TEMPLO DEL DIVINO JULIO
ROMA ARCAICA

TEMPLO DEL DIVINO JULIO

El Templo de Divino Julio (aedes Divi Iulii), también conocido como Templo de César, se encuentra en el extremo Sureste del Foro Romano.

Está ubicado entre el Templo de Cástor y Pólux (los Dioscuros) y la Basílica Emilia, justo ante la Regia, la residencia oficial de Julio César como Pontífice Máximo que era, y el Templo de Vesta.

Fue erigido en el lugar de la cremación de Cayo Julio César. Augusto, su hijo adoptivo y sucesor, decidió dedicarle un magnífico templo con el que ensalzar su figura. Máxime cuando, tras su muerte, el Senado lo había divinizado, declarándolo “Divus Julius” (el 1 de enero del 42 a.C).

Julio César

Era el primer caso de divinización en todo el mundo romano, y Augusto aprovechó esta circunstancia para reestructurar el Foro Romano. Con este templo, la presencia de la gens Julia en el Foro creaba un evidente efecto propagandístico con el que aumentar su fama, junto con la Basílica Julia y la Curia Julia.

Para mejor comprender esta edificación, que cerró el mundo republicano y dio paso a la Roma Imperial, es preciso remontarse a los hechos que la originaron. Nos son conocidos, entre otros, gracias al historiador y biógrafo romano Suetonio (Cayo Suetonio Tranquilo, h. 69-140), quien los describió fielmente en su obra “Vida de los doce  césares”.

 

EL ASESINATO DE JULIO CÉSAR

Su brillante carrera política y militar estaba en su momento culminante. El Senado, y con él el pueblo romano, le habían otorgado los máximos honores:

  • Pontífice Máximo. Elegido en 63 a.C., el cargo lo era de por vida, por lo que hasta entonces ejercía el máximo control sobre la religión y los rituales romanos.
  • Imperator.- Así era aclamado por sus tropas y fue reconocido oficialmente como tal. Con este cargo detentaba, con imperium, el mando supremo del ejército romano.
  • Dictador y Cónsul. En 49 se hizo elegir jefe del Estado, y desde entonces desempeñó ambos cargos, tanto por separado como conjuntamente (hasta 10 años).
  • Dictador vitalicio. El 1 de enero del 44 a.C. se le concedió este título, con el que ejercía el mando supremo de la República. Ello le facultaba para ordenar, disponer, legislar y reformar las instituciones.

Completaban su poder otras prerrogativas extraordinarias:

  • Derecho a decidir sobre la paz y la guerra.
  • Respeto a todas sus decisiones, que impuso como juramento a magistrados y senadores.
  • Censor vitalicio, que le atribuía plena capacidad para objetar y anular cualquier otra disposición ajena.
  • Poder tribunicio, que ostentó sin ser Tribuno de la Plebe, pues era patricio. Se convirtió así en “protector del pueblo” por excelencia. Reguló los plebiscitos y todo el engranaje constitucional, pues las magistraturas superiores solamente podían ser provistas de titulares en su presencia.

Además, acuñó monedas con su busto, y reformó el calendario romano, dando su nombre al mes Quintilus, que pasó a ser Julio.

En el Templo del Quirinal se erigió una estatua en su honor, y allí lo veneraban como “Júpiter Julio” (Iupiter Iulius).

Esa acaparación de poder era mal vista por algunos senadores romanos. Conspiraron contra César y decidieron acabar con su vida. Pretendían con ello salvar a la República del despotismo dictatorial capaz de reinstaurar la odiada monarquía. Y ello pese a que César rehusó ostensiblemente la diadema que, como corona real, le ofreciera Marco Antonio en el transcurso de las fiestas Lupercalia del mes anterior.

Asesinato de Julio César

Finalmente, en la sesión del Senado que tuvo lugar en la Curia de Pompeyo el 15 de marzo del 44 a.C., llevaron a cabo su propósito: el magnicidio de Julio César.

Los funerales de César

Tras el asesinato de César, sus asesinos habían proyectado arrojar su cadáver al Tíber, confiscar sus bienes y anular sus disposiciones. Pero desistieron por miedo al cónsul Marco Antonio y a Marco Emilio Lépido, jefe de la caballería, dejando allí abandonado su cuerpo moribundo. Tres de sus esclavos recogieron luego su cadáver y lo trasladaron, colocado sobre una litera, hasta la Regia, su residencia oficial como Pontífice Máximo que era. Allí lo examinó el médico Antistio, quien dictaminó que de las 23 puñaladas que presentaba, sólo resultó letal la segunda, recibida en el pecho.

