finalizar sus campañas en Germania, con el botín allí obtenido. Tiberio lo monumentalizó consolidando su cimentación y rodeando el podio con una plataforma de mampostería más robusta. Al mismo tiempo, reemplazó las antiguas columnas por otras más robustas de mármol pario, dotándolo de una exuberante decoración, visible aún en capiteles, friso y entablamento.
También amplió ligeramente la cella (a unos 16 x 20 m.) reconstruyéndola magníficamente con bloques de toba volcánica para asegurar su estabilidad y asilamiento. Probablemente fue entonces cuando se recubrió su interior con lujos mármoles, decorándolo profusamente con columnas de giallo antico (amarillo). El exterior, sin embargo, se recubrió con estuco, proporcionando así un acabado más liso y decorativo al conjunto de la edificación. El piso, originariamente teselado en blanco y negro y ribeteado con una cenefa, fue sustituido posteriormente por un suelo en mosaico de mármol polícromo (en opus sectile, conformando cubos en perspectiva).
Finalmente Tiberio lo reconsagró en 7 a.C., dedicándolo también, en señal de amor fraternal, a ejemplo de los Dioscuros, en su honor y en el de su fallecido hermano Druso.
Frente a él se estableció entonces un Tribunal, destinado a actividades judiciales, activo hasta el siglo II d.C.
De esta época son las exiguas estructuras que han llegado hasta nosotros.
LA REFORMA DE CALÍGULA
El emperador Calígula (12-41 d.C.), para dotar de una entrada monumental a su residencia palatina (domus Gai), hizo prolongar un ala de ésta hasta el mismo Foro, a través del clivus Victoriae. Fruto de esa ampliación desaparecieron entonces notables residencias allí emplazadas: entre otras, las de Marco Fulvio Flaco, Quinto Lutacio Catulo, Marco Livio Druso, Quinto Cicerón, así como las de los hermanos Marco y Clodio Emilio Escauro.
Con esa obra, Calígula transformó este aedes Castorum en el vestíbulo (atrium Gai) particular de su palacio imperial. Así lo refiere Suetonio en su obra “Vida de los doce césares”, donde matiza que el emperador acostumbraba colocarse entre los divinos gemelos para, como ellos, ser adorado como un dios.
Además, algunos mencionan que hasta hizo colocar una estatua suya de oro en el interior del Templo, ante la cual se realizaron extravagantes sacrificios en su honor.
No obstante, tras su muerte, Claudio, su sucesor, eliminó esta estructura, recuperando el Templo a su primitivo estado.
LAS ÚLTIMAS RESTAURACIONES
Posiblemente se restaurase tras el gran incendio que asoló Roma en el 64 d.C. (incendio de Nerón), que ineludiblemente debió afectar al Templo, pero se desconoce cuándo y quién la acometió.
Lo que sí consta es una posterior restauración de Domiciano (Titus Flavius Domitianus, emperador romano del año 81 al 96 d.C.). Entonces, en consonancia a su particular devoción para con la diosa Minerva, el templo pasó a llamarse Templum Castoris et Minervae (Templo de Cástor y Minerva). Y es posible que tomara ese nombre por haber hecho colocar allí alguna estatua de esa diosa, compartiendo techo con las de los Dioscuros.
UN TEMPLO MULTIUSOS
Este aedes Castorum fue uno de los templos más célebres de la época Republicana, donde el Senado Romano solía celebrar también sus sesiones.
Asimismo, era sede de los equites, donde los caballeros romanos conservaban sus archivos y trataban todo lo concerniente a su Orden (ordo equester). Por ejemplo, aquí se guardaba una pequeña placa de bronce epigrafiada con el Acta de concesión del “derecho de ciudadanía romana” a los equites campanos. Y ello en reconocimiento por no haberse rebelado estos pueblos contra Roma durante la Segunda Guerra Latina (340-338 a.C.).
