OBELISCO MINERVEO
ROMA ARCAICA

OBELISCO MINERVEO

El obelisco Minerveo procede de la ciudad egipcia de Sais (en el delta del Nilo). Allí, posiblemente, decorase el Templo de Neit, una diosa que la mitología grecorromana hizo corresponder posteriormente con Minerva, diosa de la Sabiduría, propiciadora de la Victoria y regidora de los destinos del Estado.

Según consta en sus jeroglíficos (tallados en sus cuatro lados), el obelisco fue construido por el faraón Apries (589-570 a.C.). Está dedicado a dos dioses egipcios:

 

  • Atum: “protector de quienes transitan por el Más Allá”.
  • Neit: “hacedora de todos los seres nacidos” y “madre de todos los dioses”.

 

Diocleciano (emperador de 284 a 305) lo hizo traer, junto con otro gemelo, para decorar el Templo de Isis y Serapis (Iseo Campense) del Campo de Marte, que acababa de restaurar (en 301), si bien se desconoce cuándo se trajeron a Roma.

El otro obelisco par fue llevado a la ciudad italiana de Urbino en 1737. Fue el cardenal Alejandro Albani quien lo donó para celebrar el pontificado de su tio Giovanni Francesco Albani, (Clemente XI, Papa de 1700 a 1721), y embellecer la ciudad, tal como deseaba la familia Albani, oriundos de esta localidad. Hoy ornamenta la Plaza del Renacimiento.

En la cultura egipcia, los obeliscos eran la materialización, en piedra, de los benéficos rayos del sol que permitían el desarrollo de la vida en la tierra. Su cúspide, al igual que las pirámides, solía estar rematada con un pyramidion (o piramidón). Ésta era una pieza pétrea de forma piramidal, generalmente recubierta de oro, bronce u otra aleación de metales, donde en ocasiones se colocaban inscripciones dedicatorias al dios Ra (o Amón-Ra), el dios del Sol. El pyramidión era el nexo de unión entre el Cielo y la Tierra, el punto donde convergían los rayos de Sol y esparcían su luz sobre la tierra.

Los obeliscos eran monumentos al Sol. Además, los faraones egipcios quisieron dejar en ellos su impronta, erigiéndolos como símbolos de ostentación, fertilidad y virilidad. Resaltaban de esta manera su fuerza, su estabilidad y su poder.

El obelisco Minerveo, al igual que la plaza donde se ubica, toma su nombre del Templo de Minerva (el Minerveum), próximo al Iseo Campense, un antiguo templo que erigió en ese lugar el emperador Domiciano. Sobre él se edificó posteriormente una pequeña iglesia, Santa María en Minervium. Sobre el año 1280, cuando esta iglesia pasó a ser posesión de los dominicos, se reconstruyó íntegramente. Hoy es la actual Basílica de Santa María sopra Minerva.

 

obelisco minerveo

 

En 1665, cuando los frailes dominicos de Santa Maria Sopra Minerva excavaban los cimientos de un nuevo muro en los jardines del Monasterio adyacente, hallaron el obelisco enterrado en el jardín.

Los frailes quisieron que se erigiera en su plaza, e idearon colocarlo sobre una base, con un perro en cada una de las cuatro esquinas. El perro es el símbolo de los dominicos, y pretendían enfatizar así su lealtad a Dios, pues, en latín son llamados “Bastones Domini”, esto es, los “Perros del Señor» (los más leales). Sin embargo, el entonces Papa Alejandro VII (Fabio Chigi, Papa entre 1655 y 1667) rechazó el proyecto.

El Papa quería exaltar allí la Sabiduría Divina. Encargó al escultor Gian Lorenzo Bernini diseñar una base adecuada para sostenerlo. Éste, como símbolo de sabiduría y de fuerza, eligió la figura de un elefante.