Por otra parte, el Senado, en su reunión del 17 de marzo, no sólo aprobó las acta Caesaris (los actos ya previstos por Julio César), sino que declaró una amnistía general para los conjurados. Además, autorizó la realización de un Funeral de Estado, que tuvo lugar el día 20 de ese mismo mes.

Su testamento había sido confiado a la Vestal Máxima. Y, a petición de su suegro Lucio Pisón (padre de su esposa Calpurnia), se abrió y leyó el 19 de marzo en casa de Marco Antonio. En él nombraba herederos a los nietos de sus hermanas, a quienes legaba:

  • Las ¾ partes a Gayo Octavio (el futuro Augusto, nieto de Julia “la Menor”). Además, lo adoptaba dentro de su familia, dándole su nombre.
  • El resto, a los nietos de Julia “la Mayor”, Lucio Pinario y Quinto Pedio.

Para las exequias se preparó, como era costumbre, una pira en el Campo de Marte para la cremación, junto a la tumba de su hija Julia (esposa de Pompeyo). Sin embargo, para el elogio fúnebre (laudatio), al estar el edificio del Senado en obras (la Curia Julia), se decidió exponer su cadáver en los Rostra a tal fin, antes de ser colocado en su pira funeraria.

En el Foro, ante la Tribuna de las Arengas (Rostra), se levantó para la “laudatio” un templete dorado, a imitación del templo de Venus Genetrix (protectora de César). En su interior se instaló un lecho de marfil, guarnecido de oro y púrpura, y en su cabecera un trofeo con las vestiduras que llevaba César cuando lo asesinaron.

El lecho fúnebre de César, de marfil y adornado con telas de oro y púrpura, fue llevado en procesión hasta el Foro, portado por magistrados y exmagistrados. Le seguían varios carros negros y dorados cargados de ofrendas y acompañado de muchas plañideras. También iban actores portando las máscaras de sus antepasados: la diosa Venus, Anquises y Eneas, el dios Marte, Iulo, Rómulo, así como de sus familiares Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila.

Al llegar al Foro, el lecho se colocó en el templete, mostrando el sarcófago y, sobre él, una reproducción en cera, a tamaño natural, del cuerpo de Julio César.

Marco Antonio en el funeral de Julio César

Allí Marco Antonio hizo leer por un heraldo el decreto del Senado por el que éste había otorgado a César todos los honores divinos y humanos. También les informó de los legados testamentarios del difunto. Y les recordó el juramento por el que todos se habían comprometido a proteger su vida. A continuación, en su honor, pronunció el discurso fúnebre, cuyas palabras conmovieron a la multitud:

“Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo, al pie de la cual se desangró… ¡Oh que funesta caída, conciudadanos!”.

Y, cuando un asistente levantó en lo alto la reproducción en cera de César, donde podían apreciar claramente sus muchas y brutales heridas, la multitud se amotinó.

Se hicieron con el cadáver y trataron de llevarlo al Capitolio, con la intención de quemarlo en el Templo de Júpiter. Sin embargo, los sacerdotes se opusieron a ello, considerando que así avalarían una clara divinización, o incluso una asimilación de César con Júpiter. Y mientras otros proponían quemarlo en la Curia de Pompeyo, de repente dos individuos ceñidos con espada y blandiendo dos venablos cada uno le prendieron fuego por debajo con antorchas de cera ardiendo. Y al momento la muchedumbre acumuló sobre él ramas secas, los estrados de los jueces con sus asientos y todo lo que por allí había para ofrenda.

Luego la gente, tras hacer pedazos sus ropas, las arrojó a las llamas. Los legionarios veteranos lanzaron también a las llamas las armas con las que se habían engalanado para la ocasión. Muchas matronas romanas arrojaron las joyas que llevaban, y las bullas y togas de sus hijos. E incluso acudieron muchos extranjeros a manifestar su dolor, cada uno según sus costumbres. En particular los judíos, que se congregaron junto a la pira varias noches seguidas. Mostraban así su agradecimiento a César por haberles favorecido especialmente, y además por haber vencido a Pompeyo, que había tomado Jerusalén.

La cremación del cadáver de César en el Foro constituyó, en sí, una ilegalidad. Sólo las Vestales y ciertas familias (virtus causa) podían ser incineradas dentro de los muros de la ciudad (dentro del pomerium). Ya el hacerlo en el Campo de Marte constituía un privilegio.

En el lugar de la cremación se colocó posteriormente una columna conmemorativa en su honor. Era una columna maciza, de mármol de Numidia y de unos 20 pies de altura (5’92 m), con la siguiente inscripción dedicatoria, “PARENTI PATRIAE” (AL PADRE DE LA PATRIA).