En su interior, en cámaras subterráneas debidamente protegidas, se hallaba el Aerarium Privatum (el Tesoro de los particulares). En él, a semejanza de nuestros actuales bancos, se salvaguardaban los depósitos monetarios de los ciudadanos romanos, incluidos los privativos del mismo emperador. Recordamos que, por el contrario, el Aerarium populi o fiscus (el Tesoro Público) se custodiaba en el cercano Templo de Saturno.
En los lados longitudinales del podio, e incrustados en él bajo los espacios intercolumnares, se hallaban dispuestos diversos habitáculos, protegidos por verjas de hierro. Eran tabernae; tiendas que, abiertas al exterior y cerradas por puertas metálicas, sirvieron para diferentes fines. Algunas de ellas estuvieron destinadas a oficinas estatales, mientras que otras fueron alquiladas a particulares para actividades comerciales diversas.
Una de ellas estaba ocupada por el ponderarium (ponderaria), un juego oficial estándar de pesos a disposición de los ciudadanos. Con él, tratando de evitar los habituales abusos, los romanos podían controlar y comprobar las transacciones comerciales. Así lo corroboran diversos restos arqueológicos hallados por todo el Imperio con la inscripción “E . AD . CAST” (EXACTUM AD CASTORIS = idéntico al existente en el Templo de Cástor y Pólux). El ponderarium original se custodiaba en el Capitolio, en el interior del Templo de Júpiter Óptimo Máximo.
Varias de ellas estuvieron ocupadas por argentarii, los cambistas, prestamistas y banqueros de la época. Asimismo, se sabe que una de estas tabernae albergó una tonstrinae (barbería), cuyos tonsores (barberos) ejercían también entonces como dentistas (medici dentium). Así lo corroboran las excavaciones efectuadas, que han sacado a la luz, entre restos de frascos para ungüentos y útiles cosméticos (espátulas, alfileres, etc.) numerosas muelas allí extraídas.
EL OCASO DEL TEMPLO
No se conocen restauraciones posteriores a las mencionadas. Con todo, es probable que el Templo de Cástor y Pólux perdurara en perfecto estado hasta bien entrado el siglo IV d.C. El detonante de su decadencia fue propiciado por el emperador Graciano (gobernó el Imperio del 367 al 383), quien decretó la abolición y confiscación de los privilegios y el patrimonio de todos los lugares de culto paganos. Alegó, imbuido en sus creencias cristianas, no querer proporcionar oficialmente a los infieles los medios para perseverar en sus errores.
A partir de entonces, con la definitiva imposición del Cristianismo como religión oficial del Imperio, comenzó su abandono, al ser abolidos todos los cultos paganos. Así lo decretó Teodosio I «el Grande» (Flavio Teodosio, emperador romano de Occidente del 379 al 395) en el Edicto de Tesalónica (380). Y aunque ello no conllevó la total destrucción de los templos, sí implicó, por desuso, su progresivo deterioro.
A ello contribuyeron, asímismo, los daños y robos ocasionados tras las sucesivas invasiones y saqueos que devastaron Roma en los siglos siguientes. Paulatinamente, de lo que quedó, las estatuas de los templos paganos fueron retiradas de sus altares y reubicadas, como meras obras de arte, decorando jardines, plazas y vías principales. Los templos, con las nuevas construcciones de la Roma papal, fueron sucesivamente expoliados. Y, como ocurrió con la mayor parte de las arcaicas edificaciones romanas, muchas de sus decoraciones y mármoles acabaron en los innumerables hornos de cal para abastecer las nuevas fábricas.
Se desconoce cuándo fue destruido este Templo, pero lo cierto es que en el siglo XV sus ruinas ya se encontraban en el estado en que hoy las vemos. Así lo confirman las crónicas de la época, pues bajo Eugenio IV (el veneciano Gabriele Condulmer, Papa de 1431 a 1447), la calle aledaña llevaba el nombre de via Trium columnarum (calle de las Tres columnas).