Hay quien dice que la elección del elefante fue fruto de una experiencia personal del propio Bernini, que entonces acababa de regresar de un corto viaje por Francia. Así lo refirió el bibliotecario y publicista romano Costantino Maes en su obra “Curiosidades” (1885):

 

Enviado en el 1665 a la corte de Luis XIV, mientras atravesaba la Francia, tan grande era la fama de su nombre, que por cada ciudad por dónde pasaba la gente acudía en masa a verlo; sobre lo que el artista, irritado, solía decir: “¿Y qué? ¿Me he convertido quizás en una bestia rara, un elefante?”. Volviendo a Roma, aburrido de la corte francesa y de su parte de elefante, quiso hacer eterno el recuerdo de los problemas padecidos y de la carga insoportable en que incurrió por servir en tierra ajena, con este monumentito, donde el elefante representa a Bernini, y el obelisco los males que él soportó.

 

Otros sostienen que Bernini se inspiró en el Hypnerotomachia Poliphili (“Sueño de Polifilo en la disputa de Amor”), un texto que había leído y admiraba. El libro es un original “incunable” escrito en 1467 por Francesco Colonna, y publicado en Venecia en 1499 por el famoso tipógrafo-editor Aldo Manuzio. En esta obra, el personaje principal de la novela se encuentra con un elefante hecho de piedra llevando sobre sí un obelisco. Y la ilustración del elefante que aparece en el libro es casi idéntica al diseño de Bernini.

 

 

No obstante, los dominicos se opusieron a este proyecto, argumentando que el obelisco Minerveo pertenecía al monasterio, pues en él se había hallado. Sin embargo, prevaleció la voluntad papal. Alejandro VII, conocedor de la obra de Plinio el Viejo, apreciaba las virtudes de este animal tal y como éste las describía en su “Historia Natural”:

 

Es el más cercano a la sensibilidad del hombre porque estos animales comprenden el lenguaje del lugar de su nacimiento y obedecen órdenes, son capaces de recordar los ejercicios que han aprendido a seguir, prueban deseo de amor y de gloria; por otra parte son honestos, prudentes, tienen sentido de la justicia, incluso respeto peligioso por los astros, y veneran al sol y la luna.

 

Por ello, aceptó de muy buen grado la idea de Bernini de colocarlo sobre un elefante, símbolo de Inteligencia y Piedad. Éstas eran virtudes sobre las que Alejandro VII entendía que debía asentarse la Sabiduría Cristiana.

 

 

Además, para evitar que la cavidad abdominal del animal pudiera hacer peligrar la estabilidad del obelisco, la reforzó con un cubo cuadrado hasta la base. Para disfrazar esta estructura, Bernini ideó esculpir una larga tela que cubriese el lomo del elefante y ocultase la cavidad entre las patas. Y, sobre ella, una silla de montar, donde finalmente se asentaría el obelisco.

Dicen que Bernini, en venganza hacia los dominicos, que tanto empeño pusieron en desbaratar su proyecto en pro del que ellos propusieron, rediseñó la figura del elefante torciéndole ligeramente la cabeza. Y lo hizo colocar de forma tal que éste diese la espalda a la basílica de Santa María sopra Minerva, sin mirar a ella. Así mismo, los cuartos traseros, con la cola ligeramente desplazada, como para saludar, quedaron directamente dispuestos hacia el baluarte de los dominicos, hacia el Monasterio.

Fue el escultor Ercole Ferrata, discípulo de Bernini, quien, siguiendo su diseño, se encargó de cincelar el elefante que hoy sirve de base al obelisco. Finalmente, el conjunto se ensambló y se colocó en este emplazamiento el 11 de julio de 1667.

El obelisco Minerveo es de granito rojo claro, extraído de las canteras de Asuán, y está labrado en una sola pieza de 5,47 metros. Con la base sobre la que se erige, junto con el elefante que lo sustenta y la cruz que lo corona, alcanza una altura total de 12,69 metros.

El propio papa Alejandro VII, pese a que no llego a verlo colocado (falleció tres semanas antes), quiso dejar constancia del simbolismo de la obra y de lo que su presencia representaba. Lo hizo en la base del monumento, donde colocó dos explícitos epígrafes.