También allí se erigió un altar, y en él se hacían ofendas y sacrificios, e incluso se concluían querellas jurando por el nombre de César, considerado ya por el pueblo como un dios. No obstante, todo ello fue demolido al poco tiempo por su adversario, el cónsul Publio Cornelio Dolabela, en el transcurso de la Guerra Civil que se desencadenó seguidamente. Es más, Dolabela llegó incluso a ordenar que quienes allí fueran con la intención de ofrecer sacrificios a César fuesen arrojados desde la roca Tarpeya, o crucificados.

 

CÉSAR DIVINIZADO

Julio César murió a los 55 años, y fue incluido entre los dioses por voluntad expresa de los senadores, que contaron, además, con el convencimiento del pueblo.

Además, una vez divinizado, su heredero, Augusto, ofreció los primeros juegos en su honor: los Juegos de la Victoria de César. Éstos tuvieron lugar los últimos días de julio del año 44 a.C. En su transcurso, a la hora undécima (17 h.), apareció un cometa, y se mantuvo brillando sobre el cielo de Roma durante siete días seguidos. El hecho se interpretó como que era el alma de César acogido en el cielo; por ello se le representa con una estrella sobre su cabeza.

Así lo cantó el insigne poeta Horacio (Quinto Horacio Flaco, 65 a.C.-8 a.C.) en el Libro I de su obra “Odas”:

«Luce entre todas las glorias la estrella de Julio como brilla la luna entre las estrellas menores. ¡Padre y Guardián de la raza humana, hijo de Saturno! Los hados te han dado el cuidado del gran César, que reina después de ti”.

Pero también Augusto lo consideró símbolo de su «nuevo nacimiento» como el único emperador y gobernante romano. De ello dejó constancia el historiador Plinio “el viejo” (Cayo Plinio Secundo​, 23-79 d.C.) en su obra “Historia Natural”. Allí recogió varias referencias pronunciadas por Augusto en un discurso público sobre el referido cometa, su padre César y su propio destino:

“El único lugar en todo el mundo donde un cometa es objeto de adoración es un templo en Roma. […] Su difunta majestad Augusto había considerado este cometa muy propicio para él; como había aparecido poco después […] del fallecimiento de su padre César. […] La gente creía que esta estrella significaba el alma de César recibida entre los espíritus de los dioses inmortales. Por esta razón, este signo del zodíaco se adjuntó a la imagen de su cabeza, que luego fue consagrada en el foro. Así que habló en público, en el interior, sin embargo, estaba encantado con la convicción de que la estrella había salido por él y con él, y si queremos decir la verdad, por el bien del mundo”.

Augusto convirtió este símbolo “divino” como un instrumento propagandístico con el que relanzar su carrera política. Hizo grabar la imagen del cometa (a veces como simple estrella), en varias tiradas de monedas que se acuñaron entonces. Pretendía con ello inculcar al pueblo, de mano en mano, ese «culto del cometa».

Las primeras monedas, emitidas en cobre (en el año 38 a.C.) con la imagen de César y la estrella, y fueron popularmente aceptadas. En otras, sin embargo, aparece en el anverso la imagen de Iulio, el hijo de Eneas, al que se remontaba, como ancestro, la gens Julia. Poco más tarde, hacia 19-18 a.C., la acuñación ya variaba: en el anverso aparecía ya su imagen, con su cabeza laureada de perfil derecho, y la leyenda “CAESAR AVGVSTVS” (CÉSAR AUGUSTO); en el reverso figuraba la leyenda “DIVVS IVLIV[S]” (DIVINO JULIO), y el cometa (estrella de ocho rayos) con la cola hacia arriba.

La divinización de César fue crucial para la propaganda de Augusto (Cayo Octavio Turino, 63 a.C.-14 d.C.), que pasó a ser conocido como divus filius (hijo del dios). Tras finalizar las guerras civiles Augusto ya se había hecho con todo el poder de la República. Y todo fue fruto de esa relación con el divino César: primero tomando el nuevo nombre de Cayo Julio César Octaviano, al que tenía derecho como su heredero legal e hijo adoptivo; y luego asumiendo esa filiación divina, “DIVI F” (HIJO DEL DIVINO), al ser hijo del Divino Julio, pues ese era su nombre oficial entre los dioses tras ser deificado.