No obstante, sabemos por el arqueólogo napolitano Pirro Ligorio (c. 1512-1583) que alrededor de 1546 se hallaron dos grandes trozos de columnas, que fueron reutilizados: uno se utilizó para elaborar la escultura de “Jonás saliendo del vientre de la ballena”, tallada, a partir de un diseño de Rafael, por el escultor florentino conocido como Lorenzetto (Lorenzo Lotti, 1490-1541). Hoy podemos contemplarla en la iglesia romana de Santa María del Popolo, donde decora la Capilla Chigi.
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El otro lo empleó el insigne arquitecto Miguel Ángel (Michelàngelo Buonarroti, 1475-1564) para sustentar la estatua ecuestre de Marco Aurelio en la piazza del Campidoglio. Si bien la escultura del emperador que hoy preside la plaza es una copia (el original se conserva en el interior de los Museos Capitolinos), el citado pedestal aún permanece en el centro de la plaza.
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EL ABANDONO
Con el inexorable paso tiempo, todo el antiguo Foro Romano cayó en el olvido, y fue progresivamente sepultado bajo los lodos dejados tras los continuos desbordamientos del Tíber.
Un golpe definitivo a su deterioro lo propiciaron las tropas comandadas por el normando Roberto Guiscardo (c. 1015-1085). En mayo de 1084, más de 36.000, normandos y sarracenos saquearon Roma durante tres días. Y el incendio que provocaron no perdonó ni lo sagrado ni lo profano, ni lo antiguo ni lo moderno, ni la magnificencia pagana ni cristiana. Todo el antiguo Foro Romano desapareció por completo de la vista, y casi del recuerdo de los vivos.
Desde entonces, el nivel del Foro aumentó considerablemente, convirtiéndose en un pastizal completamente cubierto de hierba. Se le denominó «Campo Vaccino«, y en él tan sólo emergían las partes más altas de las antiguas construcciones.
En esas condiciones, resultó un lugar propicio para arrojar en él, por ende, los deshechos de las nuevas edificaciones, sirviendo de escombrera. A la zona aledaña a este Templo, en concreto, fueron a parar, en 1455, la tierra y basura extraídas al excavar los cimientos del Palazzo Venezia próximo.
De tan lamentable estado dejó constancia el arqueólogo italiano Piranesi en sus famosas “Vedute di Roma” (Vistas de Roma). Muestra de ello son los dos grabados que se acompañan:
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Uno de ellos evidencia el penoso estado en que se encontraba entonces el Campo Vaccino (el antiguo Foro Romano).
En el otro se aprecian más detalladamente las ruinas que rodeaban entonces a lo que quedaba del Templo de Cástor y Pólux.
EL RESCATE DEL TEMPLO
En 1870, cuando el gobierno italiano decidió recuperar el antiguo Foro Romano, ya Campo Vaccino, éste yacía enterrado bajo un montículo de tierra que superaba los 10 m. de altura (33 pies). Sólo a finales del siglo XIX empezaron las excavaciones sistemáticas en él. Desde entonces, poco a poco los arqueólogos han ido redescubriendo y recuperando tan singular espacio. Gracias a su empeño y esfuerzo hoy podemos conocer y apreciar, in situ, cómo fue el núcleo existencial de la Antigua Roma.
Y tengamos siempre presente que este Templo sirvió para alojar, nada más y nada menos, que a los divinos gemelos Castor y Pólux. Ellos fueron, según confirma Cicerón, “árbitros y testigos de todos los asuntos forenses, de los más altos consejos, y de todas las leyes y juicios”.
Sirva esta página, para testimoniar la importancia que tuvo este glorioso Templo, cuya imponente estructura dominó las entrañas de nuestra Infinita Roma.
BIBLIOGRAFÍA: Para documentar esta página se han consultado, entre otras, las siguientes fuentes:
- “Diccionario de la Lengua Española”.
- “ROMA, la ciudad del Tíber” (2015), de Pilar González Serrano, doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid.
- “Mitología griega y romana” (1994), del erudito suizo Jean Humbert (1792-1851).
- «Glosario ilustrado de arte arquitectónico».
- «El mundo ilustrado”, Biblioteca de las familias (Cuaderno Nr. 155).