Así, conocedor de que ya en el Renacimiento el elefante era símbolo de la Prudencia, habitualmente identificada con la Sabiduría, inspiradora, a su vez, de la Virtud, en el lado que da a la Basílica hizo labrar la siguiente inscripción:

 

SAPIENTIS AEGYPTI / INSCULPTAS OBELISCO FIGURAS / AB ELEPHANTO / BELLUARUM FORTISSIMA / GESTARI QUISQUIS HIC VIDES

/ DOCUMENTUM INTELLIGE / ROBUSTAE MENTIS ESSE / SOLIDAM SAPIENTIAM SUSTINERE

(ESTOS SÍMBOLOS DE LA SABIDURÍA DE EGIPTO QUE VES GRABADOS EN EL OBELISCO QUE SOSTIENE UN ELEFANTE, EL MÁS PODEROSO DE TODOS LOS ANIMALES, SON LA PRUEBA DE QUE ES NECESARIA UNA MENTE FUERTE PARA SOSTENER UNA SÓLIDA SABIDURÍA)

 

En el lado opuesto, aunando discretamente a la diosa Palas egipcia (Isis), a Minerva y a la Virgen, Alejandro VII las sincretizó en la Divina Sabiduría (a quien dedicó el monumento). La inscripción reza:

 

VETEREM OBELISCUM / PALLADIS AEGYPTIAE MONUMENTUM / E TELLURE ERUTUM / ET IN MINERVAE OLIM / NUNC DEIPARAE GENETRIS

/ FORO ERECTUM / DIVINAE SAPIENTIAE / ALEXANDER VII DEDICAVIT / ANNO SAL. MDCLXVIII

(ALEJANDRO VII DEDICÓ A LA DIVINA SABIDURÍA ESTE ANTIGUO OBELISCO, MONUMENTO A LA PALLAS EGIPCIA, RESCATADO DEL SUELO Y ERIGIDO EN LA PLAZA QUE TIEMPO ATRÁS FUE DE MINERVA Y HOY DE LA MADRE DE DIOS, EN EL AÑO DE SALVACIÓN DE 1667)

 

El obelisco, como todos los demás que hay en Roma, está coronarlo con una Cruz, signo de dominio cristiano sobre lo pagano. Además, tanto en su cúspide como en la manta que cubre el lomo del elefante, aparecen representadas montañas y estrellas. Son los símbolos heráldicos de la familia Chigi, a la que pertenecía Alejandro VII. Su escudo nobiliario también aparece finamente labrado en el frente de la base que los sostiene.

 

 

Esta forma de impregnar el monumento con múltiples símbolos heráldicos quizás no sea tan sólo una mera firma de la obra ejecutada. Hay quien apunta que, probablemente, fuese una evidente intención del Papa en reinterpretarse y ensalzarse como el autor de la “moderna sabiduría”, quien recibe la antigua y la transmite.

Pese a su perfección técnica, el “obelisco Minerveo o elefantino” (un paquidermo ‘piccolo’), enseguida fue objeto de críticas, motivadas mayormente por la robusta apariencia de sus cuartos traseros. Se asemejan más a los de un cerdo que a los de un paquidermo. Por ello es popularmente conocido como Il Porcino (“El Cerdito”).

Como curiosidad, entre los turistas que visitan Roma, sobre todo ingleses, circula la leyenda de que, bajo el obelisco Minerveo, está enterrado Alejandro Magno. Sus restos se hallarían en una cámara funeraria, justo bajo “el elefantino”. A la cámara funeraria se accedería, por un pasadizo secreto, desde la cercana iglesia de Santa Maria sopra Minerva. Su cadáver fue depositado allí por el Papa Alejandro VII… al parecer.

Sin embargo, no es más que una ficción, sin rigor ni valor histórico alguno, fruto de lo novelado en 2012 por Seán A. Hemingway en su obra “La tumba de Alejandro”.

 

 

 

 

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