Como curiosidad, añadir que el cometa citado, conocido como Sidus Iulium (Estrella de Julio) o Caesaris Astrum (Astro de César), ha sido referenciado como C/-43 K1. Es uno de los cinco únicos cometas conocidos de la antigüedad, posiblemente el más brillante del que haya registros históricos. No obstante, se sabe que su órbita no era periódica, por lo que es muy posible que se haya desintegrado.

 

LA CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO

En el lugar donde el cadáver de César fue incinerado, se erigió un templo a él dedicado: el Templo del Divino Julio. Su construcción, presumiblemente impulsada por Augusto tras derrotar a los “cesaricidas” en la batalla de Filipos, fue decretada por el Senado e iniciada por los Triunviros en 42 a.C. No obstante, las obras se demoraron varios años, siendo completado y dedicado por Augusto el 18 de agosto del 29 a.C.

El templo estaba construido sobre una amplia plataforma, de 26 m. de ancho y unos 30 m. de largo, que se elevaba hasta los 3’5 m. de altura.  Ésta está interrumpida en su frente por una exedra central, de 8’3 m. de diámetro, presuntamente para respetar el lugar donde Julio César fue incinerado. Aquí Augusto hizo construir, entre los años 37-34 a.C., el conocido como Altar de César, que reemplazó el altar y la columna retirados por el cónsul Dolabela.

templo del divino julio

Aún puede apreciarse parte de los bloques de toba originales que recubrían el muro semicircular de la exedra. También se conserva parte del núcleo de hormigón que sostuvo el altar allí construido, cuyos restos sobresalen de las losas de travertino que formaban el pavimento del Foro cuando se construyó el templo. Posteriormente, quizás cuando el pavimento del Foro se reconstruyó tras los incendios del 14 y 9 a.C., la exedra se cerró con un muro rectilíneo (hoy semiabierto) de bloques de toba. Al parecer fue una decisión del propio Augusto para impedir el acceso al altar, restringiendo así el abuso del “derecho de asilo”.

Con el cierre de la exedra, parte del alto podio (ante la pronaos del templo) se convirtió en Tribuna de Oradores, y se la conoció como Rostra aedis Divi Iuli. Augusto la decoró con los mascarones de proa (rostra) de las naves egipcias capturadas tras derrotar a Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio (o Actium), el 2 de septiembre del 31 a.C.

Según Dión Casio, esta tribuna fue frecuentemente usada por los emperadores para sus alocuciones. También desde ella se pronunciaron los elogios fúnebres (laudatio) en honor de los emperadores y de los personajes más sobresalientes de la antigua Roma. Aquí, por ejemplo, tuvieron lugar las laudatio de Octavia (11 a.C.), hermana de Augusto, así como la pronunciada por Tiberio tras el fallecimiento del propio Augusto (14 d.C.).

A ambos lados de la exedra, sendas escalinatas permitían el acceso al Templo.

EL TEMPLO DEL DIVINO JULIO

Sobre la plataforma descrita, que lo sustentaba, se construyó el Templo del Divino Julio. Éste se elevaba, a su vez, sobre un podio de cemento, de 2’36 m. de alto y 17 m. de ancho, recubierto con un paramento de bloques de toba y enlucido exteriormente con losas de mármol de Luni.

A continuación mostramos una reconstrucción en 3D que muestra fielmente su estructura:

 

 

Era un templo hexástilo, con seis columnas corintias en el frente (próstilo) y dos más a los lados del pronaos. Las columnas tenían 1’18 m. de diámetro en la base, y su altura era nueve veces el diámetro (10’62 m.).

La cella, a la que se accedía por una amplia escalinata central, ocupaba todo el ancho del templo. Las columnas centrales del pronaos estaban más distanciadas entre sí, lo que facilitaba el acceso al templo. También permitía contemplar su interior, donde se alzaba una colosal estatua de César. Estaba representado como Pontífice Máximo, cubierta su cabeza con la toga ceremonial, y portando en su mano derecha el bastón ritual (el Lituus). Según Ovidio (“Metamorfosis”), la estatua tenía una flamante estrella (Sidus Iulium) fijada a su frente:

“Para hacer de aquella alma una estrella que ilumine permanentemente el Foro y las puertas de Roma”.

Este motivo, el Sidus Iulium (Estrella de César), también se repetía en el frontón, sobre la inscripción dedicatoria: “DIVVS IVLIV[S]”.

Según Plinio “el viejo”, en el interior del templo Augusto depositó los tesoros conseguidos como botín de guerra que había tomado en Accio. Y lo hizo decorar, entre otros, con frescos de los Dióscuros y de la Victoria. Restos de estas decoraciones aún se conservan en el museo Antiquarium Forense (Piazza Santa Maria Nova, 53), en la zona del Templo de Venus y Roma.