- “Nuovo Museo del Foro Romano”, del Parque Arqueológico del Coliseo.
- “TRECANI”, Enciclopedia italiana.
- “El Templo de Cástor y Pólux y la Fuente de Juturna” (2024), Cuaderno didáctico del Parque Arqueológico del Coliseo.
- “Verrinas” (Segunda sesión, Discurso I – La pretura de Roma), del historiador, político y orador romano Cicerón (Marcus Tullius Cicero, 106-43 a.C.).
- “Exactum ad Castoris” (2004), en Revista digital/Anuario de la Asociación de Museos de Alta Austria, de Hans Lieb.
«Los 10 Libros de Arquitectura», del insigne arquitecto, ingeniero y escritor romano Vitrubio (Marcus Vitruvius Pollio, c. 80/70 a.C.-15 a.C.) - “Sobre los sagrados templos del pueblo romano, utilizados desde los primeros tiempos de la República libre hasta la época del emperador Augusto, fundados en Roma” (1989), del filólogo e historiador alemán Emil Aust (1863-c. 1933).
- “La religión de los romanos” (1899), del filólogo e historiador alemán Emil Aust (1863-c. 1933).
- “Guía arqueológica de Roma” (Electa, 2022), de PARCO (Parque Arqueológico del Coliseo).
- “La Religión romana arcaica” (1974), del filólogo, antropólogo e historiador francés Georges Dumézil (1898-1986).
- “Reflexiones sobre la actividad edilicia de Domiciano en Roma como manifestación de la Liberalitas Principis” (2009), del pamplonés Francisco Javier Andreu Pintado, Catedrático de Historia Antigua por la Universidad de Navarra (España).
- “Historia de Roma desde su fundación” (Libros II, VIII y IX), del historiador latino Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.).
- “A Topographical Dictionary of Ancient Rome” (Un diccionario topográfico de la antigua Roma), de Samuel Ball Platner y Thomas Ashby.
- “De mulieribus claris” (1494) (De las mujeres ilustres), del insigne humanista, escritor y poeta florentino Boccaccio (Giovanni B., 1313-1375).
- “De aedibus sacris populi romani” (1889), del filólogo alemán Giorgio Vissowa (1859-1931).
- “Los cuatro libros de la Arquitectura” (1570), del insigne arquitecto italiano conocido como Palladio (Andrea di Pietro della Góndola, 1508-1580).
- “Las ruinas y excavaciones de la Antigua Roma” (1897), del arqueólogo romano Rodolfo Lanciani (1845-1929).
- “Propaganda y justificación religiosa en época imperial: el caso del Capitolio y el templo de Júpiter Óptimo Máximo en Roma” (2017), por Diego M. Escámez de Vera, Doctor en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Complutense de Madrid.
- “Accurata e succinta descrizione topografica delle antichità di Roma” (Parte I, 1824). Del abad italiano Ridolfino Venuti Cortone (1705-1763), comisario de Antigüedades de Roma y custodio de las Galerías Pontificias.
- “Le antiche porte di bronzo in Italia – Parte 2”, de la Galería de Arte Bizantino de Florencia, Pietro Bazzanti e hijo.
“Consolaciones” (Consolación a Polibio), del filósofo y escritor latino Séneca «el Joven» (Lucio Annaeus Seneca, 4 a.C.-65 d.C.). - “Historia antigua de Roma” (Libro VI), del historiador griego Dionisio de Halicarnaso (c. 60-7 a.C.).
- “Control y administración de pesos y medidas en las ciudades del Imperio romano” (2011). De Antonio David Pérez Zurita, doctor en Historia por la Universidad española de Córdoba.
- “Vidas de los doce césares” (Libros I, III, IV y VI), del historiador y biógrafo romano Suetonio (Cayo Suetonio Tranquilo, c. 69-140).
- “Sátiras” (Libro V – Sátira XIV), del escritor satírico Juvenal (60-140 d.C).
- “Vidas Paralelas” (Libro VI), del biógrafo e historiador griego Plutarco (Lucius Mestrius Plutarchus, c. 50-120 d.C.).