También había una copia del famoso cuadro “Venus Anadiómena” (el nacimiento de Venus surgiendo del mar).

Venus Anadiómena

Era una copia del que pintara el griego Apeles (352 a.C.-308 a.C.), y cuyo modelo, según Plinio, fue Kampaspe, la concubina de Alejandro Magno. Su presencia en este templo era una evidente referencia a la diosa Venus, la mítica progenitora de la gens Iulia. Sin embargo, más tarde, se dañó a causa de la humedad y no pudo ser restaurada. Nerón la hizo sustituir por otra copia, que realizó el griego Dorotheus.

Para supervisar el culto al divinizado César, el Senado romano creó, en el año 42 a.C., un cuarto flamen maior: el flamen Divi Iulii, y como primer flamen se designó a Marco Antonio.

El templo, que consta que se restauró en tiempos del emperador Adriano, permaneció casi intacto hasta finales del siglo XV. Entones fue sometido a un cruento expolio, reutilizando sus piedras y mármoles para la construcción de nuevas iglesias y palacios. Incluso la mitad oriental del podio fue utilizada, como relleno, para los cimientos de la actual Basílica de San Pedro.

La estructura que hoy podemos contemplar se halló en las excavaciones efectuadas a finales del siglo XIX para recuperar el Foro Romano.

templo del divino julio
Templo Divino Julio actualmente

Corresponden a la estructura original del templo, del que aún perduran restos del basamento de hormigón y de la decoración arquitectónica: algunos fragmentos de los capiteles corintios, y restos de un friso decorado con hojas de acanto, entremezcladas con górgonas y figuras aladas (presumiblemente “Victorias”).

En 2011 se colocó una Placa conmemorativa a la entrada del Altar del César, con una inscripción de Apiano en que se lee (traducida del latín):

«Colocaron los restos de César en el Foro, en la antigua Regia de los romanos. Acumularon a su alrededor mesas, sillas y todo lo que de madera había por allí. Encendieron el fuego y todo el pueblo permaneció junto a él rezando durante la noche. En aquel lugar donde se erigió primeramente un altar ahora se alza el Templo de César, en el que es venerado como un Dios».

A pesar de los siglos transcurridos, el evocador recuerdo de Julio César sigue latente en nuestra memoria. Prueba de ello es que este lugar siempre está cubierto de ramos de flores y monedas, ofrendas que los visitantes depositan para honrar su memoria.

templo del divino julio

Del paradero de las cenizas de Julio César, lo único cierto es que se ignora a dónde fueron a parar. Posiblemente se dispersaran entre la violenta masa al concluir la cremación. Algunos refieren que fueron custodiadas por las Vírgenes Vestales y de ahí posteriormente trasladadas a este Templo del Divino Julio. Pero no dejan de ser meras conjeturas.

Incluso circula la leyenda que sus cenizas se recogieron y guardaron en la esfera dorada que remataba el obelisco del Circo de Nerón, en la colina Vaticana. Al parecer fueron allí colocadas para que estuviesen fuera del alcance de los ladrones. Se refería que estaba recamada de piedras preciosas de incalculable valor y en ella figuraba la siguiente inscripción:

“César: fuiste un tiempo tan grande como el mundo, pero hoy te basta con una diminuta tumba”.

Otros aún matizaban que sus cenizas se colocaron en lugar tan elevado “para que César siguiera teniendo el mundo a sus pies, tal como lo tuvo en vida”.

Esos relatos legendarios llegaron incluso a aparecer en el Mirabilia Urbis Romae (Maravillas de la ciudad de Roma), una guía medieval para peregrinos. Y se cuenta cómo los peregrinos que llegaban a Roma eran “reverentes” ante el obelisco del Circo de Nerón, lo que era mal visto por la Iglesia. Por ello, cuando el Papa Sixto V lo hizo trasladar (en 1586, moviéndolo unos 200 m.) a la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, ordenó retirar la esfera dorada, reemplazándola por una cruz de bronce, sobre un montecillo y una estrella.

De la reubicación del obelisco se encargó el arquitecto Fontana. Éste informó que en el interior de la esfera dorada tan sólo había polvo de hierro y óxido ( y nada de las cenizas de Julio César).

Para los más curiosos, esa esfera hoy se encuentra en los Museos Capitolinos, y presenta numerosas abolladuras. Al parecer, fueron consecuencia de los impactos de los proyectiles que dispararon las tropas españolas en 1527, durante el saqueo de Roma.

 

Deja un comentario

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad